
El mundo está lleno de estatuas y edificios antiguos, cuya grandeza se ha replicado más de una vez y en diversos tiempos y lugares. Hoy le llevamos a conocer tres sitios dentro de Ecuador que contienen 'clones' de un monumento famoso.
El 18 de abril es el Día de los Monumentos y Sitios, una conmemoración aprobado por la UNESCO en 1983. Por supuesto esto hace referencia a objetos originales, sus imitaciones no tienen conmemoración alguna y, en el mejor de los casos, terminan como una simple curiosidad. Pero ¿qué hay detrás de ellas? ¿Son intentos pretenciosos para cobijarse con la fama ajena?
Pensadores como Jean Baudrillard creían que no. La simulación, decía él, produce una nueva realidad, es decir que la copia adapta una experiencia a otra época o país. Con esa idea en mente, en Mundo Diners le invitamos a recorrer parte del Ecuador en busca de esas réplicas famosas.
De paseo por un 'París Chiquito'

Desde los tiempos del auge cacaotero -a finales de siglo XIX-, Vinces era conocido como ‘París Chiquito’, pues hacendados de la región viajaban a menudo a Francia, seducidos por su cultura y con el empeño de importarla a la Costa ecuatoriana.
Las cosechas de aquel fruto se perdieron por las plagas en la década de 1920 y los millonarios se esfumaron. Sin embargo, el sobrenombre de la ciudad perduró. Y, ahora, un siglo después, los marineros que remontan el río Vinces se encuentran con una Torre Eiffel en la ribera oriental, a manera de recuerdo de un tiempo más alegre.
Ambas estructuras no son idénticas: la versión ecuatoriana tiene poco más de ocho metros de altura, mientras que la parisina mide casi cuatrocientos. Además, esta se inauguró en la Exposición Universal de 1889 y es dorada; la otra data de 2007 y su color es plateado.
La Torre de Vinces fue un aporte ciudadano cuyo objetivo era recuperar el Paseo de París, en la zona del malecón. Pero sobre todo fue una estrategia para rescatar la memoria histórica. Al fin y al cabo, si la construcción francesa era una demostración del potencial de su industria y el avance de su ingeniería; la que está en Los Ríos es la materialización de un sueño de viejos cacaoteros.
Las siete maravillas en un parque de Loja







Al entrar al Parque Recreacional Jipiro en Loja, el visitante atraviesa varios continentes. A la izquierda, ve una pagoda oriental emergiendo de un estanque; adelante, se le aparecen cúpulas coloridas que recuerdan a Moscú y, más allá, una pirámide maya oculta tras los árboles propios de la provincia. No hay fronteras ni pasaportes. Solo senderos y un estanque con lanchas y cisnes. Allí, el principio y el fin del mundo están tan cerca que se puede saltar entre uno y otro.
El parque, creado en 1988, ocupa alrededor de 10 hectáreas, una donación de la viuda del político lojano Daniel Álvarez Burneo. El Municipio pensó en Jipiro como un medio para educar a través del juego. Los niños pueden trepar a los edificios, tomarse fotos o deslizarse por sus paredes, al tiempo que pequeños carteles les explican cuál es el modelo original y en qué parte del planeta se ubica.
Allí, existen tres tipos de estructuras: las réplicas directas como el Big Ben londinense, la Catedral de San Basilio de Moscú, la Puerta del Sol de Madrid y las pirámides mayas. Luego, están las imitaciones de estilos arquitectónicos, por ejemplo, mezquitas árabes, pagodas orientales o templos del Indostán. Y, finalmente, hay construcciones híbridas que resultan de una mezcla entre la imaginación y la realidad.
El Parque Recreacional Jipiro es un puente entre Loja y el resto del mundo. Sus réplicas e imitaciones permiten viajar por otros continentes sin tener que despegar los pies de la provincia. Por eso, con frecuencia, está repleto de escolares que, en libros y cuadernos, marcan el lugar del planeta donde podrán ver, algún día, uno de esos monumentos en tamaño real.
Un monumento florentino en Guayaquil

En la noche, las luces iluminan el Malecón 2000 en Guayaquil y un jabalí observa a los paseantes sentado sobre sus muslos. Es de bronce y su hocico luce limpio, brillante. Algunas personas se acercan a tocar esa parte de su anatomía. Esa acción garantiza la buena suerte y un pronto regreso a Guayaquil.
La estatua es quizás uno de los habitantes más antiguos de ese malecón. Llegó desde el taller del artista Beneducce Marín en 1930, después de que el cabildo solicitara a las comunidades extranjeras donaciones para embellecer la ciudad. Los chinos entregaron aquella criatura, réplica exacta de otra que, con el nombre de Il Porcellino, adorna Florencia desde 1633. La italiana también tiene el morro libre de óxido porque ofrece buena fortuna.

El autor de la versión florentina fue el artista barroco Pietro Tacca, quien la copió de una figura hecha en mármol durante el periodo helenístico. Así que la ecuatoriana es una imitación de otra imitación. Y no es la única: hay más en Nueva York, Sidney, Greenville y Madrid. En casi todos los casos, la criatura se llevó consigo la costumbre de tocar su hocico, como si la buena suerte pudiera clonarse.
Y es que todas estas réplicas señalan lo mismo: el mundo es demasiado vasto para experimentarlo de forma directa. Por eso se lo repite, se lo reduce y se lo traduce. Umberto Eco escribió que una copia es más accesible que el monumento original porque habla en el idioma de la gente que lo creó. Estas obras tal vez no son un intento de reproducir algo de una región ajena y sí un modo de habitar la propia.
Bonus track: el arte de copiarse a uno mismo
En Quito existen un par de monumentos que no son imitación de una obra extranjera, sino versiones a escala de una pieza de arte o construcción local: la Virgen del Panecillo y la Capilla Colonial en la Ciudad Mitad del Mundo.

La primera es una escultura amplificada de la Virgen de Quito hecha por Bernardo de Legarda en 1734. Esta última mide alrededor de treinta centímetros y se talló en madera de cedro, mientras que su copia alcanza los treinta metros y es de puro aluminio. Aunque fue diseñada al final de los años sesenta por el escultor español Agustín de la Herrán Matorras había estado en planes desde las primeras décadas del siglo cuando el padre Julio María Matovelle, en calidad de legislador, la propuso como símbolo de la fe católica en el Ecuador.

La Capilla Colonial en la Ciudad Mitad del Mundo, en cambio, se terminó en los años ochenta. No replica una construcción en concreto, pero tiene rasgos de la Iglesia de San Francisco. El objetivo de la Prefectura de Pichincha al instalarla dentro del sitio turístico era mostrar el sincretismo cultural entre lo europeo y lo indígena.

