Los Juegos Olímpicos: drama, tragedia, política
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Los Juegos Olímpicos: drama, tragedia, política

Los juegos olimpicos

Por Omar Ospina García

El comienzo fue en Grecia

La primera tragedia Olímpica no fue olímpica pero sí tragedia, aunque adornada por la leyenda. Y produjo una importante competencia… dos mil setecientos años después.

Establecidos en Grecia en el año 776 a. C., se llamaron Juegos Olímpicos porque se llevaban a cabo en honor de los dioses olímpicos, sobre todo Zeus y Afrodita, Júpiter y Venus en la mitología romana. La leyenda agrega que fueron organizados por primera vez por Heracles (Hércules) en honor de su padre Zeus, después de haber culminado con éxito los Doce Trabajos a los que fue condenado por haber dado muerte a sus propios hijos y a sus sobrinos, impulsado por un ataque de locura instigado por Hera (Juno), celosa de las veleidades de su esposo Zeus.

En principio tuvieron gran importancia religiosa. Hasta el punto que, durante su ejercicio, se pactaba una tregua en el caso de que, cosa común en la época, los Estados helénicos estuvieran en guerra.

No debieron ocurrir tragedias deportivas durante las 293 ediciones que se realizaron de los Juegos desde su fundación hasta su final en el siglo 393 d.C., cuando el emperador Teodosio los prohibiera por considerarlos paganos y adversos a las enseñanzas del cristianismo. Las competencias en esa primera época no parecen haber sido muy peligrosas ni esforzadas, y se resumían en el Pentatlón, que incluía lanzamiento del disco, lanzamiento de jabalina, lucha, carrera de un estadio (casi 200 metros) y salto largo. Pero ya se gestaba la primera tragedia, como producto de una de las guerras de la época, aunque aquella vez no fue entre Estados helénicos sino de toda Grecia contra el Imperio persa. Vale la pena el recuento porque desmitifica la leyenda y pone el asunto en términos históricos más realistas.

Primera tragedia, pero extra olímpica

Era el año 490 a.C., y la Atenas de Milcíades el Joven guerreaba contra los Medos, o sea la Persia de Darío I, en la primera de las llamadas Guerras Médicas. La batalla decisiva ocurriría en la llanura de Maratón, relativamente cerca de Atenas. Los persas habían prometido que, tras vencer a los griegos, cosa segura, habida cuenta de la enorme superioridad de su ejército, saquearían Atenas, asesinarían a los niños y violarían a las mujeres. Los griegos se prepararon para la batalla, pero dejaron en Atenas la consigna de que, si no sabían de su victoria sobre Persia al caer el sol el día siguiente, las atenienses matarían a sus hijos y se suicidarían para frustrar la amenaza persa.

Los griegos derrotaron a los persas pero tardaron un poco y ya caía el sol. Así que Milcíades, el general ateniense, ordenó a un joven soldado, Filípides, que llevara la noticia a Atenas antes del anochecer para evitar la tragedia. Filípides corrió como nunca, dio la noticia (“Alegráos, hemos vencido”) y cayó muerto por el esfuerzo. Para un joven guerrero griego, de no más de 20 años, una distancia de menos de 40 kilómetros no debió ser tan dura. Pero la imaginación puede modificar la realidad, de modo que la supuesta proeza entró en la leyenda.

Quinientos años después, hacia el año 100 de la Era Moderna, el historiador Plutarco, en un ensayo titulado A la gloria de Atenas, describe la carrera de Maratón a Atenas, pero se la atribuye a un tal Thjersippus o Eukles, no a Filípides, que se convierte en el protagonista por cuenta de otro historiador, Luciano, cien años después de Plutarco. Como para desconfiar de los historiadores.

Pero la historia había sido escrita antes, por Herodoto, casi contemporáneo de los hechos y quien, 40 años después de la famosa batalla y de la no menos famosa carrera, escribió que el joven Filípides sí fue encargado por Milcíades para que corriera, pero no a dar parte de la victoria en Atenas sino de Maratón a Esparta en busca de ayuda para enfrentar a los persas. La distancia era de unos 240 kilómetros, Filípides la corrió en dos días y, efectivamente, murió a causa del esfuerzo, pero logró su objetivo. Con la ayuda de Esparta, los duros de la época, Grecia venció a los persas y se salvaron las atenienses y sus hijos.

Después el tiempo mezcló las dos versiones, la primigenia y posiblemente más real de Herodoto, y las dos imaginadas 500 años después por Plutarco y Luciano, pero de la mezcla nació la leyenda que dio origen a la famosa carrera, casi tres mil años más tarde. Y que daría lugar a otras curiosidades olímpicas, aunque no emparentadas con la tragedia sino con los caprichos de la realeza.

La maratón, como prueba olímpica rememorativa de la vieja tragedia modificada por la historia, se corrió como tal en los primeros Juegos Olímpicos de la Era Moderna, ideados y organizados por el barón Pierre de Coubertain, en 1896, en Atenas. La distancia se estableció en la aproximada entre la llanura de Maratón y la capital griega, Atenas, variable entre 39 y 40 kilómetros, según el escenario. Y así se mantuvo hasta los Juegos Olímpicos de Londres en 1908. Cuando de nuevo aparece la leyenda para fijar la distancia por un capricho real, y agregar interés y precisión.

La reina Alejandra de Inglaterra, esposa de Eduardo VII, quería que sus hijos vieran el inicio de la prueba desde los balcones del palacio de Windsor. De modo que los organizadores tuvieron que modificar el recorrido inicial y agregar un rodeo de 2 195 metros para llegar al estadio de White City, final de la prueba. Todo para que los pequeños herederos al trono inglés tuvieran el gusto de ver la partida. Así que la distancia quedó en 42 195 metros, y así se mantiene hasta la fecha.

Quizá lo que hace a la Maratón una prueba exigente sea el terrible sol del verano europeo o norteamericano, donde se han llevado a cabo casi todos los Juegos Olímpicos. Lo que se evidenció en los de Estocolmo en 1912, cuando el portugués Francisco Lázaro no resistió el ardiente sol escandinavo y murió en plena carrera.

Un año trágico… por la política

El de 1968 fue un año movido en la política como es fama universal. Pasó a la historia de las utopías por el Mayo francés, y a la del crimen político por los asesinatos de Martin Luther King en Memphis y Robert Kennedy en Los Ángeles, por la represión comunista de la Primavera de Praga en agosto, y por la represión democrática en México, justamente el escenario de los Juegos Olímpicos de ese año. Fue diez días antes de la inauguración de los Juegos el 12 de octubre, cuando el Gobierno mexicano de Gustavo Díaz Ordaz ordenó reprimir con armas y tanques a los estudiantes reunidos en un acto de protesta en la plaza de las Tres Culturas, con un saldo de muertos que se ha prestado, también, para la leyenda, dependiendo del origen de la versión. Para el Gobierno mexicano de entonces, fueron 20 los muertos; para la escritora Elena Poniatowska en su libro La noche de Tlatelolco, fueron no menos de 65 los cadáveres encontrados “en un solo lugar” por una madre que buscaba a su hijo. El ensayista y político Jorge Castañeda dice que fueron 68 estudiantes y un soldado. Pero la BBC de Londres, en un informe periodístico de 2005, que recogió sus investigaciones de 1968, llegó a la conclusión de que no fueron menos de 200 a 300 los muertos de ese día, y que los “cadáveres fueron retirados de la plaza en camiones de basura”.

De todos modos, diez días después, el 12 de octubre, fueron inaugurados los Juegos Olímpicos, en los que por cierto y a pesar de las funestas predicciones por la altura de la ciudad de México, no ocurrieron tragedias deportivas, aunque sí fue ocasión para el primer gesto del Black Power por parte de los atletas negros estadounidenses, los grandes vencedores en las pruebas atléticas del evento deportivo. Cabe anotar que, si bien esos Juegos no dieron motivo a obras literarias, artísticas o cinematográficas, la Masacre de Tlatelolco, como se la llama, sí fue ocasión para numerosos filmes, ensayos, novelas, libros de historia y canciones recordatorias, y hasta para la declaración de ese día como de Duelo Nacional, por parte del Congreso, con una placa en la Cámara de Diputados en memoria de “Los Mártires de la Democracia”.

Cuatro años, y de nuevo la tragedia

Como para corroborar que el espíritu primigenio que los griegos habían dado a los Juegos Olímpicos, “una tregua para la Paz en medio de la Guerra”, no tiene mucho recibo en los tiempos modernos, cuatro años después de la Masacre de Tlatelolco fue Múnich el escenario de una nueva tragedia, esta vez en las instalaciones deportivas y con víctimas entre los atletas olímpicos allí congregados: un grupo terrorista palestino, denominado Setiembre Negro, secuestró en sus habitaciones de la Villa Olímpica a 11 atletas israelíes, exigiendo para su entrega la liberación de dos centenares de presos palestinos en diversas cárceles de Occidente.

Las negociaciones con la Policía de Alemania no dieron frutos, y los secuestradores cambiaron sus exigencias a un avión lleno de combustible que condujera a secuestradores y secuestrados a un país árabe cualquiera. Dos helicópteros militares los condujeron a la base de Fürstenfeldbruck, donde supuestamente los esperaba el avión exigido. Sin embargo, allí la Policía alemana, poco preparada en esos momentos para tales situaciones, irrumpió en la base en un intento de liberar a los atletas. Los terroristas hicieron estallar uno de los helicópteros y abrieron fuego contra los rehenes. Nueve atletas israelíes perdieron la vida, así como cinco de los secuestradores. Otros tres fueron encarcelados y condenados hasta cuando otro comando palestino se apoderó de un avión de Lufthansa y obtuvo su liberación a cambio de los pasajeros secuestrados.

Como en México cuatro años antes, tampoco esta vez el Comité Olímpico Internacional consideró que los hechos ameritaban una acción de rechazo más directo ya sea al terrorismo o a la represión oficial, y los Juegos se llevaron a cabo sin más “distracciones”. Y sin más hechos que lamentar. El presidente del Comité, el antiguo atleta estadounidense Avery Brundage, lo dejó claro: “Los Juegos deben continuar”. A pesar de tan deportiva sentencia, el resto del equipo atlético israelí abandonó los Juegos, seguido de los atletas egipcios temerosos de represalias, de las delegaciones de Argelia y Filipinas, y de algunos deportistas de origen judío de Holanda y Noruega.

Tragedias en la nieve

Si bien los Juegos Olímpicos más publicitados son los de Verano por incluir mayor cantidad de pruebas proclives a récords y hazañas, también desde 1924 se llevan a cabo los Juegos Olímpicos de Invierno, fundamentalmente con pruebas sobre hielo y nieve: esquí, hockey, patinaje y saltos. Como es obvio, tales juegos se realizan solamente en países donde el invierno trae consigo nieve en abundancia, aunque durante los celebrados en Innsbruck, en el Tirol austríaco, en 1964, se tuvo que acudir al Ejército para que trajera nieve en camiones, debido al fuerte verano de ese año.

Hasta 1992, los Juegos de Invierno se realizaban el mismo año de los Juegos de Verano, pero las dificultades en la organización de dos eventos tan masivos hicieron que, a partir de 1994, con los de Noruega en Lillehammer en febrero, se realizaran en años distintos mediando entre dos juegos de Verano.

Y fue en esta edición cuando el drama, que no la tragedia, hizo su aparición pero no por cuenta de la política o del deporte sino de la envidia: las patinadoras de Estados Unidos Nancy Kerrigan y Tonya Harding eran archirrivales y competirían por la medalla de oro en patinaje artístico, concitando por su rivalidad el interés del mundo y de la prensa deportiva. Pero un mes antes, el exmarido de Tonya Harding había agredido a la rival de su exesposa en un intento por impedir que compitiera, lesionándole una rodilla. La agredida Kerrigan logró reponerse a tiempo y pudo competir. Pero ninguna de las dos obtuvo la medalla de oro, que fue para la patinadora ucraniana Oksana Baiul.

Otros sucesos, individuales han enlutado tanto los juegos de invierno como los de verano. En 1964, en los Juegos de Invierno en Innsbruck, el esquiador australiano Ross Milne murió en un entrenamiento al salirse de la pista y chocar contra un pino. Y el británico, aunque nacido en Polonia, Kasimiers Kay-Shrzypeski, murió entrenando en el tobogán de alta velocidad de Igls.

En los juegos de 1992 en Albertville, Francia, el esquiador suizo Nicolas Bochatay entrenaba para las pruebas y no logró controlar la velocidad, se salió de la pista y se estrelló contra una máquina recogedora de nieve. Lo trágico del suceso es que el atleta se preparaba a competir en una prueba que no constaba entre las oficiales sino en las de exhibición.

Y en los juegos de invierno de hace dos años, en Vancouver, Canadá, el georgiano Nodar Kumaritashvill se mató entrenando en su trineo para la prueba de Luge, velocidad en trineo individual en pista inclinada o tobogán de hielo, igualmente al no controlar la velocidad de su vehículo y estrellarse contra un poste en la pista Whistler, considerada como una de las más rápidas del mundo.

El deporte, como toda actividad humana lúdica, deportiva, militar, exploradora e incluso sedentaria, entraña riesgos mortales. Quizá por ello mismo el ser humano se atreve a desafiar al destino ya sea en una pista de carreras en pos de una medalla, en las inmensidades infinitas del espacio estelar y en las inexploradas profundidades de la selva o del mar, detrás de los vestigios de vida extraterrestre, de una orquídea desconocida o de un espécimen prehistórico en los abismos oceánicos. Es la muy humana, heroica y en ocasiones trágica aspiración a la inmortalidad.

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