Ahora no hay continente que no esté en un mapa y los exploradores de otro tiempo no son más que un recuerdo. Entonces, ¿qué nos queda? Viajar hacia lo cotidiano y reinterpretarlo hasta que se transforme en la tierra prometida, una cuya esencia es el cuento o, en definitiva, la literatura.
Tierras prometidas hubo muchas: la de Moisés y Abraham, la Ítaca de Ulises o hasta la Indias para Colón. Sin embargo, el siglo XXI, con su tecnología y sus mapas cibernéticos, parece haber aniquilado la incertidumbre que provocaba lo ignoto. Así que solo queda inventarlo.
Hoy la tierra prometida no está hecha a la medida de los aventureros de antaño, sino del turista moderno, quien, harto del tedio cotidiano, debe buscar la novedad en lo común. Así es la literatura de los tiempos actuales, esa que no se plasma necesariamente en el papel, sino en la geografía. Al final, los humanos creemos haber colonizado la Tierra, pero es ella la que nos coloniza con sus leyendas.
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