Mashpi a vuelo de pájaro
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Mashpi a vuelo de pájaro

Foto: Shutterstock.

Una de las reservas con mayor biodiversidad en el planeta es el destino central de este viaje. Tan basta es su riqueza que siempre falta tiempo para aprovecharla.

Por Santiago Rosero

La mañana es clara, las montañas se ven despejadas hacia el norte de Quito. Antes de llegar al sector El Condado, el acceso que conduce al barrio Mena del Hierro, sobre la ladera oeste del volcán Pichincha, es también la vía que llega a Nono, una de las 33 parroquias rurales que componen el Distrito Metropolitano de Quito (DMQ) y quizá la que más rápidamente ofrece (treinta minutos desde el centro de la ciudad) una completa sensación de desconexión de la dureza urbana gracias a su verdor campestre. Antes de llegar a Nono, al costado izquierdo de la angosta carretera, queda el ingreso a la reserva Yanacocha, una de las quince que maneja la Fundación Jocotoco, organización no gubernamental creada en 1988 para proteger los hábitats de aves amenazadas del Ecuador, así como de plantas y fauna asociada a esos ecosistemas.

Yanacocha es la primera parada de este corto e intenso viaje que propone Metropolitan Touring, y es también el primer motivo de duda. La reserva tiene 1079 hectáreas y fue creada principalmente para proteger el hábitat del colibrí zamarrito pechinegro, ave endémica de esa zona y declarada emblemática de Quito. Pero allí se encuentran también otras especies de aves amenazadas y, entre los mamíferos que habitan la reserva, están el oso de anteojos, el tigrillo chico manchado y el puma. Por otro lado, existen en el lugar una cascada, ocho senderos y la llamada Trocha Inca, un camino de 2,3 kilómetros que se introduce en el corazón de la reserva. Lamentablemente, la parada solo permite visitar un jardín con polylepis donde abundan los colibríes (catorce especies, explica Dolores Romero, la guía que acompaña el viaje) y tomar un desayuno compuesto más de buena voluntad que de experticia gastronómica. Es agradable ese pronto contacto con el característico tapizado montañoso de la serranía, pero las horas siguientes y el ajetreo incluido nos harán pensar que bien podíamos haber pasado por alto este inicio presuroso para poder disfrutar por más tiempo de los atractivos mayores que estaban por venir.

Foto: Shutterstock.

Al dejar Yanacocha descendemos por un camino sumamente agrietado que nos conduce a Alambi, una comunidad que, a tan solo una hora y cuarto de Quito, es el punto más cercano de inmersión al bosque nublado, ya dentro de la Reserva de Biósfera Chocó Andino. Pero tampoco nos introducimos en este bosque, sino que alistamos las bicicletas para iniciar uno de los tramos deportivos que propone el viaje. El descenso se inicia sobre asfalto, con el río Alambi a la derecha y un amplio panorama con montañas recias. Pasada una media hora, el camino se vuelve lastrado, estrecho, y la vegetación tupida del bosque nublado empieza a tomarse los costados. El descenso es tan emocionante como riesgoso, debido a los deslices que provoca la piedra menuda del camino. El entusiasmo y el estado físico dirán cuánto más se quiere avanzar en bicicleta, pero una hora de ruta puede resultar suficiente para haber cumplido con el capítulo deportivo.

Ahora, la camioneta que nos lleva se adentra aún más en el espesor que ya se siente tropical, y luego de una subida polvorienta llegamos a la Reserva Bellavista Cloud Forest, setecientas hectáreas de bosque que fueron declarados la primera área protegida privada del Ecuador. El almuerzo está listo, un copioso menú con pescado a la plancha que nos recarga el ánimo.

La reserva, considerada una de las mejores zonas del Ecuador para observar aves, tiene un sistema de senderos de diez kilómetros. Ahora caminamos por uno que nos tomará menos de una hora, son las tres de la tarde y hay un silencio hondo que solo se quiebra con el salto de una rana minúscula que pronto se mimetiza con una hoja oscura. El árbol del helecho nos parece majestuoso, así como los guarumos que alcanzan los treinta metros, y las orquídeas y las bromelias acurrucadas en tantas ramas, y las tomatáceas con su nervadura fuerte como las manos de una abuela. En esta parte de la cordillera occidental tenemos al Guagua Pichincha a las espaldas, arriba la alta montaña, y aquí en los pies el verdor intenso del trópico. Qué bella luz anaranjada la que atraviesa los árboles.

En Mashpi Lodge se llevan a cabo investigaciones científicas, en las que se estudian y monitorean desde los animales hasta el agua y las plantas. Foto: Shutterstock.

Tenemos que partir. Tomamos un largo camino accidentado que nos lleva a hacer el tramo La Armenia-Pacto y, una vez en Pacto, derecho hacia arriba hasta la reserva donde se encuentra el Mashpi Lodge, destino central del viaje. A la entrada del hotel nos dan la bienvenida Marc Bery, gerente de operaciones, y Juan Carlos Narváez, naturalista y jefe de guías. Nos brindarán una charla de presentación de la reserva, pero antes aprovechamos para ver la esplendorosa caída de la tarde. Desde este mirador con estructura de metal que pende sobre un precipicio arbolado, el sol es un lejano punto de fuego que se esconde tras las ramas.

En lo que hoy es la reserva Mashpi antes era un aserradero que arrasó con mucho, pero como la madera existente alrededor no es de calidad destacable, el negocio quebró. Los dueños quisieron vender la propiedad a un lugareño que no tenía los fondos suficientes, pero que sí tuvo la lucidez para ir a Quito y hablarle del asunto al empresario y exalcalde de Quito Roque Sevilla, quien adquirió el terreno en el año 2000. Mashpi, unión del vocablo kichwa mashi, que significa amigo, y pi, que en yumbo quiere decir agua, se encuentra en la región biogeográfica del Chocó, que se extiende desde Panamá hasta el litoral ecuatoriano y es una de las más biodiversas del mundo. El terreno adquirido tenía inicialmente 600 hectáreas; hoy son 2500 y en ellas habita una fauna de 400 especies de aves, 65 especies de reptiles, 60 de mamíferos, 55 de anfibios, 150 de mariposas. Es un área de conservación, un centro de investigación, un paraíso para la exploración (“nos gusta decir que acá llegan turistas y salen naturalistas”, dirá más tarde Marc Bery), y en medio está este hotel cinco estrellas con premios y prestigio internacional; un hotel tan curioso como fascinante: curioso por su estructura mayoritaria de cemento, vidrio y metal, materiales que marcan un contraste con el entorno natural, y fascinante por su lujo y los atractivos que ofrece en lo profundo del bosque.

Mashpi Lodge es un proyecto que fomenta el turismo ecológico, trabaja con las comunidades locales y minimiza el impacto de la actividad humana en el medioambiente.

Ha caído la noche. Luego de un breve descanso en una habitación tan cómoda que invita a ocuparla por más tiempo, salimos a la primera actividad programada, una corta caminata nocturna para tratar de ver a la rana de cristal, una maravilla con la piel ventral traslúcida que deja ver sus órganos en el interior. Botas de caucho, linternas y la guía de Lizardo, un joven simpático y elocuente. “¿Quieren que les hable mucho de todo?”, nos pregunta. Por supuesto. Y arranca una nutrida exposición de corte histórico y científico sobre la flora y la fauna que tenemos al alcance. Y llegamos a las ranas, y así sabemos que comen todo lo que pueden, lo que su lengua que latiguea con la rapidez de un parpadeo logra atrapar, y que cuando alcanzan algo grande como un saltamontes, al momento de tragarlo hunden sus ojos hacia el interior del cuerpo en una acción impresionante que ayuda a empujar el alimento pesado hacia el estómago.

El entorno próximo al hotel parece el corazón mismo de la selva. Se oye el correr acuoso de una pequeña cascada, el canto de los grillos, el croar de una rana que Lizardo identifica entre la oscuridad. Es una pristimantis labiosus, la más ruidosa del mundo, dice. Y ahora hace un gesto que parece de magia o de embuste. No sabemos bien. Lo cierto es que pide silencio, mete la mano en unas ramas y, como si se la hubiera sacado del sombrero, de pronto nos muestra una rana de cristal posada en una hoja, minúscula y como hecha con gelatina de limón. Existen alrededor de 156 especies en América, y en Mashpi se han identificado nueve. Sentimos el placer de la misión cumplida.

Ahora, ya bastante entrada la noche, llega el momento de la cena en el cálido y moderno restaurante del hotel. El menú, con un pescado con salsa encocada y una cebada con hongos tipo risotto, se nota calculado para la gran complacencia y en ese sentido resulta efectivo, pero deja en deuda una exploración más curiosa de productos propios de un ecosistema como el de Mashpi. Por ejemplo, el garabato yuyo, planta del género de los helechos, bien podía haber reemplazado a las vainitas comunes que acompañaban el pescado.

Larva. Canal Youtube Mashpi.

Seis de la mañana del siguiente día. Está nublado y hace un frío soportable. Lizardo nos acompaña otra vez, ahora a la principal actividad prevista, el paseo en la Libélula, un coche aéreo tipo tarabita que recorre dos kilómetros por encima, a través de y por debajo del dosel de una porción amplia de la reserva. Partimos a 1008 metros sobre el nivel del mar, aún con algo de frío y bastante niebla, y luego de unos veinte minutos de los 45 que toma el recorrido, empieza el calor, el aire se despeja y la vegetación tiene un verde más intenso y se pone aún más espesa. Todavía vamos por encima de los árboles, admirando sus copas, donde se acumula hasta el 80 % de la biodiversidad de la zona, dice Lizardo. Tenemos la vista que tienen los pájaros que habitan aquí, y con la nuestra luego vemos abajo, con algo de envidia por no poder recorrerlos, los diversos senderos que se introducen en la reserva, una cascada, el vigor de los árboles que podrían tocarse. Canta una tangara pecho de cobre con su canto ruidoso que se sobrepone a los demás. Llegamos al otro extremo, hemos descendido hasta los 820 msnm, el clima y la vegetación son más tropicales, estamos oficialmente en la altitud de la Costa, y ahí, en una cabaña abierta, nos espera un gran desayuno.

El regreso es para admirar con más claridad y asombro la belleza que hay debajo de nosotros y, además de las aves que empiezan a aparecer con algo de timidez, se muestra enorme, ya despejada de toda niebla, la magnolia Mashpi, especie descubierta en 2014 que solo se encuentra dentro de la reserva y que tiene uno de los árboles más altos del lugar. Así, de asombro en asombro, pero también con la satisfacción incompleta por haber tenido un paso fugaz por uno de los sitios naturales más bellos del planeta, abandonamos Mashpi a media mañana.

En el camino de vuelta hacemos una parada en Pacto para visitar la finca La Libertad, una fábrica de panela, propiedad de doña Zoila Cadena y su familia, donde la falta de una tecnificación moderna está puesta al servicio de un trabajo netamente artesanal. La caña orgánica llega a lomo de mula, luego pasa por un trapiche sencillo que saca el jugo, el jugo se filtra por una tubería para quitar los rezagos sólidos y después se lo cocina en calderos que ponen el ambiente a unos cuarenta grados. Van y vienen las paleadas para convertir el jugo en una miel espesa, y luego en el polvo granuloso de color mostaza encendido. Con trescientos litros de jugo de caña se logra un quintal de panela. El producto va para exportación por medio de una cooperativa del sector, que paga 43 dólares por quintal, menos de cincuenta centavos el kilo. Parece poco para el esfuerzo involucrado.

Ahora tomamos un camino largo y agrietado que en casi dos horas nos lleva a la Hacienda Turística Tierra de Tayos, en Gualea, parroquia rural del DMQ, zona donde habitaban los yumbos. Luego de observar en la casona de la hacienda piezas de cerámica pertenecientes a ese pueblo, que desapareció a mediados del siglo XVII, caminamos una media hora hasta la cueva de los tayos, una distinta a la que se encuentra en la provincia de Morona Santiago, pero también cargada de misterio. En esa propiedad suelen darse reuniones de ufólogos, cuenta Darío Morales, propietario de la hacienda, ya que los estudiosos del fenómeno ovni consideran que los tayos, aves nocturnas que habitan en cuevas de selvas andinas de América del Sur, son guardianes de una segunda dimensión. La intención de los ufólogos es avistar naves provenientes de otras galaxias.

El hotel está en una reserva privada en el Chocó, el área tiene una superfificie de 1200 hectáreas de biodiversidad.

Nos adentramos en la cueva de los tayos descendiendo unos veinte metros por dos escaleras, y al llegar nos posamos en silencio frente a dos peñones con hendiduras en la roca donde descansan decenas de aves. La dureza con la que fijan la mirada de sus ojos amarillos hace que en el lugar se perciba una energía misteriosa. Y de pronto, unas cuantas salen en bandada de sus escondites emitiendo un canto metálico como el del afilado de cuchillos.

Cae la tarde y es momento de regresar a Quito, pero antes, en Nanegalito, una parada en Frajares, una bella finca especializada en café de altura. Nos quedamos poco tiempo, pero Francisco Restrepo, el propietario, nos da una charla entusiasmada y nos guía en una cata gracias a la cual logramos apreciar con más sutileza los varios matices aromáticos del café. De nuevo, como durante todo el viaje, nos quedamos con la sensación de haberlo hecho todo demasiado rápido, pero a la vez con la certeza de que cada destino visitado bien vale la dedicación de una o más jornadas enteras.

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