Se le llama viudo al que perdió a su esposa y huérfana a quien ya no tiene padre. ¿Pero qué nombre debe dársele a una madre cuyo hijo se mató, con apenas veintiocho años, lanzándose desde la terraza del edificio donde vivía, en el Upper East Side de Nueva York?
Ni la antropología ni la psicología tienen un término para eso. La jerga social —siempre dispuesta a bautizar con eufemismos fáciles a las situaciones más complejas— tampoco ha podido acuñar una palabra que dé nombre al estado de una mujer que ha perdido a su hijo. Solo la literatura podría acometer la tarea de nombrar lo innombrable y solo alguien como Piedad Bonnett podría tener la presencia de ánimo y la lucidez para escribir sin concesiones sobre esta experiencia catastrófica que le tocó vivir.
Se nota que su oficio de poeta ya le había enseñado a caminar por el filo del abismo sin perder la cordura, porque Lo que no tiene nombre reflexiona sin ambages, pero con sobriedad y elegancia, sobre la finitud de la vida, el sinsentido de la muerte y también sobre esa larga sombra negra que a veces se cierne sobre los seres humanos: la locura.
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