Empecé a escribir crónicas de viaje para esta revista en 1983. Tuve suerte pues eran los últimos años en los que, más allá de Quito, que había cambiado mucho con el boom petrolero, el Ecuador rural y las ciudades de provincia conservaban tradiciones que se reflejaban en la comida, la música, las fiestas, las artesanías y hasta en la manera de vestir y hablar en cada lugar.
Recuerdo que todavía quedaban en pie algunas de esas iglesitas lindas de madera y numerosas casas de arquitectura tradicional, como en San José de Chimbo, y los caminos, polvorientos o enfangados según la época del año, estaban llenos de sorpresas, siempre que uno estuviera dispuesto a transportarse en cualquier medio y dormir en pensiones precarias, alumbradas con candil y música de insectos. Pero en todo lado los lugareños eran amables, confiados, hospitalarios y les gustaba charlar largamente, lo que facilitaba el trabajo.

Quizá porque contaba cada recorrido en lenguaje coloquial, en tiempo presente y primera persona, las crónicas tuvieron mucha acogida y se convirtieron en una parte clave de la revista, junto con la galería de arte y la entrevista de fondo. Decían los lectores que esa manera de contar les daba una sensación de intimidad, de que estaban visitando a mi lado un país ignorado.
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