Luis Gallegos: Nunca he sido ‘persona no grata’ para nadie…
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Luis Gallegos: Nunca he sido ‘persona no grata’ para nadie…

Luis Gallegos

Ha dado varias veces la vuelta al mundo y, entre misiones y comisiones, ha trabajado en todos los temas difíciles de las relaciones internacionales. Su oficio, el de diplomático, lo ejerce con pasión y dedicación desde hace “cuarentitantos años”, a lo largo de los cuales se ha labrado un prestigio amplio y sólido de negociador persistente y hábil, que tiene claros sus objetivos y sabe cómo alcanzarlos. Es Luis Gallegos (Quito, 1946), el embajador ecuatoriano que en abril pasado fue declarado “persona no grata” por el gobierno de los Estados Unidos, como culminación de un proceso de deterioro de las relaciones bilaterales iniciado por el gobierno del Ecuador.

Ese episodio no fue, según lo ve Gallegos, ni una mancha en su hoja de servicios ni una disputa duradera. “Los problemas se superarán”, asegura, aunque prefiere no entrar en detalles ni ahondar en el asunto. Esa decisión de no meterse en honduras, que se mantuvo a todo lo largo de la entrevista, no impidió que Gallegos hablara de su oficio con energía y entusiasmo, convencido como está no solamente de las virtudes y potencialidades intrínsecas de la diplomacia, sino también de su rol en el mundo futuro. Un rol que, para muchos, está cada día más en duda.

Y es que, con muy pocas excepciones, los grandes conflictos de este siglo han sido entre tribus (como ocurre, hoy mismo, en Sudán, en Yemen y en Libia) o entre un Estado y una fuerza armada ilegal (como sucede en Afganistán, donde los ejércitos estadounidense y afgano luchan contra los guerrilleros talibanes). Y, así, el adversario ya no es, como era antes, un país vecino, sino, por ejemplo, la red Al Qaeda. O el cartel de Sinaloa. Con el país vecino se podía negociar, discutir, acordar. Pero, ¿qué negociación es posible con un grupo terrorista o una banda de traficantes, que operan en las tinieblas y la clandestinidad?

Si es así, ¿todavía tiene la diplomacia algún papel que desempeñar en el mundo, o la profesión de diplomático está siendo superada por los tiempos, como ocurrió con los oficios de telegrafista y de ascensorista? Con las comunicaciones actuales, que permiten que jefes de Estado y cancilleres se comuniquen directamente y al instante, ¿tienen algún sentido las embajadas, con todo su protocolo y sus ceremonias? Por ahí empieza esta conversación con el embajador Gallegos.

—En el mundo actual, un escenario muy frecuente es de confrontación supraestatal, en que la una parte no tiene los parámetros de la otra parte. Por ejemplo, no se respeta la Convención de Ginebra. La reacción, en esos casos, tiene que ser conjunta, coordinada, de todo el aparato estatal. Es un nuevo mundo, en que todas las estructuras del Estado tienen que adaptarse a la nueva realidad. La diplomacia también ha tenido que adaptarse. Ahora los embajadores ya no estamos con frac y condecoraciones, sino que nos quitamos el saco y nos aflojamos la corbata para trabajar en mangas de camisa.

¿Haciendo qué?

—Los problemas actuales, en su gran mayoría, tienen que ser analizados y puestos en un contexto internacional. El localismo prácticamente ya no existe. El mundo está cada día más conectado, más interdependiente. Y las soluciones a los problemas tienen que buscarse conjuntamente, pues el problema de un país suele ser también el problema de otro país. O de varios países. No se puede ser parroquial en el análisis de los problemas actuales.

¿El diplomático contemporáneo tiene que ser, entonces, más un analista que un negociador?

—En muchos temas probablemente sí. Pero en otros el papel de negociador sigue siendo fundamental. Veamos un ejemplo: el alza constante del precio de los alimentos, sobre todo por el cambio climático, es un tema cada vez más urgente, que ya está causando turbulencias. Concretamente, las sublevaciones en Túnez y Egipto fueron causadas, en gran medida, porque la gente, en cualquier parte, gasta el cuarenta o el cincuenta por ciento de sus ingresos en comida. Pero cuando tiene que gastar el ochenta por ciento se subleva y sale a las calles. Eso pasó en Túnez y en Egipto. El precio de los alimentos se vuelve, en casos como esos, un tema de seguridad alimentaria, de seguridad nacional. Para los países que importan alimentos se vuelve un problema de dependencia, una debilidad estructural.

¿Pero qué puede hacer la diplomacia en esos casos?

—En el mundo actual las soluciones tienen que ser coordinadas, de conjunto. La seguridad alimentaria es un tema internacional.

Sí, ¿pero no es más un tema político que diplomático?

—La búsqueda de soluciones de conjunto es un tema diplomático. Hay que negociar lo que cada país puede hacer. Y eso no se lo hace en una conversación de una hora, aunque sea al más alto nivel político, sino en muchas reuniones, de muchas horas, analizando cada tema, discutiendo, revisando cifras y datos, planteando soluciones, buscando acuerdos. Es una labor técnica, especializada, difícil, de mucha paciencia y tenacidad. Esa es la parte que no se ve del trabajo del diplomático.

¿Pero no es que ustedes, los diplomáticos, se pasan en brindis y en festejos, y por eso alguien, que no recuerdo quién fue, les dijo “momias cocteleras”?

—(Sonrisas y, sin responder, prosigue) Hoy el diplomático está trabajando en temas de comercio exterior, propiedad intelectual, energía, refugiados, asilados, corrientes migratorias… El conglomerado de temas que trata una cancillería moderna es inconmensurablemente mayor de lo eran las preocupaciones de las cancillerías anteriores, que se centraban en los conflictos fronterizos y en otros temas inmediatos y urgentes.

Por lo que usted dice, parecería que los diplomáticos son hoy más necesarios que nunca…

—Yo diría que somos tan necesarios como siempre, aunque hoy manejamos muchos más temas. Y más complejos. Por ejemplo, hoy tenemos que tejer redes internacionales para una defensa conjunta contra el terrorismo y contra el narcotráfico. O contra intereses transnacionales que pueden amenazar la soberanía y el bienestar de los países.

Es decir que tienen el trabajo asegurado por mucho tiempo…

—Sí, porque estos problemas, los de seguridad alimentaria, terrorismo, narcotráfico, entre otros, nos afectarán mucho más allá de la vida de nuestros hijos. Pero, precisamente por eso, el diplomático no solo debe tener un alto sentido de lo público, de lo nacional, sino que actualmente debe tener la capacidad de representar valores universales. Como el respeto por los derechos humanos, por ejemplo. O el valor de la democracia, de la dignidad humana, de la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer. Todos esos, y muchos más, son temas de los diplomáticos.

Se nota, embajador, que usted lleva la diplomacia en la sangre…

—Más que la diplomacia como tal, el servicio público. Mire: yo provengo de una familia que siempre dio preeminencia al servicio público, tanto en la política como en cualquier otra función. Mi abuelo, Alfredo Chiriboga, fue legislador, embajador y, entre 1952 y 1956, vicepresidente de la república con el presidente Velasco Ibarra. Mi otro abuelo, Luis Benigno Gallegos, también fue un político de nota, fue senador y ministro en varias ocasiones. Mi padre (Pericles Gallegos) estuvo también en la política y fue embajador en varios lugares. Entonces, muchas de las historias de mi familia, de las conversaciones a las que yo asistí desde que era niño, giraban en torno a la política, a la diplomacia y, en general, al servicio público.

Lo que, supongo, forjó su vocación…

—Probablemente sí. Mi padre estuvo en Nueva York, en funciones diplomáticas, de 1952 a 1956. Mis hermanos y yo éramos muy chicos, pero ya entonces lo que oíamos en la casa eran conversaciones con respecto al trabajo de mi padre. De alguna manera, eso tiene que haber influido en mi vocación, porque yo crecí en la multiculturalidad, en un ambiente de interés por los temas internacionales. Y, además, yo jugaba con chicos de la India, de Nigeria, de Sudáfrica, de todas partes.

¿Y allá, en Nueva York, empezó sus estudios?

—Yo salí por primera vez del Ecuador cuando tenía cinco años. Y allá, en Nueva York, entré a primer grado y estuve hasta cuarto. En 1956 mi familia volvió al Ecuador y, como yo ya sabía hablar inglés, entré en el Colegio Americano. Estuve un año, quinto grado, porque cuado iba a entrar a sexto fue inaugurado el Colegio Spellman. Mi papá había conocido en Nueva York al cardenal Francis Spellman y había apoyado la iniciativa de los salesianos de crear ese nuevo colegio. Y, claro, cuando fue inaugurado me puso ahí. Fue una época muy feliz de mi vida. Estuve dos años y, como mi padre volvió a los Estados Unidos, segundo y tercer cursos los hice en Nueva York. Volví acá para cuarto. Y aquí, en el Spellman, me gradué de bachiller.

Pero proviniendo usted, por los dos lados, de familias liberales, que por entonces eran anticlericales, ¿por qué le pusieron en colegios religiosos?

—Primero le digo que yo soy una persona muy creyente. Y practicante. Y mi familia, habiendo sido liberal de antes, nunca fue anticlerical. Incluso en mi familia ha habido sacerdotes y obispos. Como monseñor Benigno Chiriboga o como su eminencia el cardenal Vela Chiriboga. Pero lo de mi educación católica se debió más bien a un tema de disciplina y sistema. Y es que el sistema de educación de los salesianos de entonces era muy abierto, muy humanista, centrado en valores como el respeto y la tolerancia. Por eso aquí estuve en el Colegio Spellman, y en Nueva York en el Molloy High School, de los hermanos maristas.

¿Después?

—Estuve en la Universidad Central y después en la Universidad Católica.

¿Estudiando qué?

—Derecho.

¿Pensando ya en ser diplomático?

—Sí, esa era una posibilidad cierta. Pero no descartaba ser abogado. Aunque lo que a mí me gustó siempre fue la agricultura. De hecho, mis primeros trabajos fueron en el campo, en las haciendas de mi familia, en Riobamba y en Machachi. Pero entré a la cancillería y, al mismo tiempo que trabajaba, podía estudiar.

Y proviniendo de una familia tan política, ¿nunca pensó en dedicarse a la política.

—Mi padre participó muy activamente en la lucha contra la dictadura militar de 1963 y, claro, sufrió retaliaciones, persecuciones y exilios. Mis abuelos también habían estado en la cárcel por sus luchas políticas. Entonces yo aprendí de los rigores de la política. Además, cuando entré a la cancillería encontré una estructura basada en méritos, que exigía poner en marcha todas las capacidades individuales: los ascensos son por estudios, por conocimientos, por habilidades. Así entré yo a la cancillería y así fui ascendiendo. Esa estructura me gustó, me sentí cómodo con ese sistema y ¡aquí estoy!

¿Se graduó de abogado?

—Después. Antes, cuando tenía unos veintiún años, tuve ya mi primera misión. Fue en España, en Madrid, de tercer secretario. Cuando volví al Ecuador me propuse doctorarme y volví a la universidad. Pero antes de graduarme tuve la mayor suerte de mi vida, que fue encontrarme con Fabiola (Fabiola Jaramillo, su mujer, con quien tiene dos hijos: Jorge Luís y María Cristina).

Y se casó…

—Sí, en 1973. Pero antes de casarme me gradué de licenciado y dos años después de doctor. En la Universidad Central. Y casi enseguida, en 1975, me nombraron cónsul en Chicago, ya con rango de consejero. Fue una experiencia muy interesante la de vivir en el medio oeste americano, donde hay una visión de la vida bastante distinta de la que hay en la costa este, donde están Washington, Nueva York, Boston, Miami…

¿Cuánto tiempo en Chicago?

—Tres años, hasta 1978, cuando fui trasladado a Washington, pero no a la embajada, sino a la misión ante la OEA.

Que por entonces todavía servía para algo. Ahora la OEA ya no sirve para nada…

—No crea.

En todo caso, ¿cuánto tiempo estuvo en la OEA?

—Un año. Pero me quedé en Washington, en la embajada, un año más. Y volví a la cancillería en 1980. Y, en la cancillería, pasé por muchos departamentos, excepto protocolo. Nunca estuve en protocolo. Pero trabajé en casi todos los temas internacionales. Esa es una parte importante del proceso de formación de los diplomáticos. Formación que, dicho sea de paso, en mi caso continuó en el Instituto de Altos Estudios Nacionales: estuve en 1981 y 1982.

¿Y, después, otra vez, a recorrer el mundo?

—Sí. En 1982 me gané una beca para ir a la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia, en Boston. Ahí estuve un año y medio. Volví a la cancillería y trabajé en el departamento de soberanía. Yo fui director de límites. Me quedé hasta 1985, cuando fui designado encargado de negocios en Bulgaria.

¿Fue muy duro vivir detrás de la Cortina de Hierro, en el mundo socialista?

—Fue muy duro pero muy interesante. Usted también vivió detrás de la Cortina de Hierro y lo sabe. Eran años difíciles. No era cómodo vivir vigilado, espiado, en un Estado policial. Así funcionaba ese sistema. Por eso yo creo que antes de hablar de gobiernos totalitarios hay que haberlos vivido. Yo no soy un teórico del comunismo: yo viví el comunismo, yo sentí lo que es un sistema en que el gobierno tiene el control total sobre la vida de la gente.

¿De Bulgaria otra vez al Ecuador?

—Sí, a la cancillería, con el ministro Diego Cordovez, para emprender un proceso de modernización, que duró hasta 1994, cuando me enviaron, ya en el gobierno del presidente Durán Ballén, a El Salvador.

¿Ya de embajador?

—Sí. Había ascendido, por concurso, en 1991.

En El Salvador ya había terminado la guerra interna, pero, supongo, ahí tampoco fue fácil vivir…

—Tampoco. Yo llegué a El Salvador de la posguerra, pero todavía con serios problemas de convivencia. En los tres años que estuve vi lo trágico que es llevar los conflictos políticos a extremos. Pero también fue una experiencia muy valiosa, tanto para mí como para Fabiola, que fue presidenta de las damas diplomáticas y se dedicó a construir un orfanato en Zacatecoluca, con una casa de refugio para niños con sida. Y es que la guerra había dejado miles de huérfanos… Pero de ahí me enviaron a Ginebra.

Del tercer mundo al primer mundo…

—Sí, esa es la vida del diplomático. Hay que vivir con las maletas listas.

¿Qué tan difícil es eso?

—Para la mujer y los hijos es muy difícil. En mi caso, quienes sintieron lo duro de esa vida fueron mis hijos, porque yo, antes de casarme, le expliqué a Fabiola cómo es la vida del diplomático, ella aceptó, se adaptó y ha sido una compañera excepcional. Pero, en general, la vida diplomática es muy dura: cambios frecuentes de país, de clima, de idioma, de estilos de vida, de alimentación, de cultura… Y hay que adaptarse. Y hay que hacer que la familia se adapte. Y, además, los problemas de trabajo para el diplomático son distintos en cada país. Hay que trabajar siempre con realidades diferentes. Y hay que aprender y entender pronto la nueva realidad, porque no se le puede decir a la cancillería “espérese unos meses, hasta que yo entienda la situación de este país al que me han enviado”.

Pero, además, el diplomático tiene que establecer una red de contactos y de amistades para comprender mejor el país en el que está. ¿A usted cómo le fue con eso?

—Muy bien, en todas partes. Creo que para ser diplomático hay que tener conocimiento, experiencia, dedicación, prudencia y buen humor.

¿Buen humor?

—Sí, claro, buen humor. Yo siempre he tratado de cultivar esas virtudes, incluido el buen humor, y siempre me ha ido bien en eso de tener amigos y contactos. Nunca me recibieron mal. Y nunca he sido ‘persona no grata’ para nadie.

Hasta hace unos meses…

—Mire: en las relaciones entre los países suele haber dificultades y malentendidos. Eso es normal. En mi vida diplomática he pasado por muchos momentos difíciles en las relaciones bilaterales. También entre el Ecuador y los Estados Unidos ha habido ‘impasses’. Varias veces. Y los seguirá habiendo. Pero los ‘impasses’ se superan. Este ‘impasse’ también se superará.

Sí, ha habido ‘impasses’, como usted los llama. Pero nunca a ningún gobierno se le ocurrió sacar del país a la embajadora de los Estados Unidos. Aun en los momentos más tensos de los conflictos con el Perú, a nadie se le ocurrió sacar del país al embajador peruano, porque, sobre todo cuando hay crisis, es necesario mantener una contraparte para negociar…

—Quedamos en que en esta entrevista no hablaríamos de temas políticos…

Tiene razón. Volvamos entonces a 1997 y a Ginebra.

—Sí, en 1997 fui a Ginebra, a las Naciones Unidas. Fue una experiencia muy interesante, sobre todo porque trabajé en una serie de comités especializados, en temas tan complicados como el de la tortura. Desde entonces estoy vinculado con esos temas, y periódicamente viajo a Suiza para participar en reuniones. En Ginebra estuve tres años y volví al Ecuador.

Para entonces ya era el año 2000. ¿A qué se dedicó?

—Volví a la cancillería y fui nombrado subsecretario político.

¿Quién era el ministro?

—Heinz Moeller.

A propósito de su trabajo con Moeller: ¿el diplomático a quién representa: al gobierno, que es transitorio, o al Estado, que es permanente?

—El diplomático ecuatoriano representa al pueblo ecuatoriano. Pero, según manda la constitución, la política exterior la diseña y la dirige el presidente. El diplomático es un funcionario del Estado, sujeto a las directrices y a las líneas de mando del Estado.

¿Cuánto tiempo en la subsecretaría con Moeller?

—Dos años muy intensos. Y en el año 2002 fui nombrado embajador en las Naciones Unidas, en Nueva York.

¿Otra vez a Nueva York…?

—Sí, otra vez a Nueva York. Y estuve tres años, hasta que me mandaron a Australia.

Nada mal, por cierto.

—Nada mal, pero estuve pocos meses, porque el presidente Alfredo Palacio tuvo la gentileza de nombrarme nuevamente en Nueva York.

¿Otra vez a Nueva York…?

—Sí, otra vez, y con una misión difícil pero estimulante: participar en la preparación de la Cumbre del Milenio. Pero a los seis meses, el mismo presidente Palacio me nombró embajador en Washington. Era octubre de 2005. Y en enero de 2007, el presidente Rafael Correa me ratificó.

¡Cinco años y medio de embajador en Washington…!

—Sí. Fui en Washington el embajador que más tiempo estuvo, el primero de carrera y el único que ha estado con dos gobiernos. También el primero en ser expulsado…

Sí, claro, el primero en ser expulsado, porque nunca antes… Sí, ya se: habíamos quedado en no hablar de política. Volvamos a Washington.

—Haber sido embajador en Washington fue una experiencia fascinante, muy rica,

¿Usted diría que, en general, su vida ha sido fascinante?

—Sí, sin dudarlo. Y no solamente porque he conocido tanta gente y tantos países, tantas culturas y tantos estilos de vida, que no se conocen yendo de turista. También ha sido fascinante porque mi profesión es intensa, y además, porque he trabajado en temas apasionantes como los derechos humanos. No han faltado los ‘impasses’, pero también he intervenido en la solución de conflictos.

¿Cómo cuáles?

—Como la caducidad del contrato con la empresa petrolera Occidental, como el tema de Chevron, o como la salida de la base de Manta, para mencionar tres de mi reciente misión en Washington. Sí, como le dije, ‘impasses’ con los Estados Unidos ha habido siempre. Y nunca faltarán. No se olvide que allá hay grupos que miran con animadversión al Ecuador o a cualquier país que se aparte de los cánones estrictos de su ortodoxia. Y también hay intereses transnacionales que atentan contra la soberanía de los países.

¿A cuáles se refiere?

—Al caso de Chevron, por ejemplo.

Pero, tratándose de un tema que está en las cortes de justicia, ¿el gobierno ecuatoriano no debería ser imparcial, en vez de presionar constantemente a los jueces?

—Lo que pasa es que, en medio de los juicios, la compañía ha lanzado críticas contra el gobierno.

¿En el Departamento de Estado también hay, actualmente, animadversión contra el Ecuador?

—Creo que otra vez estamos entrando en temas políticos…

Tiene razón. Pero lo noto extraordinariamente cauteloso…

—Ya le dije que la prudencia es una virtud indispensable del diplomático. Además, el tema del ‘impasse’ con los Estados Unidos todavía no está superado, y hasta que no se supere lo mejor es evitar cualquier declaración que pudiera afectar más las relaciones entre los dos países.

A propósito de los Estados Unidos: entre Nueva York, Washington, Chicago y Boston, usted, si los cálculos no me fallan, ha vivido unos veinte años en los Estados Unidos…

—Creo que veintidós. Y, lo que son las cosas, terminé siendo declarado ‘persona no grata’.

¿Fue muy doloroso tener que salir de un día para otro, casi en fuga, de un país en que usted vivió tantos años?

—Yo ya venía venir mi expulsión desde que la embajadora Hodges debió salir del Ecuador. Además, como ya le dije, los diplomáticos tenemos que vivir con las maletas siempre listas. Lo que lamenté es no haber tenido el tiempo suficiente para despedirme de tantos amigos y de tantos colegas con quienes tenía, y todavía tengo, por ‘mail’, relaciones cercanas y afectuosas.

Y, embajador Gallegos, ¿ahora qué?

—No lo sé todavía.

¿Pero qué quisiera hacer: otra embajada, un cargo en la cancillería, ir a un organismo internacional, dedicarse a la academia, escribir libros, jubilarse…? ¿Qué?

—Creo que acaba de terminar una etapa en mi vida. Pero eso no me preocupa demasiado: yo he vivido una vida de cambios constantes. Fíjese que, en toda mi vida, en la única casa en que he vivido más de tres años ha sido en la residencia de la embajada en Washington. En la única. Así que los cambios no me asustan. Por ahora estoy encantado en Quito, cobijado por la familia, encontrándome con amigos que no he visto muchos años, viendo a tanta gente querida. ¿Después? No sé.

¿Pero qué le gustaría?

—El servicio al país es lo que me ha guiado toda la vida. Si hay la oportunidad de seguir, eso es lo que me gustaría. Ser embajador ecuatoriano es un privilegio, y creo que, por la experiencia y los contactos que tengo, todavía podría aportar. No se olvide que, además de todos los años que pasé en las Naciones Unidas y toda la gente influyente que conocí, yo he estado en muchas organizaciones multilaterales. Yo tengo amigos en todos los confines. Y, en las relaciones internacionales, los amigos sirven de mucho. Pero no sé qué haré. No descarto nada. Ciertamente a lo que quisiera dedicarme es al tema de los derechos humanos. Y voy a seguir siendo miembro del comité contra la tortura. Y es que estoy convencido de que, con una sola persona que se salve o un trato degradante que se evite, todo el esfuerzo habrá valido la pena.

Recuadro

Una anécdota

En abril de 1986, cuando estalló la planta nuclear de Chernobyl, el diplomático Luis Gallegos estaba acreditado en Sofía, como encargado de negocios del Ecuador ante el gobierno de Bulgaria. No era fácil vivir detrás de la Cortina del Hierro: había muchas limitaciones, era difícil conseguir alimentos y otros productos básicos, los diplomáticos eran seguidos y espiados, todo estaba envuelto en nubes de misterio.

Por la tarde del 26 de abril, los rumores del escape radiactivo en Ucrania se expandieron con rapidez pero sin certezas. El desmentido del gobierno soviético causó más confusión. ¿Qué estaba pasando? Gallegos —según relató a unos pocos amigos hace ya bastantes años— recibió la confirmación de parte de un diplomático estadounidense: sí, hubo una explosión, y una inmensa nube radiactiva está avanzando por media Europa.

Había, por supuesto, que tomar precauciones. La recomendación de los médicos —hecha a media voz, pues oficialmente todo era nada más que “versiones malévolas para tratar de desacreditar la ciencia socialista”— fue saturar con yodo la glándula tiroides, sobre todo en los niños, para evitar que absorbieran la radiación. Pero quedaba un problema: ¿dónde venden yodo?

En las farmacias de Sofía, siempre mal provistas, no había yodo. ¿Tal vez en alguna otra ciudad cercana? No, en Bulgaria nunca era fácil conseguir yodo. Tampoco en otros países socialistas. Entonces, Gallegos armó viaje esa misma noche a Grecia, en auto. En Tesalónica sí había yodo, en cualquier farmacia.

La orden médica era dar a cada niño —y, por las dudas, a todos los adultos— una gota diaria de yodo. Así que, de regreso a Sofía, toda la familia Gallegos tomó su gotita de yodo y —gente buena, al fin y al cabo, y solidaria— compartió la medicina con sus amigos y vecinos búlgaros, que no tenían la libertad de viajar a Grecia. Lo que los Gallegos no sabían es, casi de inmediato, más y más personas (amigos de los vecinos y vecinos de los amigos) llegarían con una súplica común: una gota de yodo para proteger a sus hijos.

Y así, compartiendo con personas que llegaban casi subrepticiamente, pues todo no era “nada más que versiones malévolas de la prensa occidental”, los Gallegos se encontraron, pocas horas más tarde, sin una sola gota de yodo. Así que esa misma noche armaron, otra vez, viaje a Grecia, para comprar más yodo en Tesalónica. Y así, protegido por el yodo griego comprado tras largas y agotadoras travesías nocturnas, Luis Gallegos sobrevivió. Y hoy es, con gran mérito, el embajador del Ecuador en Washington (Anécdota publicada en Mundo Diners N° 287, de abril de 2006).

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