Los grabados de Hernán Cueva
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Los grabados de Hernán Cueva

Por Lenin Oña

Fotos de Christoph Hirtz y archivo HC.

En la entrevista que le hice para un artículo sobre su trayectoria en el grabado, allá por 1988, Hernán Cueva manifestaba el anhelo de que la gente, a través de su obra, “se entienda a sí misma”. No era poco a lo que aspiraba. ¿En el trasfondo de estas palabras había ecos de las teorías freudianas sobre la sexualidad y los deseos reprimidos? ¿Las explícitas o alusivas citas eróticas que aparecen en sus planchas intentan algo más que visibilizar las ensoñaciones propias? ¿Tal vez pretendan —aunque solo sea una aspiración inconsciente— animar a los admiradores de su obra a liberarse de inhibiciones atávicas de origen moral y cultural? “Conócete a ti mismo” era el consejo de Sócrates, y el arte es un plausible apoyo para el autoconocimiento. Sin embargo, lo más probable es que esas preferencias formales y temáticas solo sean maneras de elegir posibilidades creativas que le permiten recorrer a placer los azarosos laberintos de la plástica.

Retrospectivas y actualidades

Hace cinco años presentó una gran exposición antológica, Procesos, en el Centro Cultural Metropolitano de Quito, que permitió recapitular sobre una producción de más de un cuarto de siglo. La publicación del álbum de reproducciones Trayecto, auspiciado por el Banco MM Jaramillo Arteaga-Grupo Promerica, dos años más tarde, completó la visión de una de las labores más consistentes y prolíficas en la historia del grabado ecuatoriano, certeza que se consolidó con las dos últimas muestras, de 2010 y 2011, ambas en la galería quiteña de Ileana Viteri.

En el cuidado catálogo de Procesos se incluye la reducción de una pequeña aguafuerte-aguatinta de 1983, Camino a la Avenida, un premonitorio compendio de los asuntos que cimentarán la mayor parte de su trabajo posterior. La damisela de minifalda y aspecto equívoco-inequívoco que deambula por la 24 de Mayo, vía de perdición en la pacata ciudad colonial, y la otra que recuerda a una bailarina de cancán anticipan los horizontes lúdicos y erotómanos que vendrían. La vendedora de aspecto campesino y la sombra anónima, masculina, dejan entrever las preocupaciones sociales. La grupa del caballo, con la cola alzada detrás de la bailarina, insinúa las figuras híbridas, de entrevero totémico, que no serán infrecuentes. La silueta de la virgen de aluminio que corona El Panecillo, la arquería, el portón enmarcado en piedra de talla artística, la casa solariega y ventana en lo alto identifican al Quito tradicional.

Para orientar sus travesías, ha recurrido a series que le permiten organizarlas por temas, recuerdos y motivaciones, en tanto que las formas y la factura de las obras ha evolucionado, enriqueciéndose, y las dimensiones, en muchos casos, se han expandido alcanzando tamaños nunca antes utilizados por nuestros grabadores. Las series comenzaron con los Personajes populares, en la segunda mitad de los años 1980 (danzantes, sanjuanes, diabloumas, capitanes, vacas locas, toros de pueblo, carnavales, carruseles). Luego abundaron las de tema erótico: Parejas, Pareja en el Edén, De a dos, Naturaleza viva y Metáforas volcánicas(explícitamente sexualistas), Bici-Eros, Muros-Eros (inspirado en las paredes descascaradas de La Habana). Pero la temática sabrosa se filtra también en otras series, como Medios Mediáticos, Locos Motivos, Torta Televisiva, Combinables. Otras se refieren a asuntos:Místicos, a la Tauromaquia, a Testimonios.

Personajes populares

En los comienzos fue lo popular lo que le interesó para ensayar múltiples variaciones que fluctúan entre el expresionismo y la abstracción. La Vaca loca y Sanjuanes, de 1985, se sumen en el expresionismo abstacto: manchas de colores primarios y algún verde animan los salpicados negros, superponiéndose a sutiles tramas de variadas texturas; se trata de experimentos referidos a pintorescas fiestas de la serranía aldeana. De los toros de pueblo hay varias versiones que le permiten liberar los trazos, priorizar el movimiento sobre la fidelidad, crear atmósferas de pánico y festejo. El Corso carnavalero y el Carrusel, de 1988, juegan con el color y con formas apenas discernibles; en el primer caso, en azules, amarillos, negros y líneas ocres, las siluetas seriadas se contonean; en el segundo, brazos, piernas, hojas, ojos danzan sin estructurar una figura humana muy reconocible, en un ritmo frenético y sincopado; la cromática chocante (verdes, violetas, negros sobre el fondo del papel) contribuye a transmitir una acelerada sensación de giro persistente.

En la última exposición, Fricciones, los motivos taurinos reaparecen a menudo: los toreros y rejoneadores se funden en cuerpos únicos con los toros y los caballos, recurso que emplea con frecuencia para exaltar la ambigüedad de las formas y las funciones de las figuras. En esa misma muestra, el Minotauro y el Toro tumbo (2011) resaltan la potencia visual de las gruesas líneas con que deforma al personaje humano y al animal. El Minotauro, con la vara que mides serás medido es un torero con cuernos; la intención es sardónica, porque el matador es el empedernido devorador de jóvenes ajusticiado por Teseo: un buen tema para esta época en que la fiesta brava se halla en entredicho y, con la corrida incompleta, nadie queda satisfecho.

Eros sin Tánatos

La coexistencia de una pulsión vital (supervivencia, amor, deseo, placer) y otra autodestructiva (sufrimiento, dolor, pasividad), es decir, la lucha entre las fuerzas de la vida y la muerte en cada persona ha superado los límites del psicoanálisis y es generalmente admitida. Sin embargo, el arte, que todo lo puede, permite eliminar el segundo término de la ecuación cuyo resultado se sabe de antemano: el triunfo de Tánatos sobre Eros, y, sin más, quedarse solo con este para celebrarlo. Aquí parece radicar la irreductible decisión de festejar los trámites del amor, descubriéndolos en los más insospechados sitios y objetos, como se advierte en dos series de 1997:Bici-Eros y Muros-Eros, que ocultan-revelan gozosas intimidades y una imaginación centrada en el evidente objeto del deseo.

Esta vocación por lo lúdico-sexual apareció temprano. Ya en 1984 se manifestaba en dos pequeños grabados: A veces y Reposo, el pecho sin reposo. El primero se asemeja al diseño de algún desconocido tapiz precolombino: en el centro hay una pareja en actitud explícita, rodeada por parejas que prueban distintas posiciones y, hacia al interior, las líneas de la cruz andina y unos bordados casi indescifrables, figuras entre las que se reconoce a una Venus de Valdivia.

Tan entretenido como este abreviado Kamasutra criollo es el otro, un apilamiento de franjas formadas por siluetas amatorias devenidas en casi disueltas formas amebianas. La larga lista prosigue: Bailando, Bailando, Canción de la Bella ConfianzaDanza en el TrópicoRitual de las Ilusiones… ShamánAbrazo de la JunglaEntre Acto Iri-DiscenteAndróginaEn tiempos del cóleraSexus —fusión de sirena y tritón—, Nexus —fusión de mujer y pez—, Respirando juntos —imagen especular y sincronizada de la respiración de dos amantes—, Karma Darma —fusión de caballo, mujer y felino—, Felino mimetizado —un jaguar poseyendo a una mujer—.

Críticas y otros divertimentos

Inconforme y en continua renovación, Hernán Cueva no podía sustraerse al enjuiciamiento crítico de la realidad actual, tan decepcionante y esperanzadora. En la serie Testimonios presenta una imagen flagrante de la tortura: Testimonio 4. En la Torta Televisiva, las imágenes son perturbadoras, casi siniestras, y tienen un aire de antiguos ídolos sanguinarios: Adictiva visión, Hombres duros, Ecua-Full-ball, X Ditroit Please. Al incidir en lo político es todavía más frontal: en un enorme ensamble-fotograbado-témpera,Manos limpias, sustituye los rostros de los presidentes norteamericanos de los dólares por las caras de políticos locales, impregna y pinta manos ensangrentadas sobre el conjunto. Los grabados de la serie Místicos incurren en la blasfemia artística: tríptico de laCrucifixión, Santa Faz, Cordero del Señor.

Sin embargo, su vitalismo supera a cualquier desviación hacia lo escéptico. Los relatos de viajes, como Río abajo, y el tríptico de la serie Mediáticos-temáticos, lo pintan de cuerpo entero; no se diga los dedicados a la música y los bailes rioplatenses: Tanguitos, Milonga, Compadritos, Candomblé, Boliche, Buenos Aires, que lo llevan de regreso al sensualismo y a la alegría de vivir. Genio y figura

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