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La maleta inmóvil

por Huilo Ruales

Maleta huilo 1

Este edificio es como una aldea metida en un cepo. Cada piso tiene seis apartamentos y sus corredores siempre están nerviosos, agitados de gente. Según la hora, claro, porque también es un desierto donde el diablo procrea a sus anchas. Todo esto para ambientar un incidente personal que me rebasa: sobre el rodapiés del apartamento en que hasta esta mañana he vivido con Luisa, encontré mi enorme maleta. La anciana del fondo se me acercó por detrás y lanzándome el humo de su pitillo me dijo: No abras esa maleta que está llena de relojes que caminan hacia atrás, y se metió en el ascensor. Los enanos del F-28 me espiaban, disputándose el ojo mágico. Eurípides, la loca del F-29, expeinadora de vedettes en el marchito Moulin Rouge, con la puerta abierta haciendo pasos de ballet en su salón, se reía con todo gusto al verme yerto, la mandíbula inferior zafada de su gozne, delante de la megamaleta. Los niños del F-25 irrumpieron desde el ascensor y se quedaron mirándome de pies a cabeza, los brazos caídos como simios.

Nadie sabía que mi inercia, más que al estupor o al desconsuelo, obedecía a la súbita evocación de la ya remota primera vez.

Gare des Invalides. Yo y sobre todo mi maleta llegando por primera vez a París. Mamotreto profundamente patrio que, en suma, era un armario recostado y colmado de libros. En ese entonces, la noción de la rueda en maletas aún no existía, así es que bastaron los primeros doscientos metros que me separaban de la boca del metro hasta el andén para empezar el descalabro: una, el peso descomunal estaba a punto de fracturarme la columna, y, dos, la oreja única de la maleta maldita se arrancó, dejándola sorda, muda, yerta. Miré el maletón como si fuera un espejo donde se reflejaba mi condición humana, mi estado de inmigrante hecho mierda delante de la nueva vida.

Ante tal devastación, me arrumé detrás de un kiosco, recosté al animal, lo abrí con saña de matarife y en cuclillas me dediqué a escoger los libros sacrificables que fueron trece. Pero apenas descendí la escalera del metro y avancé unos cincuenta metros, como un acto de brujería la puta maleta había incrementado su peso. Entonces, decidió por sí sola no moverse un paso más. Mientras la maldecía y me secaba con las dos mangas mi cara y cuello mojados de sudor, la Pizarnik me susurró como un consejo su clamoroso anhelo escrito en una carta a su psico, que lo parafraseo así: Ah, si me robaran mis maletas, podría caminar libre, con las manos en los bolsillos. Pues, yo lo tomé como una seria alternativa, no sin antes salvar del sacrificio mis siete libros de cabecera y una bolsa con algo de ropa.

Y, sin más, como en aquella primera vez, di media vuelta y me encaminé al ascensor, atravesé el hall y emergí a la calle con mi simple mochila al hombro, dispuesto a caminar transversalmente el mundo. Detrás, muda y total, colando su sangre en uñas y zapatos, yace desde entonces todo mi pretérito, como un alma con sus críos dentro.

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