Mariela Condo: la voz es un instrumento de carne.
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Mariela Condo: la voz es un instrumento de carne.

Por Juan Fernando Andrade.

Fotografía: Juan Reyes.

Edición 455 – abril 2020.

Todo esto es muy retro. Retrofuturista. Mariela Condo no tiene teléfono, es decir, tiene un iPhone, tiene Internet, pero no tiene chip. Yo tengo un Nokia, que no es inteligente pero sí muy leal y aparentemente indestructible: me sobrevivirá, de eso estoy seguro. Nos comunicamos por Facebook, pactamos la cita, pero cuando ella me dice te mando la ubicación le recuerdo la raza del dispositivo (Mariela, ¿te reíste?) y entonces me cruza una lista de instrucciones muy detalladas, una especie de mapa en prosa que yo transcribo en mi Moleskine a lo Indiana Jones.

He pasado ya varios días escuchando su música, el filo de su voz cortopunzante, y viendo-leyendo varias entrevistas y reseñas sobre Al viento (vol. 1), su nuevo disco. Increíble lo bien que la tratan, sobre todo la prensa millennial. Alguien escribió, supongo que conmovido por las canciones, esto: “Entonces, descubrimos por primera vez esa misma flor que creíamos haber descubierto hacía tanto tiempo”. ¿Es parte de la corrección política? También le preguntan por sus conciertos en Noruega y Alemania, en Buenos Aires y México. Y a ratos me parece que la quieren vender como una artesanía.

Mientras el taxi avanza por la avenida Oriental pienso que quizás es un poco misántropa y por eso vive donde vive, a un costado de la autopista, en lo más alto del barrio Asedim, donde se acaban los adoquines y empieza la montaña. Misántropa y excéntrica, como los grandes. Pero ella no es tan grande: físicamente, quiero decir. Lleva un vestido rojo y ligero que la cubre casi por completo, el pelo recogido en un moño sobre la cabeza, y cuando la abrazo siento que estoy abrazando a una niña y me pregunto dónde le cabe a esta mujer toda esa voz, todo ese feeling.

Para llegar a su casa, que parece hecha de legos, hay que subir por unos escalones que son llantas de camión empotradas en la tierra, y luego por una escalera de madera tan inclinada que uno siente estar trepando del mar a un barco. Antes de entrar me dice dos cosas. 1. Odia la exotización. En Francia la entrevistó un periodista español que flipó con su look indígena; vi la entrevista, parecía esperar que ella se pusiera a bailar para que empezara a llover ahí, dentro de la cabina. 2. Amó el discurso de Joaquin Phoenix en los Óscares, sobre todo eso de: “Los seres humanos somos tan creativos que, cuando usamos el amor y la compasión como nuestros principios guía, podemos crear sistemas de cambio que sean beneficiosos para todos y para el ambiente”.

La casa de lego funciona así: si das un paso a la derecha, estás en la cocina; si das un paso a la izquierda, estás en la biblioteca; y si das dos pasos al frente, estás en el comedor. Arriba, en el ático, se juntan el dormitorio, su estudio y el ensayadero. Pero no me siento atrapado porque desde la ventana, junto a la mesa en la que hay una Pilsener de litro que miro con lujuria (hoy solo tomaré agua), se ve el sur de Quito como un patio iluminado. Nos sentamos frente a frente y tengo la impresión de estar con una persona distinta a la que he visto en YouTube, más inmediata, más tranqui, más relax. Sé que nació en Cacha, una comunidad indígena en la provincia del Chimborazo, en marzo de 1983, y acaba de cumplir 37 años. Sé que ha grabado cuatro discos y que el último lo hizo en colaboración con su actual pareja, que ahora está de viaje pero volverá dentro de pocos días. Y sé lo que he anotado a partir de sus entrevistas, pero todo eso podría ser mentira. O sea que no sé nada y esa es la mejor manera de comenzar una conversación.

—Cacha, supongo, es una comunidad dedicada a la agricultura.

—Sí. Y, como casi todas las poblaciones indígenas del Ecuador, siempre estuvieron expuestas a la discriminación. Yo soy testigo. A mis abuelos les costaba mucho bajar a la ciudad (Riobamba) y no poder evitar cierto tipo de miradas.

—¿Lo percibías desde la infancia?

—Eso estaba ahí. Con el tiempo me di cuenta de que cualquiera puede ser discriminado, no es una cuestión de ser indígena o no, mira lo que pasa ahora con los venezolanos. Pero los indígenas vivían en una situación de vulnerabilidad. En esos lugares ni antes ni ahora ni nunca funcionará eso de: “Trabaja y sacarás adelante al país”. Mis abuelos trabajaban mucho, pero el sistema está diseñado para que no salgas del círculo de la pobreza. Por más que siembres de sol a sol hay una barrera que muy difícilmente vas a poder saltar para que tus hijos tengan nuevas posibilidades.

—¿De qué está hecha esa barrera?

—Falta de acceso a derechos básicos como salud y educación. Aquí todavía tenemos niños vendiendo caramelos en la calle. Eso a mí, no sé, me parte.

—Háblame de tus abuelos, ¿qué recuerdas de ellos?

—Mi abuela se la pasaba peleándose con los animales, gritándoles porque se le comían las plantas (risas). Mi abuelo era muy sensible, sobre todo con sus animales. Cada vez que un animalito se moría él se le ponía al lado y le decía algo al oído, algo que no sé qué era, algo íntimo. Luego procedía a hacer lo que tenía que hacer: comer su carne, aprovechar lo que pudiera, la lana, la piel. Si mi abuelo (Manuel Pisco Asqui) tenía que matar a un animalito para poder comer, le pedía permiso y perdón, en kichwa, y tenía una técnica superespecífica para que el animal no sufriera.

—¿Y luego vendía lo que podía?

—Bajaba a la ciudad con lo que tenía del animalito y un montón de hierbitas. Una vez lo acompañé, fuimos en una camioneta, y vendió todo en tres minutos. Bajaba a la ciudad para eso y para comprar cosas que no había en el campo: aceite, azúcar, arroz, jabón. El resto, los granos, la misma tierra te los da.

—¿Cuánto tiempo viviste en la comunidad?

—Hasta los cinco años. Supongo que fue mi mamá (Sami Pilco) la que tomó la decisión de mudar la familia a Riobamba, capaz dijo: “Aquí no vamos a ningún lado”. Y justo en esa época mis padres se separaron

—¿Seguiste teniendo relación con tu padre?

—Mi papá (Pedro Condo) es comerciante, tenía negocios en Guayaquil, entonces pasaba un rato en la comunidad y otro rato allá. Y bueno, los pleitos de los adultos… uno nunca sabe. Hubo un largo tiempo donde no supimos mucho de él, y no fue hasta que mis hermanos y yo fuimos adultos que cada uno decidió cómo entablar contacto.

—En una entrevista dijiste que el canto siempre estuvo presente en la comunidad.

—Hasta ahora, cuando mi mamá viene a visitarme y me dice: “Mijita, no has hecho nada”, se pone a lavar los platos tarareando. Ese tarareo lo hacen todos en la comunidad. Tú entras y alguien por allá en las montañas está silbando, es un acto de relación con uno mismo.

—¿Cantas desde niña?

—Desde siempre. Cuando tenía trece o catorce años aprendí mis primeras canciones en kichwa, Kikilla  y  Manila, que resultaron ser canciones de mis abuelos.

—¿Canciones compuestas por tus abuelos?

—Ellos no conciben el acto de componer como nosotros aquí en la ciudad, sentarse a escribir letra y partitura, tienen otra lógica.  Kikilla  es una canción de arrullo de funeral, que hizo mi abuelo para desahogar el dolor por la muerte de uno de sus hijos, muy chiquito, tenía un año. Murió ahogado en un pocito de agua que mis abuelos tenían para abastecerse. Estaba jugando con una pelota y se le fue al pozo, intentó recogerla y ahí se fue. Esa canción le sirvió a mi abuelo para depurar esa nueva ausencia. Y la canción no evoca la muerte, le dice al niño que siga durmiendo, que él tiene que trabajar, que cortar hierba para los animales, que por favor descanse, que no llore. 

—¿Y Manila? 

—Esa canción me marcó. Mis abuelos la sufrían por igual, no había represión de género, no había subyugación del uno al otro: él iba a trabajar la tierra y ella a cosechar. Pero hay cosas que la mujer vive y el hombre no, como la maternidad o la menstruación. Mi abuela, en su rol de mujer indígena, y a raíz de su impotencia, de no poder cambiar su realidad, cada vez que ya no podía más o llegaba de un carnaval en el que había tomado chicha, se sentaba en un mismo rincón en la casa de campo y cantaba, para sí misma, esta canción que había inventado.  “Manuela/ ¿qué te pasa, Manuela?/ te falta la tierra, Manuela, te falta el grano/ el marido te habla/ los hijos te hablan”. Tiene al mundo en contra, pero eso cambia en la segunda parte.  “Levántate, Manuela/ párate duro, Manuela/ y sigue caminando”. ¡Y todo eso cantando!

—Entiendo que tu madre también fue cantante.

—Tenía sus presentaciones, sus conciertos, y ganaba todos los concursos, les hacía pedazos a todos. Yo la veía ensayar con su guitarra, se ponía en el espejo a ensayar la vocalización, pero dejó de cantar cuando yo cumplí diez años. Estudió Periodismo, estudió Cine y Televisión en Noruega, esa es su lucha ahora.

—¿Pasaba mucho tiempo fuera de casa?

—Sí, y lo sentíamos mucho los fines de semana, porque se inventaba cualquier cosa para salir y trabajar en lo que sea, la man sí se sacó el aire.

—¿Heredaste el carácter disciplinado de tu mamá?

—Para nada. Soy bastante caótica. Me cuesta tener horarios. Mi equilibrio es mi compañero. Él es superdisciplinado, a las cinco de la mañana ya está de pie, trabajando, haciendo, pensando, escuchando. Yo me levanto temprano, pero a las siete de la mañana, eso está bien para mí, no a las cinco.

—¿Pero empezaste a cantar, digamos, profesionalmente, en Riobamba?

—En Riobamba cantaba sola, me presentaba en mi escuelita, con cualquier pretexto. El canto siempre era un juego para mí. Jugaba frente al espejo a que era la cantante y a que tenía un micrófono. Quizá solo tarareaba (risas). Pero cuando todavía vivía en Riobamba, a los catorce años, un profesor de música hizo los trámites para que me fuera a dar un concierto en Ayacucho, Perú. Fue la primera vez que subí a un avión. Tenía miedo, ansiedad. No sabes a qué te vas a enfrentar, si vas a querer lanzarte, si vas a querer gritar, decir que por favor te dejen bajar.

—¿Cuándo llegaste a Quito?

—A los catorce años. Llegamos a Guamaní, de ahí pasamos a El Dorado y terminamos en esta zona del Itchimbía. Mi mamá nos trajo para ver si yo podía entrar al Conservatorio Nacional de Música. Tenía que dar las pruebas de ingreso y estaba nerviosa, dije: “Dios, si no paso, ¿qué voy a hacer?”, tenía todos los traumas de la vida reunidos en ese instante.

—¿Ya te habían dicho que eras soprano?

—No, eso fue después, cuando pasé del piano al canto, porque quería estudiar piano para que cuando empezara a cantar tuviera con qué acompañarme. Cuando empecé con el piano todo se aprendía de memoria y cuando lo dejé no lograba acordarme de nada porque, claro, era un pésimo método de enseñanza. El conservatorio adolecía de tantas cosas, el método era espantoso, atroz. Y eso que entré por accidente, verás.

—Muchas cosas buenas suceden por accidente, ¿cuál fue el tuyo?

—Me tocó la prueba en un aula, solita. Había un tipo que anotaba las calificaciones y otro que tomaba la prueba. Primero me hicieron la prueba de solfeo y creo que me fue más o menos bien. Terminó esa prueba y el tipo me dijo: “Cántame un la”. Y yo: “¿Un la? ¿De dónde me saco un la?”. Y con el impulso del miedo canté: Laaa (su voz suena entonada). Y él toca una tecla en el piano, me queda mirando y dice: “Guau, tienes oído absoluto. Aprobada”. Y yo no tenía idea de lo que acababa de hacer.

—¿Tienes oído absoluto? ¿Como Charly García?

—¡Qué oído absoluto ni qué nada! (carcajadas). El oído absoluto no sirve de mucho, la verdad. Si te vas a hacer jazzero, por ejemplo, el oído absoluto no te va a servir cuando te toque improvisar: para alguien que tiene oído absoluto, si en la partitura está escrito un re, tienes que cantar un re, es inamovible. La afinación impecable y perfecta no te hace el mejor cantante del mundo. Puedes ser superafinado, pero tal vez no llegas a nadie, no dices nada con tu voz: el oído absoluto no te hace mejor cantante ni mejor nada. Cuando logras conectar, transmitir y rozar almas, eres un artista.

Mariela nació en 1983 en Cacha-Puruhá, que es una comunidad indígena de la provincia de Chimborazo, en la Sierra sur del Ecuador, lugar de viejos cantores ermitaños.

—¿Cuánto tiempo estuviste en el conservatorio?

—Tres años, hasta los diecisiete. Al primer año abandoné el piano y me cambié al canto. Busqué a una profesora que me habían recomendado, le rogué que me aceptara, pero no quiso, me dijo: “Tú estás muy joven, para estudiar canto tienes que tener diecisiete años”, y yo tenía dieciséis.

Se llamaba Cecilia Tapia, lojana estudiada en Rusia, o sea, de la escuela pura y dura. Esperé dos o tres meses, falsifiqué mi partida de nacimiento y le dije: “Ya tengo diecisiete”. Y ella habrá pensado “pobre niña”, porque me dijo: “Bueno, te voy a creer”.

—¿Y qué pasaba fuera del conservatorio?

—Estudiaba la secundaria en la noche, en el colegio Intiyán, de siete a diez. El conservatorio empezaba tipo nuevediez de la mañana, hacía los deberes en las horas huecas. Me gradué de contadora (niega con la cabeza, ríe). La otra opción era sociales, pero me daba miedo que me obligaran a leer rápido y mucho, y yo decía: “Quiero leer, pero no así, con esa presión, quiero disfrutarlo”.

—O sea, te gusta leer por placer.

—¡Claro!, la lectura tiene que ser un placer.

—Y, ¿te graduaste del conservatorio?

—Me salí, me cansé. Dije: “Yo no tengo por qué seguir en esto tan desordenado”. Las mallas curriculares cambiaban cada año y el tiempo para graduarse aumentaba. Me aburrí. Ya me había graduado del colegio, tenía dieciocho, o casi, y dije: “Voy a dedicarme a vivir de la música” (carcajadas). Tuve dos años (ni tan) sabáticos en los que formé parte de un quinteto de voces con el que empezamos a montar repertorios, a salir de viaje, a buscar maneras de sobrevivir de ese trabajo. Recorrimos un montón de lugares, dando conciertos aquí y allá. Fuimos a Cúcuta, a Santiago de Cuba, éramos soñadores.

—¿Por qué solo dos años?

—Mi mamá se enteró de que había una carrera de Música en la Universidad San Francisco (USFQ), y me dijo: “No tienes pretexto, te tienes que ir a estudiar”. Ahí se acabó el sueño idílico con los muchachos. Estudié en la USFQ con dos becas, si no, ¿pagando completo?, olvídalo. Me gradué y dije: “Ahora sí, no quiero saber más de la academia”. “Y no supe más” (risas).

—Muchos colegas se quejan porque, dicen, solo enseñan jazz. ¿Confrontabas a los profesores?

—A las de canto les decía: “Yo no voy a hacer un recital hecha la jazzera. No puedo, no-puedo”. Nuestra manera de revelarnos fue hacer nuestros propios proyectos de música ecuatoriana, y de ahí salió mi primer disco, hecho con canciones en kichwa.

—¿Lo grabaste antes de graduarte?

—Antes de graduarme tuve que ir a Estados Unidos a estudiar inglés para cumplir con los requerimientos de la universidad. Y escogí Boston porque en ese entonces estaba casada con un músico ecuatoriano que vivía allá, o sea, iba y venía. Estudié casi ocho meses en una escuela llena de asiáticos y ahí sí tienes que ponerte duro con el oído porque si no…

—¿Tocaste allá? ¿Pensaste en quedarte?

—Toqué música ecuatoriana con Álex Alvear, que ya vivía allá. Él me jalaba, me decía: “Marielita, tienes que venir a cantar”, y yo le decía: “No puedo, tengo que estudiar”, pero me jalaba y fue lindo porque me hice mis dolaritos (sonríe). También trabajé ayudando a los compañeros que iban atrasados en la escuela, y en una tienda de artesanías. Pero ese es el asunto, en Estados Unidos manda la dictadura del dinero, eso de trabajar, trabajar, trabajar. ¿Y para qué trabajas?, para pagar la renta, que encima está por las nubes. ¿Dónde está el tiempo, dónde está la vida? Es horrible, un ambiente hostil.

1 Tour por Argentina y Uruguay, 2018. 2 Mariela y Álex Alvear. Una hermosa amistad que ha ido creciendo entre versos y canciones.

—Volvamos al primer disco, Shuk Shimi, Waranka Shimi (Una voz, mil voces) de 2008.

—Lo armé con un repertorio de canciones que ya había tocado en vivo. Me alié con (el pianista quiteño) Daniel Mancero, él hizo los arreglos musicales y grabamos en La Increíble Sociedad cuando todavía funcionaba en el sótano de una casa en Miravalle (ahora es uno de los estudios más cotizados y mejor equipados del país). Voz, piano, bajo y batería. Típico formato de jazz (carcajada). —¿Pudiste girar con ese disco? —Ni con ese ni con los siguientes. El único disco con el que he podido girar y giraré, por el momento, es este, Al viento.

—¿Qué pasó?

—Malas estrategias. Teníamos un disco pero no teníamos un plan. ¿Qué hacemos con el disco?, hacemos la gira. ¿Qué hay que hacer para hacer la gira?, ¿qué necesito?, ¿un mánager?, ¿cómo se llama la persona que hace eso?, ¿dónde hay? Porque aquí, digamos, no hay una promoción de graduados en music business.

—¿Ahora trabajas con un mánager?

—No. Todos son un fraude, un fracaso. Hace tres años tomé las riendas de mi carrera y hago un trabajo de autogestión que es superduro, pero es una opción. El año pasado giré a mi manera, hice las llamadas, mandé los mails, conseguí los lugares y los contratos. La primera vez que estuve en Argentina, en 2015, fui en plan mochilera, con un guitarrista y una amiga que nos ayudó con los contactos en varias ciudades. Trabajé a pérdida, pero dije: “Sí se puede”.

—¿Han cambiado las cosas desde entonces?

—Volví a Argentina en 2017. Me contactó Julieta Erdozain, que hace prensa y gestión cultural allá y vive solo de eso, así que lo hace bien. Me dijo: “Mariela, te he escuchado cantar, quiero armarte una gira por acá”. Hay un montón de gente que está en esa onda. O sea, armas tu propia red.

Puedes hacer lo mismo, no sé, en Cuenca. Y generas trabajo. Vas agarrando el hilo y sabes que no puedes jugar con esas cosas porque te puedes quedar  tan  endeudada y tan mal, que no vale la pena: yo no hago esto para sufrir.

—¿Cómo altera eso tu vida personal? La economía del hogar, digamos.

—Desde el año pasado la situación ha mejorado un poco porque tengo este nuevo formato (guitarra y contrabajo), que es más llevadero; tenemos un disco y una gira a puertas. Autogestionar es tan difícil porque te topas con la burocracia, o no hay lugares, o los lugares son restaurantes y eso ya no me gusta. Toqué tantas veces en esos lugares que llegué a pelearme con el público, exigía silencio; o me peleaba con la cocina, decía cosas como: “Aplausos para el solo de licuadora que nos acaba de acompañar en esta canción”.

—Igual formaste un público. Varios de tus videos en YouTube pasan de las cien mil vistas.

—Arrastrando, a punto de ya no poder pagar cosas, así he podido resistir, encontrando un equilibrio que me libere de todas las deudas y pueda tener para mi cervecita (risas) y el atún de mis gatitas. Con mis discos anteriores formé un público y gané experiencia. Ahora sé lo que no hay que hacer. Con este disco dije: “Grabamos y armamos la gira enseguida”, y en eso estamos. (Toca madera, tres veces, y dice lo siguiente en un susurro): Espero que nos vaya bonito.

—¿Cómo financiaste los primeros discos?

—El primer disco salió con un auspicio del Ministerio de Cultura, que se demoró un año y medio en salir. Por suerte, mi mamá, que conoce el sector público, me ayudó con los trámites, pero igual, año y medio. Los músicos grabaron y decidieron esperar por el pago. Pero sufrí, se perdieron papeles, se cambiaron funcionarios, fue una pesadilla. No sé qué es peor, aplicar a un fondo público o no tener dinero para hacer las cosas.

—¿Y los demás?

—Me alié con dos productores, uno musical y otro ejecutivo. Dijimos: “No hay plata, armemos un plan y van a ver que sí lo logramos. Hablamos con los músicos y les decimos que les pagamos después, porque cuando este disco salga (con tono irónico) vamos a tener giras por todo el mundo”. Los músicos aceptaron, pero el plan no funcionó, nunca se mandó un mail. El segundo disco lo pagué (a plazos) con chauchas que iban saliendo espontáneamente. Para el siguiente, el equipo dijo: “Hemos aprendido, no vamos a cometer los mismos errores”. Nuevo disco, misma huevada (carcajada). Me volví a endeudar, porque al final la que se quedó con todo fui yo.

—¿Has pensado en escapar de este país?

—En 2016 me invitaron a cantar en México, en el Festival Internacional Tlalpan. Yo no viviría en Estados Unidos ni en Europa, pero sí en México. Acá no estaba pasando nada y eso de estar parchando me tenía mal, así que hice los trámites para quedarme ocho meses, pero sin plan, pensando que podría conseguir dos o tres toques más. México siempre me llamó, no sabía por qué, pero ahora lo entiendo. Nosotros arrastramos en nuestra memoria genética deseos de nuestra familia, de las mujeres y hombres que nos antecedieron, y de alguna forma en nosotros también habitan esos deseos.

—¿Seguiste cantando? ¿Lograste tocar por allá?

—Tocaba y con eso me mantenía con las justas. El primer concierto me alcanzó para vivir los tres primeros meses, luego hubo eventos gestionados por amigos, en salitas, pero llenábamos porque esos amigos llamaban a sus amigos, onda: “Oye, está una cantante que es muy buena, y hay que venir, hay que estar, chale”, eso me alcanzaba para los siguientes meses, y así. No pagaba renta y gastaba poco.

—Pero bien, les gustó tu voz.

—Cuando llegué a México estaba medio rota como cantante, mi voz estaba chiquitita, flaquita. Y casi al final de mi viaje conocí a la maestra Hebe Rosell, otra maga, que me ayudó a integrarme como cantante y ser humano. La técnica te sirve hasta un punto, es necesaria y te resuelve muchas cosas, pero luego hay un lado superemocional. La voz responde a cosas del cuerpo, es un instrumento que está adentro y, además, si se te rompe una cuerda no lo reparas comprando otra cuerda. Esta maestra me ayudó a unir estas dos partes, porque ella aborda la voz desde un lado mucho más visceral, más salvaje, más instintivo. A los pocos días de tomar estas clases, decidí quedarme en México a vivir (hace una pausa, mira por la ventana, casi se lamenta), pero me llegó una invitación para ir a cantar en París.

—Parece que París no te gustó tanto como México.

—No, no me gustó, pero está bien por un rato. Europa es una experiencia necesaria, es importante conocer, estar ahí y curtirse. Es importante entender cómo la gente de allá se organiza y hace las cosas. En Europa nada se puede improvisar. Pese a eso, me organicé mis cuantos toquecitos, y ahí, recién, empezó a tomar forma este último disco.

Mariela no es una artista común, ella es distinta, emana una energía que tal vez pocos pueden entender pero que se deduce abiertamente cuando suenan sus canciones.

—¿Te quedaste en París o viajaste por Europa?

—Estuve también en Alemania, España y Portugal, pero me quedé más tiempo en Francia, ahí conocí al Willan Farinango (nacido en Ibarra), mi compañero.

—¿Podemos hablar de ese romance?

—(Risas) Cuando llegué a Europa (2018) viajé como artista, una vez adentro solo seguí los trámites para extender la visa como artista y me terminé quedando ocho meses. Quería aventurar, mover la vida, sacudirme, tocar fondo. Venía arrastrando esta frustración de varios discos con los que no pude girar, tenía-tengo deudas, y pensé que en Europa podía buscar un camino. Y bueno, Europa es un territorio complicado, están en la misma crisis, no es que te va superbien y, puta, regresas forradito, eso no existe. Pero yo tenía esas intenciones y en un concierto que hice en el Barrio Latino conocí a Willan, él vivía ya veinte años en Francia, dedicado completamente a la música. Llegó al show y fue uno de esos encuentros que dices: “Ay, este man, qué chévere. Quédate, tómate otro vino”, de una confianza añeja y absoluta. Ahí empiezo a descubrir… todas sus virtudes.

—¿Qué onda?, ¿paseaban por los Champs-Élysées?

—No salíamos. Nos encontrábamos en su piso, en Créteil, escuchábamos música y él… es que hablar con el man… (le brillan los ojos) él es una enciclopedia viviente de la música. Clásica, jazz, lo que sea. Y cuando me empezó a hacer escuchar música ecuatoriana ya fue así como: “Aaawww”.

—¿El repertorio de tu nuevo disco viene de esos encuentros músico-amorosos?

—(Risas) Algo así. Yo decía: “¿Por qué no había escuchado toda esta música?”. Me pasó con canciones como Beta huagra, dije: “Esta canción yo la tengo que cantar, y la tengo que cantar en una cantina” (risas). La letra es clara, sencilla, pero describe un escenario terrible (Por andar bebiendo/ la casa has botado/ y los pobres guaguas/ llorando han quedado/ por andar bebiendo). A mí esa canción… debe ser porque soy alcohólica (carcajadas).

—¿Bebes mucho?

—No… o sea, para mí esa época de beber hasta vomitar ya pasó. Pero un traguito sí me tomo. A veces no puedo con tanta presión, llego a un límite y digo: “Necesito una copita, por favorrr”. Chumarme ya me da asco, y el cuerpo ya no me aguanta.

—¡Salud! Ok. Sigamos con el idilio.

—Para eso ya había una atracción incontenible y no sabía qué hacer. Me iba a regresar y él vivía allá. Esa historia amorosa iba y venía, estaba y no estaba. Después yo ya me regresé, y decía: “¿Historias a distancia y ambiguas?, no, no, no. Ya, chao”. Pero me vino siguiendo.

—¿Cuál es la vida que quieres?

—Esta que tengo ahorita y que me la estoy construyendo. Lo que necesito es salir de deudas y estar tranquila. Tener un fondito que me deje para el fin de semana poder hacer las compritas. No quiero más.

—¿Cuál es esta vida que tienes? ¿Te levantas y qué haces?

—¡Nada! (carcajadas). No tengo estructura, no tengo horarios, ahorita no tengo la tranquilidad para eso, estoy trabajando y construyéndome, porque cuando tienes un montón de cosas sin resolver (deudas, gira pendiente), se te hace todo más difícil. Cuando tengo mis períodos de media tranquilidad trato de cuidarme, de volver a los libros, a la música, tratar de escribir.

3 Dueña de una voz cargada de dulzura, de un registro generoso y un timbre inconfundible, Mariela, acompañada de Willan Farinango.

—¿Cuál fue la última canción que escribiste?

—“Bajo la lluvia”, que está en Pinceladas, mi tercer disco.  Esa canción marca una etapa donde mi búsqueda como compositora y como escritora de canciones y letras estaba muy inclinada hacia el fatalismo, esa idea de que hay que estar siempre muy mal, con el corazón roto, hecho pedazos, para poder escribir. Eso no tiene que ser así. Si a alguien le funciona, está erfecto (pienso en Juan Gabriel), pero no es necesario hacerte daño y destruirte para escribir buenas canciones.

—También hay temas que te saltan, te llaman o te obligan. El año pasado, durante el paro de octubre, muchos músicos me dijeron: “Hay que hacer una canción sobre esto”.

—El paro fue macabro. Creo que muchos de nosotros no habíamos vivido una situación así, tan al borde de la catástrofe, ni sentido el poder que tiene el Estado para simplemente desaparecerte, fue terrible porque sabes que ante eso estás absolutamente desarmado. Por muchos palos y piedras que tengas, ellos están mejor armados. La marcha despertó la complejidad y las enfermedades de esta sociedad. El discurso racista por un lado y, por el otro, el movimiento indígena y su discurso etnocentrista: nos volvimos todos extremistas. Se despertaron los prejuicios étnicos, y el movimiento indígena también despertó eso de: “Nosotros, el pueblo milenario”, el lado de la exotización. Esa misticación es la que genera y crea estas brechas, estas distancias, y en estas distancias es donde orecen la discriminación y el racismo. El reto es empezar a desestereotiparnos.

—¿Y cuál es la solución?

—¡Acabar con los políticos, ser anarquistas! (carcajadas).

—Para terminar volvamos a la música. ¿Qué se viene?

—Cuando regrese Willan, pues bueno, primero, ponernos al día (risas). Vamos a armar la estrategia de los conciertos que tenemos para la gira. Ya la gozamos, antes de grabar este disco lo tocamos en varios países, en Latinoamérica y Europa, ahora ya es disco y hay que seguirla gozando.

—La última pregunta, lo juro. ¿Qué estás escuchando ahora?

—Entrevistas a escritores en YouTube. Amo a Ernesto Sábato.

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