
Las imágenes del archivo histórico de la Filmoteca Española tienen ese temblor característico de las cintas en blanco y negro. También esa velocidad imprecisa que hace que el ojo se confunda y vea —o crea ver— pequeños muñecos de cuerda, que se mueven en cámara rápida, como las películas del cine mudo.
En realidad, es todo mucho más serio. Más triste. Son las escenas silentes del cortejo fúnebre del torero sevillano José Gómez Ortega, Joselito, en mayo de 1920. Por las calles atestadas de un Madrid que se adivina sombrío, avanzan los protagonistas del traslado del matador que, para los aficionados a la tauromaquia, representa uno de sus íconos más importantes.
En la cinta se pueden ver hombres que caminan portando enormes coronas de flores; un séquito de sacerdotes que elevan cruces; grupos de dolientes con traje negro que anteceden el paso del féretro, y una multitud de hombres —solo hombres— con sombreros de época, apostados a los dos lados de la calle, para despedir a su ídolo.
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