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Mundo Diners al día

Llegaron los solsticios de verano y este es nuestro breve atlas

por José Luis Barrera

Solsticios de verano en el mundo.
Los solsticios de verano aún en tiempos actuales convocan a gente de distintas partes del planeta con rituales que, probablemente, son el recuerdo de tradiciones ancestrales.
TIEMPO DE LECTURA 6 MINUTOS

Desde la antigüedad, los humanos aprendieron a leer el firmamento, encontrando en los solsticios una guía para actividades importantes como la cosecha o el cultivo. Esto derivó en una serie de celebraciones que sobreviven en varias partes del planeta, más allá del paso de los siglos. Este es un viaje por algunas de ellas.

Mucho antes de los calendarios electrónicos y los expertos ambientales, los pueblos de la antigüedad debían buscar en los astros una guía para realizar las actividades de las que dependía su supervivencia. Descubrieron así que dos veces al año el sol parece detenerse en un punto del firmamento antes de invertir su camino. Aquellos fenómenos, los solsticios, son el arranque tanto del verano como del invierno.

Ambos ocurren entre el 20 y 22 de junio y el 20 y 23 de diciembre -en 2026, será el 21 en ambos casos- y corresponden al día más largo y al más corto de cada año. Cuando los humanos empezaron a formar sociedades agrícolas, los solsticios servían, entre otras cosas, para reconocer las temporadas más adecuadas para la siembra y la cosecha.

Con el afán de predecirlos y entenderlos, los humanos empezamos a construir templos y observatorios, al tiempo que celebrábamos fiestas en su honor. Era una forma de propiciar sus favores. Y aunque los siglos han pasado y la ciencia ya es capaz de explicar ese fenómeno natural, la fascinación persiste: gente en varias partes del mundo aún está pendiente del viaje del sol y del instante en que este decide paralizarse en medio del firmamento.

Los solsticios andinos

El Inti Raymi de 2025 en Cusco.

En junio, muchos pueblos de los Andes celebran el Inti Raymi, la gran fiesta dedicada al sol.

Aunque la celebración suele relacionarse con los incas, los arqueólogos y antropólogos sostienen que aquellas ceremonias son anteriores a dicha civilización y tenían que ver con el mundo agrícola y los ciclos de renovación natural.

Las crónicas coloniales describen fiestas multitudinarias en Cusco, adonde llegaban delegaciones desde territorios lejanos para rendir homenaje a Inti, el sol. Había danzas, ofrendas, música y ceremonias dirigidas por sacerdotes. El objetivo era agradecer la fertilidad de la tierra y asegurar el equilibrio entre los humanos y el cosmos.

En el actual Ecuador, especialmente entre comunidades quichuas de Imbabura, Pichincha, Cotopaxi y Chimborazo, la tradición continúa. En el Inti Raymi se hacen baños en cascadas y vertientes, se organizan danzas comunitarias y se recorren plazas y caminos al ritmo de los rondadores.

El fuego, el agua y las flores

Fiesta de Iván Kupala o los solsticios en Ucrania.
Hogueras y coronas de flores en la fiesta de Iván Kupala en Ucrania. Foto: Getty Images.

En Ucrania, una joven lanza una corona de flores al río Dniéper y la mira con atención: si se hunde, estará condenada a la soltería, pero si avanza en línea recta, conseguirá un matrimonio largo y feliz. No muy lejos, un muchacho planea atrapar aquel objeto para enamorar a su creadora. Más tarde, ambos saltarán una hoguera como vestigio de un ritual de purificación antiguo.

La escena corresponde a la fiesta de Iván Kupala que se celebra en Polonia, Ucrania, Bielorrusia, Moldavia, Rumania y algunas partes de Rusia. Según el antropólogo clásico James Frazer, originalmente fue un rito de fertilidad del solsticio de verano en Europa Oriental. Sin embargo, el cristianismo ortodoxo absorbió la tradición eslava y la fusionó con sus propias conmemoraciones.

Mientras ‘Kupala’ es un término que aún genera debate entre los especialistas, ‘Iván’ es el equivalente eslavo de ‘Juan’. Por eso la Iglesia ortodoxa relacionó la fiesta antigua con la de Juan Bautista, cuyo nacimiento se conmemora el 24 de junio. Pero el uso de los calendarios gregoriano y juliano en las distintas regiones donde se celebra la festividad ha provocado una variación actual en sus fechas, de modo que hay países que la realizan en la época tradicional y otros, en julio.

Existe también una diversidad en las tradiciones, pues si en Ucrania estas giran en torno a la fertilidad, el agua y el fuego, en Bielorrusia el eje es la búsqueda de la legendaria flor del helecho. Dicha planta no florece pero, según la tradición, la regla se rompe solo durante la noche de Iván Kupala y aquel que sea capaz de encontrar la planta maravillosa obtendrá fortuna y sabiduría.

En Rusia, las celebraciones incorporaban baños, danzas comunitarias y prácticas adivinatorias. Aunque, en la época de la Unión Soviética, el Estado desalentó las prácticas, luego de su caída, reaparecieron con fuerza en algunas zonas rurales.

Y es que la fiesta ha sobrevivido a todo: la cristianización, los ascensos y caídas de los imperios, las revoluciones y las fronteras cambiantes de Europa Oriental. Incluso la guerra en Ucrania no frena a los jóvenes de aquel país, quienes salen durante la fiesta de Iván Kupala en busca de un amor iluminado por el sol del verano.

Pintura de 1880 sobre los solsticios en Europa Oriental.
'Noche de la víspera de Iván Kupala' (1880) por el artista Henryk Siemiradzki.

Sol y sombra

En Occidente, los solsticios de verano equivalen al triunfo de la luz sobre la oscuridad. En la antigua China no era así. Los sabios de entonces creían que dicho fenómeno era el regreso del sol a su matriz: la sombra.

La celebración allí recibe el nombre de ‘Xiazhi’, que también es el décimo de los veinticuatro términos solares, es decir, los periodos climáticos del calendario tradicional chino. El origen de este parece remontarse a la dinastía Zhou, más de mil años antes de nuestra era. Entonces, astrónomos y funcionarios públicos observaban cuidadosamente los movimientos del sol para regular la agricultura, los rituales y hasta el orden político.

Durante la antigüedad, Xiazhi estaba asociado con la energía luminosa y se hacían ceremonias de agradecimiento a la tierra, pues el solsticio de verano coincide con los tiempos de cosecha del trigo.

Sin embargo, no había contraposición con lo que ocurría en invierno, ya que luz y oscuridad se consideraban partes de un todo indivisible. Y es que, según las antiguas crónicas imperiales, durante este periodo del año, los ciervos comenzaban a desprenderse de sus astas para renovarlas en la estación siguiente y las plantas medicinales alcanzaban su plenitud antes de extinguirse. Al mismo tiempo, en las ciudades, la gente hacía ritos para propiciar un año bueno, productivo y libre de desastres naturales.

Con el paso de los siglos, Xiazhi perdió parte de la importancia ceremonial. Pero sobrevive en costumbres regionales, especialmente relacionadas con la gastronomía: en varias partes de China, se comen en esta época fideos muy largos como símbolo de la continuidad de la vida y de una buena cosecha de trigo.

Cinco milenios de solsticios

Solsticios en Stonehenge.
Stonehenge al atardecer.

Cada solsticio de verano, centenares de individuos de distintas partes del planeta llegan al sur de Inglaterra para visitar un monumento hecho con rocas gigantes. Se llama Stonehenge y no se sabe con certeza quiénes lo construyeron, aunque sí se conoce que las piedras llegaron en varias etapas entre los años 3000 y 1500 antes de Cristo y algunas desde Gales y Escocia.

Hoy, la mayoría del año el lugar está acordonado, de manera que la gente puede visitarlo, pero no aproximarse demasiado. Es una medida de conservación del English Heritage, organismo a cargo de la protección de Stonehenge. Sin embargo, durante el solsticio las restricciones caen y los visitantes pueden entrar al círculo interno, tocar las rocas y todo sin pagar ni siquiera una libra esterlina.

La tarde de junio previa al solsticio arrancan las ceremonias y se prolongan durante toda la noche hasta el amanecer del día siguiente, momento en el que, según explica el English Heritage, el sol aparece detrás de una piedra, ‘Heel Stone’, situada al noreste del monumento; luego, los rayos de luz avanzan cortando el monumento hasta llegar a su centro y, de inmediato, emprenden la retirada.

El evento dura apenas unos instantes, pero druidas ultramodernos, fotógrafos, fieles de alguna religión neopagana y curiosos pasan allí toda la noche a la espera de esos segundos. Mientras aguardan, tocan tambores y panderetas, al tiempo que algunas personas meditan y otras bailan. No hay una ceremonia formal, sino un cruce entre un festival de música y un rito místico.

Solsticios de verano en Stonehenge, año 2018.
Celebración del solsticio de verano en Stonehenge en 2018. Foto: Getty Images.

De hecho, Judith Evans, colaboradora del Financial Times, explica que en los últimos años los adeptos a la música electrónica se han unido a los druidas para organizar fiestas, ‘raves’, al tiempo que aguardan al sol.

Esos peregrinos contemporáneos no se parecen mucho a los del tercer milenio antes de Cristo, quienes llegaban de distintas zonas de Britania para enterrar a sus muertos o hacer sacrificios. Así lo sugieren investigaciones arqueológicas como la de Mike Parker Pearson, que ven en Stonehenge un lugar de conexión espiritual entre diversos grupos del periodo Neolítico y no solo un observatorio astronómico.

Aquel investigador cree que el solsticio de invierno era más importante para esos pueblos, ya que anunciaba el regreso paulatino de la luz después de meses con noches prologadas. Aun así, el English Heritage mantiene el verano como fiesta principal de Stonehenge, a sabiendas de que pocos druidas modernos estarían dispuestos a pasar allí una noche entera en medio del gélido diciembre inglés.

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