Manifiesto suave
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Manifiesto suave

Ilustración: Diego Corrales.

Respaldar lo que se dice. Como el respaldo de un sillón que no se usa por estar sentado al borde del asiento, sintiendo una leve presión en la espalda. Una molestia que asiente y dice: “confía”. Es terrible, pero ese pequeño dolor, indeseado y sin justificación, ahí abajo y detrás, va a ser lo que nos salve a la larga. No el cuerpo caliente por el que uno se ruboriza a la mañana siguiente. El que olía a salvación sobre la superficie. El cuerpo colmado al que se accede desde la desconfianza y el descontrol. El que se contempla como si fuera un horizonte giratorio. Estrías estirándose por la curva de las nalgas. Un recoveco simpático en la cintura. Huellas dactilares alrededor del mito. El deseo conduce al final del deseo.

Confiar en la vida.

Que no hay nada más pasajero.

Un par de monstruos emplumados sin fondo. Líquido verde desprendiéndose de sus hocicos. Un cortador de papel gigantesco. Su sierra, como la que viene, ready-made, en el rollo de papel aluminio. El prisma brillante de la vida doméstica. Una rigidez en su interior que nunca se podrá desechar. Si es que acaso se llega ahí alguna vez antes de perderle la pista por completo. ¿De dónde vienen estas imágenes? ¿Quién las diseña? ¿Quién se está preocupando? Se forra con papel aluminio lo que se quiere convertir en un metal precioso. Mi abuela forró una moneda común con los papelitos de cientos de chocolates brindados y masticados y engullidos, hasta producir una bola resplandeciente. Era el tesoro de un hogar. La moldeaba con un martillo. Ponía a prueba la vieja idea de la autonomía del arte, como las viejas vanguardias buscaron hacer un siglo atrás.

La gravedad y cierta orientación espacial son lo único definitorio. El propio cuerpo nunca lo fue. Si se apagan las luces o si se cierran los ojos por unos minutos, no se percibe dónde empiezan y dónde terminan los diez dedos de las manos; no se reconoce que sean diez, podría ser baba verde que chorrea al piso. Por otra parte, los brazos caen de maduros.

Mira el Pichincha: dos montes como espejos y en medio una cumbre rocosa. Los espejos mienten. Sin levantarse de su asiento, la montaña se transforma. A veces hay una nube sobre las rocas. No hay una explicación para esto. No se llega a la concentración buscándola ni esperando la siguiente idea, la que vendrá, el sonido de lo que va llegando. Recibirla, más bien, desde un lugar anterior a esa persona supuestamente preocupada, supuestamente sentada al filo del mueble, supuestamente mirando la montaña multiforme y supuestamente pensando, sin la capacidad de respaldar ninguna de esas cosas con actos. Algo que la nube inexplicable sí logra hacer.

Hay un peaje para toda preocupación. Los pilares tambalean. Ni siquiera ha habido pilares. Ha sido espumaflex indesechable. Era más fácil leer el viejo discurso del sentido común que ponerlo en práctica. Conservador. Masculino. Blanco. Parecía viable, hasta que llegó la hora de la hora.

Manifiestos suaves. Como “cuando las papas queman”. Como tragar saliva. Estar constantemente bajo autopresión ajena. ¿Quién se está preocupando? El deseo ofrece solo lo que se debe respaldar. Su naturaleza es ocupar lo que debería mantenerse a un brazo de distancia. Una camiseta que lea: “Yo sobreviví al deseo”. Otra que lea: “Anoche estuvo increíble”. Lo estuvo. Pero se llega a un muro a partir del cual ya no hay nada más. Como haber dado la vuelta completa. Otra vez, de nuevo, frente a lo que se rechazó hace tiempo atrás. La vida te lubrica con algún encargo. Mientras más se sabe, menor el beneficio. Menos de esto.

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