Los pezones de Paulina
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Los pezones de Paulina

Por María Fernanda Ampuero

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Me parece que fue García Márquez quien dijo que no hay nada más hermoso en la creación que una mujer hermosa. Yo suelo estar casi de acuerdo con esa frase. Digo casi porque ver a un hombre hermoso leyendo hace que reverbere en mí aquella locura estética de la que hablaron los griegos.

Pero al ver a Paulina desnuda, tuve que estar de acuerdo con García Márquez.

Paulina Obrist fue portada de diciembre de la revista SoHo y sus fotos, del maravilloso Juan Reyes, me provocaron eso que se llama síndrome de Stendhal, la enfermedad buena que produce el goce estético.

Esto es lo que cuenta que sintió el escritor francés en su libro Nápoles y Florencia, un viaje de Milán a Reggio: “Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”.

Fue lo que experimentamos todos los que vimos a Paulina en SoHo.

Miento. No todos.

Los que compartimos la portada en Facebook tuvimos que aguantar primero la censura de la gente que se piensa de bien y es de mal, y luego la de la propia red social que simplemente la sacó de nuestros muros “privados” porque era, así dijeron, contenido inapropiado.

Si la ira fuera morada, ahorita yo sería una uva.

Verán, una mujer que seguro está convencida de que es la crème de la crème, o sea una señora, carajo, no esa chica suelta de cascos que posa en tetas, le dijo a un amigo que por qué ponía esas cosas —“esas cosas”, o sea la portada de SoHo— en su Facebook si sus nietos podían verlo.

Horror. Pezones. Escándalo.

Digo yo, que soy maliciosa, que lo primero que habrán visto los nietos de esa señora serían unos pezones, unas tetas, ¿o no?

Entonces, ¿qué es lo que repugna y atemoriza del cuerpo de una mujer que, libremente y desde el poder, decide posar sin ropa? ¿Señora: en verdad los preciosos pezones de Paulina son una amenaza?

Cómo me gustaría que esa misma reacción, tan visceral, surgiera frente a las imágenes de obscena —sí, ahí sí obscena— desigualdad, de trabajo infantil, de violencia contra las mujeres, de niños trabajando. Eso, señora mía, debería aterrorizarle que vieran sus nietos.

Mientras más vieja estoy, menos entiendo una hipócrita sociedad que se escandaliza con el posado de una mujer bella, pero no con que haya gente que tenga el 90 por ciento de la riqueza mientras el diez por ciento hace malabares para vivir.

Esa energía para censurar a Paulina, a nosotras, las que somos como ella, sería valiosísima para exigirles a los Gobiernos el cambio, para redistribuir la riqueza empezando por nuestras casas, para repensar el trato que le damos a quien trabaja con nosotros, para no escandalizar a nuestros hijos y nietos con nuestra complicidad ante la maldita violencia de la desigualdad social.

Para ser, no sé si me explico, una buena persona y no una persona de mierda.

Yo prefiero que este país esté tapizado de pezones, de todos los colores, formas y tamaños, libres pezones en libres tetas de cualquier forma y condición: pezones costeños, serranos, amazónicos e insulares. Pezones jóvenes y viejos, míos, que yo me ofrezco, y mi mamá también.

Prefiero ver en pelotas a todas las mujeres de este país y a las emigrantes y a usted también, señora, a que sigamos viendo gente que lucha por conseguir un maldito dólar al día para dar de comer a sus hijos, y que esto pase año tras año, sin que nosotras digamos ni una sola palabra, sin que eso sea lo que de verdad nos horrorice.

Y, ¿sabe qué?, sáquese el sostén, señora, va a ver qué delicioso se siente.

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