La escritora Gabriela Alemán viajó a Marruecos por una necesidad literaria relacionada con el escritor y viajero estadounidense Paul Bowles. De ese viaje nace un relato que nos comparte.
Salí a buscar el Café Hafa a las siete de la noche cuando el sol, por fin, ya no se sentía como un puño contra la mejilla; había trazado el camino más corto sobre un mapa en el hotel antes de salir, pero una vez en la calle un desvío me llevó a la Necrópolis Púnica-Romana de Tánger. Regados sobre un acantilado que se precipitaba hacia el mar Mediterráneo había una docena de rectángulos poco profundos que parecían esculpidos sobre la piedra de un promontorio. Solo que nadie los esculpió. Los fenicios llegaron a Marruecos en el año 500 a. C. y los romanos lo hicieron trescientos años después. Cuando se cavaron las tumbas la piedra sobre la que estaba parada apenas era tierra y ninguno de los niños que correteaban, ni las familias regadas por los alrededores, ni la mujer sentada mirando con nostalgia hacia el estrecho de Gibraltar, eran el germen de un sueño.

¿Qué hacía yo ahí?
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