Los guerreros del bandoneón
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Los guerreros del bandoneón

En Buenos Aires Óscar Fischer inauguró la única escuela de luthería de bandoneón que hay en el mundo e hizo posible que el oficio, que da vida y mantiene al instrumento símbolo del tango, crezca y prevalezca.

Fotografías: Shutterstock y Daniela Mejía A.

Fue un cortejo, un acto de seducción, irreversible. Amor a primer oído y a primera vista también. Cortejados y seducidos irreversiblemente fueron Óscar Fischer, Santiago Nanno Aguirre, Julia Brusse, Pablo Lepiane y Francisco Frulla, todos luthiers. Del francés luthier: persona que construye o repara instrumentos musicales.

Ellos son luthiers de bandoneón, el instrumento insigne del tango, ese género musical y esa danza identitaria argentina que es incluso Patrimonio Cultural Inmaterial de la Unesco y el símbolo más representativo de Buenos Aires, la capital mundial del tango.

“Arranqué estudiando música en mi adolescencia y, como dicen acá, el tango te espera, y me fui acercando a él desde la guitarra y desde el oído. Y un día, en un cumpleaños, en una confidencia entre dos generaciones ebrias, le dije a mi padre: quiero tocar el bandoneón. Fue como una epifanía”, recuerda de aquella madrugada en sus veinte años Santiago Nanno Aguirre, quien le debe su nombre de pila al tema “Llueve sobre Santiago” de Astor Piazzolla, uno de los bandoneonistas y compositores argentinos más importantes del siglo XX.

“Tuve suerte. Mi padre tenía un amigo que tenía un bandoneón guardado y me lo prestó. Así que empecé a estudiar y un día, por un sonido raro que empezó a hacer, lo abrí y no podía creer lo que estaba viendo, un delirio de maderas y mecanismos y de olores, y ahí empecé a golpear puertas de músicos, buscar quién hacía luthería, alguien que me enseñe qué era lo que estaba viendo. En esa búsqueda encontré a Óscar”, relata Nanno —como prefiere ser llamado— una mañana de jueves de mayo, a once años de aquella revelación.

Habla de Óscar Fischer, el fundador de La Casa del Bandoneón que, situada en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, en Barracas, abrió sus puertas en los años 2000 y es la única escuela de luthería del instrumento que hay en el mundo y, además, un taller de fabricación y restauración de bandoneones.

También en mayo, aunque una tarde, Óscar viaja igualmente a sus veintes para recordar cuál fue su epifanía, el momento en el que aún sin saberlo supo que el bandoneón sería el gran compañero de su vida.

—Encontré a un tipo tocando por la calle el bandoneón —cuenta.

—Y le pediste que te enseñe.

—Sí, me enamoré del instrumento cuando vi al tipo tocar —dice Óscar (54), mientras con una sierra manual corta taquitos de madera que parecen pequeños tótems y que, al fusionarse con resina y nácar, darán vida a los teclados de los bandoneones que está actualmente fabricando.

Hay, sin embargo, una imagen previa del bandoneón que le ofrece su memoria. Una foto de su madre simulando tocar uno. “Ella no tocaba, lo pidió para la foto a un vecino, y la imagen me acompañó toda la infancia. A la foto la perdí pero la tengo en la cabeza. Después ya de grande vi a ese tipo y dije yo quiero esto. Me atrapó y me compré mi primer bandoneón en un remate”.

Quien no perdió la foto que forma parte de los elementos del taller en el que funciona Fuelles del Sur es Francisco Frulla. Originalmente se dedica a la luthería de guitarras, pero desde 2019 también integra el equipo de este espacio de luthería de bandoneones, en el barrio de Flores, donde junto a Pablo Lepiane y Julia Brusse fabrican fuelles, teclas y realizan afinaciones y reparaciones a bandoneonistas. En la foto, añejada por el andar del tiempo, está el abuelo de Francisco con el bandoneón que sí tocaba y le heredó.

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El bandoneón es un aerófono portátil que consiste en dos cajas armónicas que contienen en su interior juegos de lengüetas libres en número variable y que son puestas en vibración por la acción de un fuelle, explica el investigador de tango rioplatense Ricardo Salton en “El bandoneón”, un artículo publicado en la revista del Instituto de Investigación Musicológica Carlos Vega de la Universidad Católica Argentina.

“Cualquier persona de cualquier otro país del mundo escucha un bandoneón y lo relaciona automáticamente con Argentina”, señala Julia, que estudia el instrumento en la Escuela de Música Popular de Avellaneda y llegó a Fuelles del Sur por medio de Francisco, quien le propuso aprender el oficio.

Óscar Fischer lleva casi dos décadas enseñando el oficio de luthier y fabricando bandoneones argentinos.

En efecto, al bandoneón se lo relaciona con Argentina aunque no sea argentino. Lo inventó el músico Heinrich Band en Krefeld, Alemania, en 1844, basándose en la concertina alemana. En sus orígenes se desarrolló dentro del ámbito folclórico, era parte de las fiestas y las reuniones de los campesinos alemanes. Su fabricación en mayor escala, expone Salton, se dio casi veinte años más tarde, entre 1860 y 1865. Óscar, que también ha estudiado la literatura del instrumento, precisa que a Argentina llegó en 1880 con la inmigración europea.

Mientras que en Alemania el bandoneón mantuvo su lugar junto al acordeón en la música folclórica y “sin adquirir mayor relevancia”, en Argentina, según indica Salton, fue tomando impulso como consecuencia de su incorporación en los grupos musicales que amenizaban los bailes de fines del siglo XIX y principios del XX. “Estos grupos fueron paulatinamente limitando su repertorio hacia una especie musical naciente: el tango, que posteriormente adoptó al bandoneón como instrumento imprescindible”, detalla.

“Los alemanes fabricaron bandoneones para nosotros, para el tango. Si no hubiese existido el tango los alemanes no fabricaban sesenta mil bandoneones. Entonces fue fabricado allá, pero adquirió identidad acá”, complementa Óscar, quien si bien no ha llevado la cuenta de exactamente cuántos, estima haber fabricado unos doscientos bandoneones con su marca Fischer, incluido el primero que tuvo el ecuatoriano Jaime Granda Rodríguez, que desde 2016 vive en Buenos Aires.

Pablo Lepiane (izq.), Julia Brusse y Francisco Frulla, tres de los cuatro integrantes de Fuelles del Sur.

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Las de Nelly Omar, Aníbal Troilo, Floreal Ruiz y Carlos Gardel son voces de su niñez. “En mi casa, mi bisabuela y mi abuela escuchaban y cantaban muchísimo tango, entonces eso me aproximó y sobre todo hizo que no sea una música extranjera, sino una música de casa. Después, cuando pude empezar a bailarlo lo bailé porque era lo único que en el Ecuador se podía hacer”, relata Jaime, quien por diez años fue bailarín de tango en Quito, donde nació.

No fue complicado aprender la danza en el Ecuador, sostiene, pero ya con el bandoneón fue otra la historia. “Es muy difícil en un país donde no hay esa cultura musical. En el Ecuador no hay bandoneones, nadie te puede guiar mucho, así que fue todo un tema poder conseguir el instrumento”. Y por eso, decidió viajar a Argentina a estudiarlo, una ruta en la que ha tenido, entre otros, al reconocido bandoneonista Rodolfo Mederos como maestro. “Fue una maravilla poder encontrármelo y me dio las primeras pautas”, comenta.

El primer bandoneón de Jaime, el Fischer, le costó 3500 dólares. Es un artefacto musical costoso y en su precio, en parte, radica que se diga que es un instrumento de élite. Sacarlo de esa minoría selecta para popularizarlo fue la lucha que emprendió Óscar y que, así como satisfacciones, le ha traído problemas.

“Para alguna gente lo popular es una mala palabra, entonces que yo haya enseñado este oficio, haya dicho que se podían fabricar bandoneones en Argentina, que esto no es ningún misterio, que hay que tener coraje y conocimiento y perseverancia, uf, dije cosas muy picantes, entonces, me dieron la espalda los más grandes bandoneonistas de la época brava que eran viejos”, se acuerda Óscar, que sigue en la tarea de elaboración de teclas, mientras su blanco y lacio pelo brilla a la luz del día que entra por el gran ventanal, detrás de su mesa de trabajo.

“Te diría que casi es un problema de élite económica o hasta intelectual. Como si el que toca el instrumento es una especie de elegido, por eso es que se mantiene en nichos”, opina Nanno, que perteneció a la primera camada de estudiantes de La Casa del Bandoneón y trabaja con Óscar desde que culminó su preparación como luthier.

Ni Nanno ni los demás luthiers ven cercana la masificación del bandoneón. “Te invito a agarrar dos fotos y preguntarle al que está barriendo, atendiendo el supermercado, lavando la vereda, a la vecina, pregúntale cuál es el bandoneón y cuál es el acordeón, la mayoría no tiene ni idea”, expone Francisco. Y Nanno suma: “En tanto haya una persona que no lo pueda diferenciar mentalmente desde su significante, diría que estamos todavía lejos de la popularización del instrumento que es lo que se buscó siempre desde La Casa del Bandoneón”.

También es una élite patriarcal. “Tengo dos hermanas y dos primas, el bandoneón quedó para mí porque soy el varón de la familia. Como que mi abuelo dijo el bandoneón es para Francisco. Ni se discutió”. Julia comenta que hay muchísimas bandoneonistas, pero tanto ella como sus colegas reconocen que más hombres que mujeres lo tocan. Pasa lo mismo en su oficio.

Los peines dan el sonido y son la parte más costosa del bandoneón.

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Óscar ha hecho lo que ha podido para mejorar la accesibilidad y dar valor al bandoneón. No solo creó el primer centro de formación de luthiers del rubro que hay en el mundo. Presentó el proyecto que devino en la sanción, en 2009, de la Ley 26 531, la cual impulsa la permanencia del instrumento en el país; ha intentando producir bandoneones a un menor coste, elevó propuestas para poner en cada escuela argentina un bandoneón que sirva para dar los primeros pasos.

Pero haber allanado ese camino no se ha cristalizado en un verdadero apoyo o en un respaldo continuo desde la esfera política. La Ley 26 531, por poner un ejemplo, ni siquiera ha sido reglamentada. “Al bandoneón, cuando hay que protegerlo, lo protegemos nosotros, si podemos. Todo es hecho por y con amor por los bandoneonistas, los luthiers y los gestores de la cultura”, apunta Francisco. En este sentido, Jaime, como músico, cree que esos esfuerzos sí han servido: “Ahora hay mucha más apertura. Ahora es mucho más fácil empezar a estudiar bandoneón de lo que fue hace algunos años”.

“Ya no pido ayuda pero, si yo pedía un subsidio, los funcionarios les preguntaban a los bandoneonistas, che, qué onda este tipo que está pidiendo para hacer una fábrica de bandoneones y estudio para niños, y ellos, los referentes, como no les convenía todo lo que yo pude hacer, decían este tipo está loco, no le den pelota, no es viable. Nunca bajó la ayuda económica”, asegura Óscar y posteriormente explica que los bandoneones que está terminando son de ciprés y sus fuelles serán de color negro “sin ninguna decoración”.

En Fuelles del Sur, proyecto activo desde 2013, en cambio, al cliente sí le dan cuatro o cinco opciones de color o diseño para el fuelle que se elabora con cartón y herramientas de encuadernación, según Pablo, que también estudió en La Casa del Bandoneón.

“He tenido treinta personas al año durante dieciséis años. De las que están activas, compitiendo y ferozmente debe haber como diez”, dice Oscar. Él ya no toca el bandoneón como antes, pero afirma que esté donde esté va a seguir fabricándolos: “No concibo mi vida sin este instrumento al lado mío”. Ese es el sentimiento de los luthiers, los bandoneonistas, los amantes del tango, un amor que ni por tan fuerte parece poder cruzar las fronteras de su nicho. Esto, incluso pese a que desde 2005 cada 11 de julio en Argentina se conmemora el Día Nacional del Bandoneón.

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Jaime es bandoneonista, toca en dos orquestas de tango, pero hace cuatro años también trabaja en un colegio como preceptor. Desde esa experiencia asegura: “Los chicos no conocen. Cuando a veces llevo el instrumento porque tengo que ir después a un ensayo, no vieron un bandoneón ni escucharon un tango en toda su vida. La educación que tenemos, al menos en Latinoamérica, no te ayuda a valorar la música popular de tu país”, lamenta.

Nanno piensa que hay que esperar. “Yo creo que lo único que falta es tiempo. Si la cultura, si el país, si todo sigue un rumbo predecible en comparación con lo que pasó con el rock argentino, con Piazzolla, por ejemplo, que fueron revalorados después de su tiempo, creo que con el bandoneón va a pasar lo mismo”.

Y por la demanda de trabajo que tienen los luthiers, que ni siquiera en el primer año de la pandemia disminuyó, Nanno asegura que al oficio “le queda un rato largo”. “El tema es quién lo hace y qué orientación tiene ese nuevo camino de construcción”, añade Óscar, mientras sigue cortando teclas para los siete bandoneones que está armando a la vez, en su espacio, a su ritmo, a su manera.

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