Desde Inglaterra hasta la Patagonia, desde Hawái hasta China, una red secreta de laberintos preserva el placer primitivo de no saber hacia dónde vamos. En la era de la navegación satelital, estos espacios del desconcierto funcionan como los últimos refugios analógicos en los que recuperamos sensaciones ancestrales.
Existe algo profundamente humano en el deseo de caminar hacia la confusión. En una época en la que cada calle tiene nombre y cada esquina aparece en mapas digitales, los laberintos representan la última frontera del extravío voluntario: espacios diseñados específicamente para que no sepamos hacia dónde vamos. Son jardines del desconcierto donde el camino más largo hacia ninguna parte se convierte en el destino más deseado.
La historia comenzó con Dédalo y su laberinto para el Minotauro en Creta, pero la fascinación humana por estos espacios ha trascendido culturas y milenios. Jorge Luis Borges transformó el laberinto en obsesión literaria y metáfora universal de la condición humana, mientras millones de personas los resuelven diariamente en periódicos como pequeños acertijos existenciales.
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