
En La Loma Grande, la calle García Moreno y en La Tola, los vecinos decidieron convertirse en guías turísticos. Con recorridos culturales, talleres artesanales y propuestas gastronómicas buscan reactivar la economía local mientras mantienen viva la memoria oral del Centro Histórico de Quito.
Durante años el relato del Centro Histórico se sostuvo en sus templos barrocos, en sus conventos centenarios y en sus calles empedradas. Sin embargo, en los últimos años, todo empezó a desplazarse hacia otro lugar. Los protagonistas ya no son monumentos sino las personas.





La Loma Grande, donde Quito aprendió a escribir
El recorrido por el barrio La Loma Grande inicia en el Arco de la Plaza de Santo Domingo. Ahí está Diana Lora, fundadora del colectivo ‘Mi Loma Grande’, una iniciativa vecinal que, desde hace seis años, impulsa rutas culturales para rescatar la memoria oral del sector.
La primera casa que aparece en la ruta es la de Manuela y Eugenio Espejo, pensadores influyentes del periodo colonial. Desde este lugar se sembraron las ideas que más tarde alimentarían el proceso independentista. Aquí también se cocinó la muerte del expresidente García Moreno.
En la intersección con la calle Mideros hay un predio que está abandonado. Ahí vivió el poeta Arturo Borja Pérez (1892–1912), miembro de la Generación Decapitada. Borja tenía veinte años cuando una sobredosis de morfina puso fin a su existencia.
Dos calles más al oriente, en el pasaje Liceo, las fachadas republicanas y neoclásicas evocan la arquitectura europea de principios del siglo XX. Ahí está la vivienda de Jorge Icaza. Los actuales propietarios todavía reciben las planillas de agua y electricidad a nombre del escritor, quien aprovechó la atmósfera de su barrio (la zona de los eventos sociales capitalinos) para describir, en su novela El Chulla Romero y Flores, al típico “chulla quiteño”, un mestizo que –sin éxito- buscaba encajar en la aristocracia.
Al volver a la Rocafuerte está el Colegio Fernández Madrid. El predio educativo es el resultado de una historia de amor de barrio. Cuenta Diana que, en 1800 los hermanos Fernández Madrid se enamoraron de sus vecinas, las hermanas Gangotena Posse. Cuando las parejas se casaron donaron sus terrenos a la comunidad. En esta propiedad ahora funciona la Casa Cuna Gangotena Posse.
El recorrido concluye en el redondel de La Mama Cuchara, donde un centro cultural y un hotel boutique del mismo nombre mantienen la estética colonial del sector. En la terraza del hotel se rinde homenaje a San Antonio de Padua, el santo que da marido.
Cuenta la leyenda que una mujer desesperada por encontrar pareja perdió la fe en el santo y lo arrojó por el balcón. La figura cayó sobre un hombre que caminaba por la calle. Con el paso del tiempo, ambos se casaron.
Más allá de las siete cruces de la García Moreno
Las siete iglesias que se levantan sobre la García Moreno bautizaron a esa vía como la calle de las Siete Cruces. En la esquina con la Rocafuerte está Luis Alarcón manejando un triciclo como los que transitan por las playas ecuatorianas. El hombre de 46 años, que vive cerca del Bulevar de la 24 de Mayo, decidió apostar por una forma distinta de recorrer estas calles.
Mientras estaciona su medio de transporte frente a la Iglesia de La Compañía cuenta que la idea surgió después de observar cómo funcionan los triciclos turísticos en Europa. En los noventa viajó como migrante a España. El clima y la comida hicieron que su estadía no se prolongue.
Hoy ofrece recorridos por el casco colonial para mujeres con niños en brazos, adultos mayores y personas con discapacidad. La iniciativa enfrenta un obstáculo: no existe una ordenanza municipal que regule este tipo de transporte. Mientras gestiona su permiso trabaja con un salvoconducto de noviembre de 2025.
Luis avanza en su triciclo. El espacio que desocupa muestra el ingreso a una casa colonial que antes se ocultaba tras un almacén de telas. Ahí funciona la pizzería del italiano Alessandro Fiore, quien llegó a Ecuador en 2005 como entrenador de fútbol. Se enamoró del Centro Histórico y decidió apostar por las recetas de su abuela, con ingredientes importados y locales.
La ruta nos lleva hasta la Casa Santa Bárbara, donde varios artesanos decidieron defender los oficios que se niegan a desaparecer. Uno de ellos es Díos Leather Shoes, el taller y hogar del zapatero Edmundo López. Durante su infancia los zapatos nuevos eran un lujo porque debía heredar los pares usados por sus hermanos mayores. Hoy cada par se confecciona a medida y el proceso tarda varias semanas.
A pocos pasos se encuentra el taller de Rommel Vargas, creador de Barroquio Joyería, un proyecto que rescata la estética del barroco quiteño y combina técnicas tradicionales con diseños contemporáneos. En su local trabaja su esposa, restauradora y su hermano, diseñador gráfico.
El espacio es un taller abierto. Los visitantes no solo miran las joyas en los mostradores también ven cómo es el proceso. La familia elabora joyas personalizadas. También hacen réplicas de accesorios que se usaron en la época colonial y republicana. El recorrido continúa hacia el norte y desemboca en La Tola.
La Tola, la cuna de los rooftops coloniales
La Tola aprendió a mirar Quito desde arriba. No desde el poder ni desde las torres barrocas, sino desde terrazas abiertas de antiguas casas familiares donde hoy se sirve chicha artesanal, suenan vinilos y los vecinos se transformaron en anfitriones de su propio barrio.
Al subir las gradas del Sereno Moreno el olor a maíz fermentado y fritada invade la casa donde antes funcionó una picantería familiar. Josué Moreno cuenta que todo empezó con el negocio de sus padres y que él y su hermano decidieron mantener viva la herencia transformando el predio de tres pisos en un bar restaurante con paredes que parecen galerías de arte.
Desde su terraza -una de las mejores vistas de la capital- el Centro Histórico parece otro. Las cúpulas sobresalen entre techos de tonos cafés. Josué insiste en que el corazón del lugar sigue siendo el barrio. Los ingredientes llegan del mercado de San Roque y del Mercado Central. “Los vecinos ya saben lo que buscan”, dice.
Aquí la especialidad es la chicha, bebida ancestral que los hermanos Moreno perfeccionaron. Hay cuatro tipos. Los fines de semana, la música en vivo y DJ prenden la fiesta que acaba antes de las 24:00.
Josué, al igual que Juan Andrés Proaño, vecino y dueño de Social Spirits, otro rooftop familiar, cierran en ese horario por consideración hacia sus vecinos. “Nosotros no tenemos un negocio en el barrio. Vivimos aquí. Nos conocemos y llegamos a acuerdos”, dice Juan Andrés. El joven ingeniero dejó la industria alimentaria y volvió a la casa de sus padres para construir un proyecto de cocina consciente.
Desde la terraza de Social Spirits, Quito también parece otro. Más íntimo. Más cercano. Aquí sirven reinterpretaciones de platos tradicionales con productos orgánicos del Chocó Andino y técnicas contemporáneas.
Las antiguas casas patrimoniales dejaron de ser únicamente espacios contemplativos. Ahora respiran música, cerveza artesanal, conversaciones largas y vecinos que todavía conocen los nombres de quienes viven a su alrededor.

