Los años con Carlos Fuentes
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Los años con Carlos Fuentes

Los años con Carlos

Por Francisco X. Estrella

nombre… “inútil”… “corazón”… “masaje”… “inútil”… ya no sabrás… te traje adentro y moriré contigo… los tres… moriremos… Tú… mueres… has muerto… moriré.

La muerte de Artemio Cruz

1 Si para la decrépita Inglaterra Rudyard Kipling representó el modelo del escritor imperial, Carlos Fuentes fue el prototipo del autor osado en América Latina. Su osadía estuvo revestida de varias pieles, de la visión cosmopolita del lector para quien la biblioteca del mundo es su morada a la frívola del fiestero nocturno, de la diplomática, superficial y algo remilgada imagen de hombre público a la espartana, juiciosa y trabajadora figura del orfebre de las letras, de la generosa silueta de quien fomenta el talento de sus contemporáneos a la serpenteante del amigo convertido en enemigo. Aunque Borges había enseñado a los escritores de América Latina que la lectura exigía graduar los espejuelos cosmopolitas y escribir era actuar con atrevimiento de occidentales por partida doble, no cabe duda de que Carlos Fuentes interpretó a una figura nueva por completo en el ámbito de las letras latinoamericanas y quizá de las letras en lengua castellana, la del escritor seguro de sí mismo, la del autor que se mueve sin titubeos por la República de las Letras, para quien el oficio se resuelve con sagacidad y constancia. Sus frutos le depararían sabiduría no exenta de dicha.

Quizá por ello en la hora de su muerte, Héctor Aguilar Camín haya dicho que se trataba de un autor feliz en un medio, el de la escritura, que no se distingue precisamente por la exhibición de placer en sus lindes y, por el contrario, consecuente con ciertas fatalidades que recurren —la indiferencia de las musas, el aislamiento que impone el oficio, la vacilación ante criaturas recién moldeadas, la implacabilidad de las glorias pasadas y los rencores a causa de las nuevas, los infaltables caprichos de editores y publicistas—, depara a sus cultores concentrados momentos de neurosis e infelicidad. Parecería que Fuentes resolvió dichas angustias con tenacidad, que su voraz capacidad expresiva —lírica a ratos, retórica en otros, briosa siempre— lo mantuvo a buen recaudo de la visita de sequías y fantasmas, y su preferencia lo convirtió en el escritor por excelencia de la palabra para todos los temas y lugares. Ante la escritura, Carlos Fuentes fue una actitud resumida en la pasión volcánica que imagina transformarlo todo, la intimidad, la historia, el presente, el pasado, los moldes literarios, la palabra misma, a través de la palabra, esa quimera balzaciana que en varios momentos de su carrera Fuentes intentó llevar a su punto más alto. Se desplegaron dentro de esa actitud totalizadora, ciega, devota de lo invencible y cautiva del éxito, las grandes virtudes de su escritura, aunque también habitaron en ella sus deslices mayores y flaquezas más evidentes: una pobre aptitud para dotar a la escritura de austeridad y concreción, la carencia de enfoques nítidos sobre personajes y psicologías, el trazo grueso y generalista, la frase hecha, la repetición, los estereotipos, el saqueo de su propia obra, la renuncia al pensamiento a favor de la retórica, la preocupación pueril por sintonizar con temas y referentes contemporáneos, la petrificación de sus especulaciones sobre el México actual, ancladas a una mitología de resonancias prehispánicas, la sospecha final entre sus lectores más severos de que varias de sus novelas, demasiadas, no fueron otra cosa que libros de tesis.

Es difícil pensar a Fuentes como el Balzac de la literatura mexicana, defectos como estos complotaron para que su escritura se tornara menos perdurable con el paso del tiempo, menos abarcadora, más inmediata: del sueño del señor de la novela Fuentes transitó al sopor del titán que lucha por preservar un mundo construido con vigor y aplomo, pero con escaso sentido de lo que hace perdurable a una obra literaria, aquello que se afinca en la verdad más que en el gesto. Maestro de la gestualidad, en sus obras de las últimas décadas, Fuentes confirmó que la curiosidad desenfrenada o el plan maestro aplicado a la creación literaria no mitigan el paso del tiempo sobre volúmenes levantados en una realidad mitologizada ex profeso. En adelante, su obra se convirtió más en la repetición de una actitud que en el testimonio piadoso de una realidad, su apego al formulismo evidenció la fatiga de un monumental proyecto novelesco y la ausencia de duda hizo que su curiosidad fuera vista más como turismo de vanidades que como un apunte valioso sobre los dilemas de la novela o un baluarte del tiempo en clave artística. Fuentes se volvió manierista y cansino, y sus novelas, de Diana o la cazadora solitaria en adelante, se sucedieron sin pena ni gloria, acartonadas, olvidables a causa de su composición facilista y tradicional, descartables por sus arrestos de sospechoso didactismo, prescindibles todas ellas.

Pero hubo un Fuentes mayor, un Fuentes que abrazó las ambiciones de la novela modernista e intentó llevar el lenguaje a sus límites en clave joyceana. Están ahí para confirmarlo sus obras mayores, ejercicios desbocados de imaginación literaria en que la historia es desarmada para abrir espacio a porvenires múltiples y el lenguaje es protagonista de su destino, tomos en que la polifonía ratifica que en sus cuatro fronteras la novela es el género que se escribe para decir lo que la ciencia, la historia y las demás artes no saben enunciar. Son estos los empeños de La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz, Aura, Cambio de piel, Una familia lejana y, desde luego, la de su obra por excelencia, Terra Nostra. Quizá en esos libros Carlos Fuentes no fuese un autor inagotable, pero sí demuestra ser el autor de los límites, de la gran apuesta, el colonizador del territorio ignoto de la novela. Por ello podría considerársele no solo el mayor fracaso de la literatura mexicana, sino el mejor y el mayor de los fracasos de la literatura en castellano del siglo XX: Fuentes, el autor dotado de un oído poderoso aunque irreflexivo, como escribiera el historiador mexicano Enrique Krauze; Fuentes, el autor con el ojo puesto en la novela como género de la modernidad por excelencia; Fuentes, quien lo tuvo todo para ser el gran novelista de su lengua y a quien quizá el alcance de su visión y el tamaño de su empresa terminarían por cegarlo. En su célebre comentario, La comedia mexicana de Carlos Fuentes, Krauze quiso advertir en ese fracaso su indiferencia ante la verdad mexicana, su extrañamiento. Quizá Krauze tuviera razón en muchos puntos de ese ensayo notable y en mi opinión la tuvo porque la condena de Carlos Fuentes fue intentar la novela realista por esencia, a lo Balzac, de una realidad que volcada en sus manos se volvió elusiva e inasible. Esa fue su gran tragedia.

2 Aunque concluyese su andar como el más notable de los escritores institucionales, Fuentes fue del todo coherente consigo mismo. Era encantador, verboso, locuaz, una “máquina computadora” que “tenía una respuesta exacta y al parecer lúcida para cualquier problema o pregunta que se le planteara”, como lo encontró Reinaldo Arenas; buenmozo y galante, no “lindo: recio”, como lo interpretaron las fotógrafas argentinas Sara Facio y Alicia D’Amico, quienes le hicieron fotografías a mediados de los setenta, junto a otros insignes escritores latinoamericanos; un “verdadero general mexicano”, como atisbó su rostro el pintor peruano Fernando de Szyszlo, en el marco de una de sus innumerables fiestas mexicanas. Carlos Fuentes impregnó con su personalidad todo lo que lo rodeaba y su seguridad convertía en ritmo vital lo que era tocado por él, como un rey Midas de la cadencia literaria. Su perfil aquilino y noble, su tez de bronce, configuraban el rostro de quien escribió novelas como las suyas, vigorosas, audaces, conquistadoras. Su poder residió en la palabra y su conversación fue ardiente, placentera, muy divertida, pues sabía reír y hacía reír a su auditorio, y no cesaba de hilar interpretaciones imposibles para otros, reto frecuente de su cautivadora elocuencia. Fue un individuo de mundo que amedrentaba o despertaba perplejidad, indiferencia o abierta antipatía entre los más rústicos y huraños, aunque en varias ocasiones ello sirviera para despertar la atracción del polo opuesto. Ello sucedió, por ejemplo, con dos de sus amigos más cercanos, reservados de alta catadura ante quien no formase parte de su círculo interno, Gabriel García Márquez y Carlos Monsiváis, con quienes la alquimia de los afectos funcionó a las mil maravillas de principio a fin.

No pocas antipatías encendió Fuentes en el mundo literario y no literario. Generoso y cosmopolita, Fuentes, tan hábil para fajar las palabras en combate cuerpo a cuerpo, lo fue también, especialmente en sus años mozos, para conquistar mujeres, o a lo largo de toda su vida, para dar su opinión sin ápice de complejos o tibiezas. Ambos factores le depararon polémicas varias y una multitud de envidias y rencores. Pero también admiración: si pocas cosas eran comparables a escuchar a Carlos Fuentes hablar sobre Cervantes y el Quijote —dedicó al tema su ensayo Cervantes o la crítica de la lectura—, muchas menos serían tan envidiables como asistir a una de sus fiestas en la década del sesenta y sorprenderlo bailando en encendido fandango al calor de congas y timbales. Haciendo pareja con Tongolele y sus míticas piernas, las más hermosas del mundo, o con la actriz Rita Macedo, su primera esposa, en chaleco azul marino a rayas grises, con camisa blanca, nívea, y corbata resplandeciente, Fuentes debe haber parecido un ser forjado en las noches mod de Londres, pero a fin de cuentas acaso fuese un noctámbulo de alguna recepción fastuosa en el palacio de don Porfirio. En él todo era espectacular: aunque varias veces prefiriese el mambo rompecaderas, no era extraño verlo bailar un tango, algo que hacía diestramente tras su joven experiencia argentina, como tampoco resultaba extraño sorprenderlo la última noche de 1970, inmerso en la noche mexicana, mientras navegaba entre una multitud ataviada con collares, cinturones anchos de anacrónicos revolucionarios, melenas flamígeras, camisas con pechera de seda y largas bufandas que besan la alfombra, a ritmo de beat durante la garden party en una de sus residencias. A mí, que me abisman las fiestas de la vida real y acaso más las del cine, me resulta un placer fantasear con el ambiente noctámbulo de la Zona Rosa de Ciudad de México en los cincuenta e imaginar la madrugada seca, febril, after party, acompañado de Carlos Fuentes. Nadie mejor que él para narrar esas gotas menguantes, las parrandas de la alta burguesía mexicana, como lo hiciera en las páginas de La región más transparente o Los años con Laura Díaz, nadie mejor porque las conoció y disfrutó de primer bocado.

Uno de los aspectos de su encanto residía en la elegancia que irradiaba en la fiesta y la vida diurna. Con su bien recortado bigote y su cabello de león, Fuentes prefirió el lino fresco para el verano en tonos apacibles, blanco, celeste, beige, camel; gustaba de la gamuza y la pana en colores tierra, cafés, verdes o habanos para ocasiones informales —dar un paseo, seducir a una dama— y, para toda ocasión, los suéteres de cashmir con cuello en V, la americana negra y el traje azul con corbata a rayas al estilo inglés. No era hombre de tweed como lo fue Salvador Elizondo, gusto que Elizondo contrajo de su anglofilia declarada. Portaba Fuentes esas vestimentas con gran soltura, como una piel sucedánea aunque auténtica, con ese glamoroso donaire del que carece Vargas Llosa, por ejemplo, más bien tieso, con la naturalidad de quien ha tomado temprano el hábito de la elegancia. Sin embargo, ahora que observo una fotografía de Fuentes en su estudio, ataviado con sudadera simple y un par de pantalones de algodón, sonriente, sospecho que su atavío de boxeador de las palabras era más sencillo y proletario, como si la imagen revelara que, bajo su atuendo de hombre público, seductor e intelectual, las batallas que libraba eran más rijosas y comprometían el cuerpo en lid con el idioma, contra el idioma a veces, el único oficio por el que un escritor debe ser recordado. En alguna ocasión Vargas Llosa dijo estar seguro de que Fuentes escribía con un solo dedo —en máquina vieja, pienso yo— y que era un pésimo mecanógrafo. Debe ser cierto y el dato compromete aún más su vocación por la escritura como un oficio obstinado y riesgoso.

Poco sabemos aún sobre lo que ocurrió en torno a su alejamiento de Octavio Paz: si Paz fue débil ante la influencia de su inmediato entorno o si Fuentes fue demasiado orgulloso y susceptible a la crítica y la posible deslealtad. Como buen ejemplar nacido bajo el signo de escorpión, Fuentes demostró que su ego era redondo y total y, aunque consignara su firma en un artículo de despedida a la muerte de Paz, “Mi amigo Octavio Paz”, se refugió en su profunda y acaso obstinada creencia sobre la amistad como un pasaje que no admite disidencias ni traiciones y nunca volvió a su amigo, su mayor mentor quizá. La irreparable pérdida de la confianza entre ambos eclipsó la fraternidad entre las dos caras de una máscara literaria que otorga sentido al México moderno. Nos queda a sus lectores el recuerdo de la fotografía en que una traviesa Marie-Jo Paz coloca una de sus palmas sobre la cabeza de su esposo, mientras la otra descansa encima de la inquieta testa de Fuentes, los dos hombres sentados, dos muchachos bajo la tutela de la mujer que “posee la segunda visión” como lo quiso Michelet y lo recordó el mismo Fuentes.

3 Mis años con Carlos Fuentes comenzaron hace exactamente 20, cuando tenía 18, en el interior de una minúscula librería situada en las calles Seis de Diciembre y La Niña de Quito. Libros nuevos reposaban sobre las mesas ante mi ansia de lector joven. La lista debió reducirse a dos, de acuerdo con mi presupuesto, dos ejemplares en rebajas cubiertos con un forro verde: acerca del uno algo había leído en los periódicos locales, palabras elogiosas que hacían honor al mundo preservado entre sus tapas. Sobre el otro no sabía nada, ni sobre el libro ni sobre su autor. La inseguridad de quien escatima me sobrecogió durante instantes en que me sentí atravesado por los ojos del lugar, como si compareciera ante el tribunal que juzga el destino de un hombre. Devolví el primero, el conocido, Yo, el supremo, de Roa Bastos a la mesa. Opté por lo desconocido, lo que sonaba a aventura y experimento. Coloqué los escasos sucres en manos del dependiente y me largué feliz, mucho más feliz de lo que había llegado. Desde el autobús el libro me miraba, me retaba; sin poder evitar su magnetismo ya en el umbral de casa lo leía con pasión. Era Cambio de piel del mexicano Carlos Fuentes, nacido en Panamá en 1928, hijo de diplomático, diplomático él mismo, cultor del barroco y acaso su artífice en tierras mexicanas, el hombre del todo y el mito, el ávido lector de la historia, el oportunista de la sociología y el veleidoso de la filosofía, el gran azteca que, como sus paisanos Monsiváis y José Luis Cuevas, había visto todos los filmes, el que había leído todos los libros, el escritor a quien me acostumbraría a ver triunfar durante la década venidera en entrevistas en las que lucía su obsesión por entregar titulares de impacto, el del golpe directo, el jab diestro, para quien importaba más el gesto, la representación y su fasto, que la verdad o el sentido.

Ahora recuerdo y pienso y no me arrepiento de haber tomado esa decisión. Tal vez la de Roa Bastos valiera más que la del mexicano, no lo sé. Pero esa opción, movida por la escasez, me permitió presenciar desde la última butaca, la más modesta y barata, el minuto final de una pieza en que la literatura de esta parte del mundo fue una época, una feliz quimera, un destino que ahora definitiva, irreversiblemente, se cierra.

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