Mapas mentales.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Mapas mentales.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.

Edición 448 – septiembre 2019.

Firma----Ana-C

Mi ojo izquiedo ve muy poco. No sé por qué. Siempre lo he asumido como una raíz sombría conectada al inconsciente. También lo he comparado con el lado oscuro de la luna.

Hace unos días tuve que hacerme varios exámenes de rutina, para lo que me pusieron unos colirios fuertes que prácticamente me dejaron ciega el día entero. No ver. Ver sombras. Ver con los ojos cerrados. Entre esas tinieblas sutiles, recordé una pregunta que el pintor italiano Amadeo Modigliani le hizo a su amada: “¿Qué mira un ciego?”. Después me sumí en la ensoñación y los colores reconociendo en mis huesos el cansancio. Estaba frustrada. Me habían contratado para escribir una obra de teatro y al final se habían echado para atrás, dejándome sin dinero y con más de cien páginas que yo no había pedido escribir; por otro lado, el contrato que estaba a punto de firmar para vender un guion, que llevaba años escribiendo, se había desecho de una manera surreal. Cuando estaba por cerrar el trato, el productor se arrepintió, alegando, entre otras cosas, que su estómago “no lo sentía”.

¿Por qué y para qué había escrito esas historias? ¿Para guardarlas en el cajón? Con la romántica y obstinada idea de que la vida es un puzle cuyas piezas se van completando y no una película de Lucrecia Martel, buscaba señales. Tiraba el tarot una y otra vez. Los arcanos hablaban pero yo no sabía descifrarlos. El que más se repetía era el diablo. La carta que habla de los deseos ocultos, de los negocios turbios, de la creatividad sensual. ¿Pero qué tenía que ver eso con mi experiencia? Todavía no lo entendía. Le dije a un amigo que me recomendara una lectura, quizá ahí encontraría una respuesta. Quería leer algo como un pastel de chocolate pero también como un revólver. Algo que me hiciera llorar y que me devolviera las ganas de escribir. Mi amigo me dio su lista.

Yo había escuchado a Patti Smith cantando Gloria y la había bailado sola, imaginando su delirio, pensándola elevada o salvajemente lúcida. Luego la vi en Rolling Thunder Revue, el documental sobre Bob Dylan, y la amé otra vez. Esta man es voladísima, pensé. Y aunque la droga de Patti no es otra que el café, apenas abrí su libro Éramos unos niños, encontré lo que buscaba: un cóctel de estrellas. Una adolescente que llega a Nueva York sin dinero y con un ejemplar de Iluminaciones, de Rimbaud. Que come pan con lechuga y mira el cielo. Había en su historia algo salvaje que me recordaba a la figura de la vagabunda o la peregrina. La libertad, el compromiso, no con la vida sino con el arte; su relación con el fotógrafo Robert Mapplethorpe me recordó a un período de mi adolescencia en el que no importaba nada más que lo que estaba escrito en los libros. Robert le dice a Patti: “Nadie mira como nosotros”.

¿Qué mira un ciego? Imaginaba mi ojo izquierdo como un puente. Pero, ¿las páginas escritas y olvidadas? ¿Cuál era el sentido de haber trabajado tanto sin tener resultado? ¿Qué tenía que aprender de esa experiencia? Esas preguntas todavía eran piedras molestando en los zapatos.

Visité a un amigo del pasado. Me enseñó una película que había hecho con harto corazón y poco dinero. Cuando acabé de verla subimos a una terraza y compartimos un cigarrillo. Nos quedamos conversando hasta la madrugada. Le conté sobre mi rompecabezas inconcluso y él me lanzó el anzuelo final. “Estás haciendo las cosas por el motivo incorrecto”, me dijo. De repente entendí el arcano del diablo. Entendí que, al invertir tanta energía en intentar vender algo, estaba desperdidicando lo que de verdad quería hacer. Pensé otra vez en Patti. Entendí que no solo me había identificado con ella porque me gustan el café, Murakami y yo también me tiro las cartas del tarot para entender la vida: lo que me había cautivado de su universo era su corazón, su mirada, su capacidad de ver lo invisible. Su vida se había regido por causas inútiles; no había viajado para conocer ciudades sino siguiendo los pasos de sus héroes desaparecidos: Mishima, Jim Morrison o Genet. Cerré los ojos. Agradecí el encuentro con mi amigo, el  hallazgo de estos libros, agradecí que todavía puedo ver con los ojos cerrados.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

En tiempos de coronavirus

Algunos inventos y conceptos de higiene y manejo sanitario repotenciaron su utilidad a raíz del covid-19. Guantes Arduo combate a la antisepsia y la asepsia

Columnistas

Aroma

Rafael Lugo Escribo un viernes 27 de marzo. Conforme al calendario editorial de esta revista, este texto será publicado en un poco más de un

En este mes

Mi madre, la extremista

Por Jorge OrtizEdición 456 – mayo 2020. Cuando llegó a Moscú, en mayo de 1960, con un pasaporte checoslovaco y una identidad falsa, fue recibido

En este mes

Sello ecuatoriano en Hollywood

Por Elisa Sicouret Lynch Fotografía: Mino Reis y cortesía Edición 456 – mayo 2020. Es quiteño de nacimiento, pero “hollywoodense” de corazón porque ha sido

En este mes

La reivindicación de Sabato

Por Daniela Mejía Fotografía: Jaime Olivos | Cortesía Edición 456 – mayo 2020. Cada sábado, mediante visitas guiadas por su casa, dos de los descendientes

También te puede interesar

Ana Cristina Franco

Chicos.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 433 – junio 2018. Lo recuerdo bien: el corazón latiendo en la garganta, la sangre hirviendo

María Fernanda Ampuero

Los pezones de Paulina

Por María Fernanda Ampuero Me parece que fue García Márquez quien dijo que no hay nada más hermoso en la creación que una mujer hermosa.

Ana Cristina Franco

El árbol.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 442 – marzo 2019. Visito a mi abuelo en el hospital. Me pide un caramelo de

Ana Cristina Franco

Quiteños en la playa.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 445 – junio 2019. Mi mamá me contaba que en los setenta sus idas a la

Columnistas

Tío Alejo y el agua.

Por Huilo Ruales. Ilustración: Miguel Andrade. Edición 435 – agosto 2018. El tío Alejo llegaba descalzo a los dos metros, de tal manera que resultaba

Mónica Varea

Finísimos los zapatos

Por Mónica Varea Lo mío con Santi fue amor a primera vista, a él sí le tomó un par de años. Apenas lo vi morí