Mascotas ansiolíticas
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Mascotas ansiolíticas

Por Ileana Matamoros.

Fotografías: Shutterstock.

Edición 463 – diciembre 2020.

Mucha gente dice que está cansada de ver fotos de gatos en redes sociales, pero al parecer es más la gente que los adopta y los deja entrar primero en su casa y luego en sus vidas. ¿Puede un animal enseñarnos a vivir mejor?

Facebook, año de la pandemia. “Así aparecieron en mi vida”. Foto en picada, dos gatitos flacos en una caja de cartón junto a los pies de una mujer, las uñas pintadas de rojo. “Juntos somos la familia, y haremos muchas fiestas”, ponía. Días después, esta vez sin foto, posteó: “¿Recuerdan mis gatitos rescatados?”. Después de un breve recuento de gastos (veterinario, arenero, comida) y de aceptar “el amor no me da para tanto”, anun­ciaba que los regaló a alguien que los cuida­ría mejor, y pedía: “Si me ven buscando gato o perro por ansiedad de cuarentena, no me paren bola”. Cómo te odié, amiga del feis, a ti y a tus uñitas rojas. Cómo te odié.

Entre los fenómenos culturales que ha traído el aislamiento social por la co­vid-19, uno de los más curiosos es el au­mento inesperado de adopciones de pe­rros y gatos en situaciones de abandono. Las noticias de refugios vaciándose o de voluntarios que no dan abasto se repli­can en ciudades del mundo. En Madrid las solicitudes se dispararon tanto que la Fiscalía abrió una investigación para de­terminar si estos acogimientos obedecen a “intereses realmente honestos” o se trata de planteamientos “espurios y destinados a tener una excusa, por parte de los nue­vos titulares de cánidos, para poder salir a la calle” (en España una de las excepciones para el confinamiento domiciliario ha sido salir a pasear al perro). La preocupación de las autoridades es que una posible na­turaleza fraudulenta de estas adopciones culmine en una ola de abandonos una vez que la emergencia termine.

Las relaciones que entablamos con nuestros animales son asombrosas y dicen mucho de nuestros propios afectos y emo­ciones. Además de apuntar al objetivo ob­vio de sobrellevar el aislamiento social con su compañía, el aumento de adopciones de mascotas durante la crisis del coronavirus es “síntoma y reflejo” de lo que nos está pasan­do como sociedad, asegura el psicoanalista Javier Rodríguez. Adoptar implica recono­cer que hay un otro que está en la orfandad, en la más absoluta soledad, es un acto que pone al desnudo la situación actual de nues­tro psiquismo: estamos huérfanos de pro­ductos simbólicos, de relaciones humanas.

“Los animales nos fascinan porque en­vidiamos la simpleza de su vida”, explica Rodríguez parafraseando a Freud, “porque la comparamos con nuestra vida humana, tan difícil, tan compleja, tan llena de sufri­miento, de renuncia, de imposibilidades”. Un gato, o perro, no convive con la muerte, no existe esa dimensión en ellos. “El ani­mal no muere, desaparece. Quien padece psíquicamente aquella muerte es su huma­no, porque la muerte del animal querido lo enfrenta con la posibilidad de la nada”.

Uno de los textos más conmovedores y reveladores de la relación entre un hu­mano y un animal, en la literatura ecuato­riana contemporánea, se encuentra —se­gún la poeta y académica María Auxilia­dora Balladares— en Lugar, obra de teatro de Gabriela Ponce, en una carta que la protagonista le escribe a su perra muerta:

Tu piel que era la espera y yo besaba, adoraba, lamía tu espera que era la mía. Perra. Tú me das la fuerza que se nece­sita para no marcharse te dije. Tú dijis­te, tú me das amor. Los días siguieron, viajamos. Juntas. Con las blusas y una maleta y dimos vueltas, vivimos en ca­sas, en edificios, en carpas, durmiendo nuestras pieles, yo sintiendo que nada era necesario. En un peregrinaje nues­tro incierto. Cuando llegaban amantes, tú dormías a mis pies, te gustaba vernos haciendo el amor, te gustaba el olor, no­sotros te esquivábamos y tú juguetona excitándote de modos tan genuinos la­mías nuestros cuerpos.

Todo genuino en ti. Perra. Eso era lo in­mensurable, esa forma tuya genuina, el lugar mío eras tú, Ramona. Ahora sin ti siento que no tengo cuerpo para verme ni pensar. Es la orfandad.

El tiempo de vida de un humano normalmente excede el de un perro o un gato, señala Balladares, pero los amamos a pesar de que sabemos que tendremos que verlos morir. “¿Por qué embarcarse en una relación con un final tan doloroso?”, se pregunta la poeta, “¿no es la pulsión que nos lleva a amar a nuestros animales la misma que nos lleva a embarcarnos en relaciones amorosas que sabemos finitas (sea porque el amor termina o porque la vida termina antes)? ¿Suspendemos la imagen de la muerte del animal para amarlo sin reservas de la misma manera en la que suspendemos la imagen del fin de la relación amorosa? Quizás la rela­ción humano-animal, así como la relación amorosa entre personas tienen la misma potencia del instante”.

Desde la adorable sencillez de su vida, los animales de compañía cumplen una función de embajadores; espejo y testigo de nuestra propia vida afectiva.

En realidad, no te odié, amiga del feis; ni a ti ni a tus uñitas rojas. De hecho, casi ni te conozco. Supongo que al leer tu post me proyecté en esos dos gatitos flacos y aban­donados, y en mi subconsciente se activó un recuerdo triste. Alguien, de alguna for­ma, alguna vez me dijo, como tú a ellos: “Seamos familia y hagamos muchas fies­tas”, pero enseguida se arrepintió y me vol­vió a lanzar al mundo, sola. Seguramente los gatos están mejor en ese hogar que les encontraste, donde sí están dispuestos a quererlos, sin reservas, y no solo para re­solver la ansiedad del momento. Quizá aceptar a tiempo que “el amor no te da para tanto”, es también una forma de amor.

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