Mamá es campeona para morirse

Ilustración: Miguel Andrade

¿Cuál será su muerte verdadera? Todas son iguales, únicas, y ello, como pedrada en vidrio, me deja en añicos. Claro que después los añicos se juntan y yo me yergo, sacudo mi maltrecha ropa, me limpio la sangre, me peino con los dedos y me digo: no seas iluso, tu memoria jamás te juega limpio. Entonces, recuerdo que mamá murió hace mucho.

Allí, en el cuarto de las máquinas, yo vi su cuerpo meciéndose como si el viento o alguien que yo no veía lo empujara. Yo vi cuando la bajaron y después ya no vi nada porque todo se me volvió petardos, añicos, chirridos, y un animal enloquecido luchando por salir de mi cuerpo.

Quién no ha muerto en esta casa maldita. Hasta la Peta, que era eterna, terminó muriéndose. Y detrás de ella, en fila, como envenenados, los perros, los gatos, los conejos, incluso la tortuga con su vida de piedra, sin moverse, se fue de este mundo. Y la Lucy, mi hermana menor que aparte de chocolates se alimentaba de tierra. Y papá, que era piloto, y desapareció en las nubes.

A la final, me da igual que hayan muerto o que vuelvan a morirse. Solamente me importa mamá y un tanto la linda Berenice. Lo malo es que, apenas les estoy olvidando, vuelven a morirse estando muertas, cosa que no me doy cuenta a causa del desbarajuste de reloj dañado que tiene mi memoria.

Pensar que todo depende de un maldito libreto. De la agitación del cuervo enjaulado en mi caja torácica. De que la noche no se me entre por los ojos, que a veces se me quedan boquiabiertos viendo la nada, viendo alacranes que emergen de la tierra y se trepan por mis piernas en busca de mis ojos.

Hay veces que mi infancia se yergue de la nada y allí, en el jardín, estoy jugando con los primos. Por ejemplo, a las escondidas. Detrás de las jaulas, estoy ovillado, ojicerrado, inerte, tratando de no existir para que no me encuentren, salvo la Berenice, que es de seda pecosa y melena rojiza. Ella me mordió la oreja con sus dientes color leche y me dejó esta marca como un regalo.

Ahora, o no sé cuándo, me encuentro en el ático del tío Emilio, en uno de los frascos de alcohol de sus experimentos. Yo, ahí, con las rodillas flacas pegadas al mentón, desnudo y ajado y lampiño, contemplando una de las fiestas de la familia, grandes como verbenas en el jardín. Las copas yendo de las manos a las bocas, las risotadas desfigurando los rostros, las palabras como burbujas. Los ojos grises de la linda Berenice, a la distancia, lamidos por los míos.

Ya en la noche, ella, escabulléndose detrás de los arbustos. Papá, abrazándola y las bocas devorándose. Quizá no es Berenice la mujer que se desparrama con papá sobre la hierba. De pronto, agitado y sudoroso, entro en la sala de máquinas para esconderme de los primos. Y allí, veo y hasta olfateo el vestido azul y los tacones de mamá, meciéndose en el aire. No oigo, pero veo los gritos y el tumulto. O quizá Berenice está pendida. O quizá todos están vivos huyendo de la muerte, que es para la sola cosa que viven. ¿También yo habré muerto en ese entonces?

Te podría interesar:

¿Te resultó interesante este contenido?
Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo