Luis Rueda: el rock nunca va a perecer
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Luis Rueda: el rock nunca va a perecer

El músico guayaquileño Luis Rueda lleva 25 años subiendo y bajando de los escenarios del Ecuador, toda una vida al servicio del rock. ¿Para qué? Rueda trata de explicárselo a sí mismo cada vez que empuña una guitarra.

 Retrato Luis Rueda

Por Francisco Santana

Fotos: Ricardo Bohórquez y Helmut Jeremías

Luis Rueda está sentado en el piso. Mira fijo a Jorge Martínez, principio y fin de los Ilegales de España, banda que ha dejado una huella incuestionable en la historia del rock en castellano. Martínez habla con excelente dicción, parece un antiguo y amoroso profesor, de aquellos que ya no existen más. Dice que Rueda tiene el alma y la fuerza, el don para conectar no con el público del Ecuador, con el mundo; solo tiene que creérsela y hacerlo. Rueda sopesa cada palabra con aires de sosiego, respeto y admiración. Es de mañana en un domingo de marzo 2011, en algún lugar de Guayaquil. Han pasado muchas horas y demasiadas locuras desde que, primero Luis Rueda y luego Ilegales tocaron en el Centro de Convenciones de la ciudad. La noche está colgada en las pupilas de todos los presentes en la habitación, poblada también por instrumentos musicales y varias botellas de licor. En alguna parte de mi desconectado cerebro persiste una canción de Ilegales, Enamorados de Varsovia: “Helado en el parque sueño con el vestido rosa que llevabas al caer”. De pronto Rueda y Martínez se abrazan como si fueran íntimos, más que familia. Es un abrazo que parece eterno. Para siempre.

Luis Rueda empezó a inventarse a los 13 años, cuando aprendió a tocar la guitarra. Luego de un mes compuso su primera canción y a los 14 ya tenía una banda, SAK, era 1987 y Guayaquil un sitio complicado y áspero para el rock. Nació el 28 de enero de 1973 en Quito. No lo niega, tiene sangre longa, pero es guayaquileño, no ve para qué explicar un sentimiento. Sin embargo, hay unas palabras que flotan en algún lugar del espíritu que habita su nombre: “La historia es una Rueda y esta Rueda dice: ‘Deja que te eleve hasta lo más alto si así lo deseas, pero luego no te quejes cuando te arrastre hacia las profundidades. Los buenos tiempos se van… pero los malos también. La mutabilidad es nuestra tragedia, pero también nuestra esperanza. Las buenas épocas y las malas… siempre se marchan’”.

Veinticinco años dedicados a la música, de no callar nada, de ir con todo. Le caben perfectas las palabras del escritor Charles Bukowski: “Si vas a intentarlo, ve hasta el final. De lo contrario no empieces siquiera. Tal vez suponga perder novias, esposas, familia, trabajo y quizá la cabeza… Si vas a intentarlo, ve hasta el final. No existe una sensación igual. Estarás solo con los dioses y las noches arderán en llamas. Llevarás las riendas de la vida hasta la risa perfecta. Es por lo único que vale la pena luchar”. Rueda se considera un saboteador de sí mismo, sin embargo, piensa que eso no le da derecho a nadie de tratarlo como le venga en gana.

Una tarde de octubre en Urdesa, Luis Rueda sale de un auto rojo Kia Spectra sucio y al borde la ruina. Casi de inmediato agarra de la mano a su hija Lucy. Frente a la casa donde funciona el Inmundicipio, Higueras 104 y Costanera B, los carros pasan raudos uno detrás de otro, y cruzar la calle se vuelve una aventura de proporciones salvajes. Hace gestos de impaciencia y resignación, tuerce la boca, alza las manos, da varias vueltas. Lucy, de apenas cinco años, mira a su padre entre divertida y confusa. Seis minutos después logran cruzar. Rueda saluda con una inclinación de cabeza y se disculpa hasta por si acaso. Paulina Obrist y Daniel Adum, creadores del Inmundicipio, los reciben con alegría. El fotógrafo Ricardo Bohórquez lo guía hasta la piscina vacía para hacerle unas fotos.

Ese día Rueda todavía tiene 38 años y en su interior demasiadas vainas cocinadas, algunas bien podridas. Recapitulando sobre su trayectoria dice: “Por favor, no lo intentes”. Ríe apenas con los dientes apretados y expele sarcasmo. En el viaje que le ha tocado, luce cada vez más desencantado. Para él, en el Ecuador, existe un enorme problema de comunicación y eso termina arruinando todos los intentos. Nuestro medio carece de creatividad, de intenciones serias, donde cualquier intento artístico está más supeditado al factor económico que al arte en sí, y se ha llegado a generar una costumbre de medir las cosas solo por su éxito. Si no tiene éxito no vale. Descarga: “Proliferan todos los esbirros del sistema este que nos pone cada vez más brutos. Está bien hacer la de héroe, pero llega un momento en que te conviertes en un héroe cansado. Han pasado 25 años, miro para atrás y digo: ‘¡Guau!, he hecho un montón de cosas’, pero miro para adelante y digo: ‘¡No he hecho nada!’, ¡Dios mío!, he desperdiciado mi vida”. Ríe y agrega: “Esa es un poco la sensación de estos 25 años”.

La tarde se aleja con una brisa que trae el tufo del estero Salado. Hay un sol tenue que bota rayos de un amarillo raquítico que chocan contra los mangles que bordean la construcción; un brillo verde esmeralda se mece sobre el atardecer. Rueda bebe una cerveza y Lucy agua en botella. Ella revolotea alrededor de su papá y quiere salir en las fotos, incluso se atreve y hace gestos de roquera; parece que ya está prendida en la onda que consume el alma de su padre. Rueda conecta con una anécdota infantil: “Me acuerdo que mi mamá me fue a ver a una presentación, una cosa de un concurso del colegio, cuando se acabó el acto entregaron premios a los mejores alumnos, a mí no me dieron nada. Le dije: ‘¿Y, mamita, no se siente orgullosa de ver a su hijo en el coro?’. Mi mamá dijo: ‘Sastrería es buena nota. Hubiera preferido un premio en ortografía… pero ya pues… canta’. Mi vieja ya sabía cómo era la cosa”, remata con risas.

Componer se le hizo natural. No entiende qué es lo difícil de hacer música. Él la tuvo clara desde el inicio. “Haces una canción buena, la grabas, suena por la radio, a la gente le gusta, te compran el disco, vives de eso y ya está. ¿Qué es lo complicado y lo realmente difícil?” Y pasaron los años. Grabó, hizo cosas interesantes, compuso varios temas, hasta que salió el primer disco cuando tenía casi 20 años: un vinilo que realizó con SAK de nombre Hipermeticadictivo. “Ahí me di cuenta qué era lo difícil: no se trata de hacer una buena canción, se trata de convencer a la gente que ellos crean que esa es una buena canción. Ese es el negocio de la música”.

El origen del mal

La primera canción que compuso no existe. Se llamaba “Esta noche”, una balada romántica; recuerda que cuando la creó ni siquiera estaba enamorado. “Yo vengo de un hogar que no tenía ninguna connotación roquera, ni mi viejo era mariguanero Pink Floyd ni nada de esas cosas; mi viejo escuchaba Julio Jaramillo”. El padre se llama Raúl Rueda y su madre (fallecida) Atala Romero, ella tocaba de oído boleritos y música sencilla en un órgano que pasó mucho tiempo botado en la sala de la casa. En su familia la cosa siempre fue “tradicionalisísisima”. Tampoco tuvo el tío loco y drogón, que casi siempre tenemos todos, que te inicia y dice qué escuchar y por dónde agarrar. Ni hermano mayor, porque él es el primero. No sabe cómo fue. De pronto un día, cuando había toda la movida del rock latino, quizá era 1986, Rueda desgranaba el tiempo escuchando Hombres G, Soda Stereo, Enanitos Verdes, sin embargo, lo que más le gustaba era Ilegales, esa banda fue como un viento poderoso que se metió en su cabeza y lo empujó hacia el abismo musical, donde quedó atrapado para siempre. “Por eso fue bacansísimo como corolario de estos veinticinco años terminar enfiestado y alineado con Jorge Martínez, el verdadero ilegal; los otros, como son todos los mamarrachos, se fueron al hotel, a dormir, les dio pereza, como no había culos no fueron. El roquero respetable termina su show rodeado de cuatro borrachos giles aduladores”. Dice esto y estalla en carcajadas sublimes.

SAK fue el embrión de lo que sería su banda insignia, La Trifullka, integrada por Luis y Raúl Rueda, Xavier von Buchwald y Christian Freire, con la que coronó en el legendario festival colombiano Rock al Parque en 1997, y se paseó en la cadena MTV con entrevista y el video de “En coma la ciudad” que rotó en el programa Raizónica.

Con La Trifullka editó tres discos: Mucha rabia, El efecto placebo y Calamidad doméstica. La banda dominó los escenarios del rock ecuatoriano durante ocho años y Luis Rueda se convirtió en un vocalista incontestable, alguna vez me dijo que llegaron a cobrar hasta cinco mil dólares por presentación. La Trifullka se cocinó en un caldo de excesos, tremenda popularidad y vida de rockstar. Una reflexión podría servir para intentar una explicación: las puertas del paraíso se parecen a las del infierno. El grupo cruzó las fronteras de la noche con canciones históricas: “Los maestros del amor (El pelo quinto)”, “En coma la ciudad”, “Fundas negras”, “La maestra”, “Luz artificial”, “La causa del defecto”, “El amor frío”, “El arca rota”, “El perfecto acabado”, “Ni chicha ni pescado”, “Asciéndeme a marido” (de Aladino) “Racha de harto frenesí”, “Qué lindo que llegó la Navidad”.

Nunca es el final

Ahora tiene treinta y nueve años, los celebró el 28 de enero con un concierto en el Centro Cultural Simón Bolívar. El desencanto continúa intacto. Es contundente, piensa que la gente no tolera que uno tenga su propia fe y para muchos es una joda loca ir como borregos al son que les tocan. Por eso cuida con gran devoción su mala reputación y prefiere ir por la vida sin hipocresías. Está casado con la argentina Karina Paludi, a quien conoció en Buenos Aires en 2004. “Mi mujer es bacansísima, súper acolitadora”.

También tiene un estudio musical: AlMango, Callejón Burbano 105 y Domingo Comín, lo bautizó así porque la casa donde funciona está rodeada de árboles de mango; trabaja en la producción de cuatro bandas de música propia “intentando devolver lo aprendido”; y roba espacio para grabar un nuevo disco que ya tiene compuesto. Hace El Alternador, programa musical para ECTV. Casi no sale de casa. Pasa mucho tiempo en Internet leyendo y viendo películas. Para la historia quedan sus conciertos con Los Prisioneros, Molotov, Mago de Oz, Ilegales y Calle 13; sus otros discos: Cero (con Elecktra, España), Yolucho & Lo demás Rueda, Caldo de cultivo, Yo en vivo.

No es ingrato. Reconoce y agradece que le va menos mal que al resto; toca bastante seguido, por lo menos dos veces por mes. “No toco gratis hace millón tiempo. Ya no me llaman a decir esas tonterías de que me dejan tocar para promocionar mi música. Ahora me pagan regalías en Sayce”.

Una noche nos encontramos en Old School Pub, un pequeño bar de Samborondón. Después de una tocada con Ultratumba, aterrizamos con dos amigos más y una botella de whisky en lo que ahora es el estudio AlMango. Rueda se disparó esta joya: “Yo me acuerdo una vez que toqué en Portoviejo y cuando me vi a mí mismo acostado en… ¿cómo se llama? era como… estaba en la calle y había una zanja, pero una ¡zanjota!, cómo de un metro y cuándo me vi tirado en la zanja miré para el cielo, estaba amaneciendo, y dije: ‘¡qué carajo hago en esta zanja! ¿No es como mucho?’ Pero no, no es mucho, siempre es así, la gente quiere compartir con el músico que va a ver y me parece súper turro eso de (hace un gesto de sobrado): ‘oh, ya está’. A veces ni siquiera me quedo chupando, pero me quedo ahí con los manes vacilando un rato”. Admite que tiene demasiadas amanecidas con sus seguidores. No le gusta hacer esa de ya toqué, ya me fui.

En sus viajes también se ha encontrado con el borracho idiota que se queda dándole la vuelta a la misma cosa, pero siempre hay gente chévere. “Vas a tocar a Yantzaza, Zamora, y hablan de cine, de libros, de filosofía. Algo interesante debe estar pasando para que la gente que tiene este tipo de gusto se conecte con lo que propongo, eso es muy satisfactorio”. ¿Y el mito de que siempre te vas a tocar y terminas en la mega fiesta? “Nada; siempre es lo mismo. La gran cena es en algún mercado que es lo único que está abierto a esa hora. Conozco los agachaditos de todo el Ecuador”, responde divertido.

Una vez estaba tocando en Quito, tenía seca la garganta y necesitaba algo para refrescar, estaba desesperado. “Le pedí al público algo de tomar y me pasan un galón con una espuma ahí adentro. Loco, te lo juro que parecía que escupieron todos, lo quedé mirando, lo alcé contra la luz, vi toda la espuma y les dije: ‘¿qué, quieren hacerme un hijo?, ¿qué han hecho? No puedo ser fecundado de esta forma’. Pensé que era un jugo piña y me lo tomé igual”.

En “El rock nunca va a perecer”, tema que grabó con SAK, un Luis Rueda de dieciséis años y “con toda la puta gana de roquear” dice que nadie lo podrá parar. Al final del viaje queda la presencia eterna de su madre porque: “Ella siempre estuvo ahí. Siempre. Me dio alas para seguir mi sueño y me acuerdo clarito que me decía ya cerca de su fin, que fue tan abrupto y violento, ‘nunca he visto alguien con más convicción que tú. Así que estoy tranquila, porque sé que lo vas a conseguir’”. También queda una reflexión. “Ha sido muy divertido, la verdad ha sido una linda vida extrovertida. Tratando de buscar el concepto de qué es lo que yo he querido decir con todas las canciones que he hecho, creo que básicamente todo se centra en libertad; o sea, sé libre, busca tu propio camino, encuentra la tuya. Pero yo me doy cuenta de que ahora se trata de otra cosa: ¿qué carajos voy a hacer con ese camino de libertad que logré?”

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