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Lo inacabado

por Leisa Sánchez

Por Carlos Vásconez.

Edición 458 - julio 2020.

Literatura Ford 1

El escritor estadounidense Richard Ford, ganador, entre muchos otros, del Premio Pulitzer (1996) y el Premio Príncipe de Asturias (2016) por su obra literaria, escribió uno de sus libros más emblemáticos en condiciones muy particulares, y este capítulo de su vida nos sirve para hablar de eso que nunca se termina ni debería terminar.

Hay hora y lugar. Richard Ford ase­gura que dejó de escribir el primer borra­dor de Acción de gracias, posiblemente su obra maestra, a las 13:17 del 2 de marzo de 1999. Lo recuerda con claridad porque es ese el instante en que su mujer le decía que estaba embarazada. “El asombro me consumió”, asegura. “¿Mi esposa, una mujer que superaba los cincuenta años, embara­zada?”, se preguntó. Dijo que durante toda la tarde pasaron preguntándose acerca de las posibilidades de que esa prueba casera fuera certera. “Lo que embargaba a Kristina (Hensley) era la seguridad de lo malos, pé­simos padres que seríamos, de confirmar­se el resultado de la prueba, y una especie, extraña, de vergüenza. ¿Qué era eso de dar a luz luego de 31 años de casados? ¿Quién creería que la criatura era mía?”. Más aún al tratarse de un escritor que se dedicó en va­rios trabajos suyos a describir lo terrible que es la paternidad, cuya esposa nunca puso el menor reparo a sus textos y, en todo caso, los patrocinaba.

El asunto desembocó en que la infeliz pareja acudió a un ginecólogo que les disi­pó las dudas. “No solo no estaba embara­zada. Padecía un serio problema intraute­rino que afortunadamente solucionamos a tiempo, tiempo que no hubiésemos tenido, nos lo aseguró el médico, de no ser por esa equivocada prueba de embarazo que se ha­bía practicado”, dijo el autor estadouniden­se en una entrevista a The New York Times. Y agregó: “Resolví deshacerme de ese pri­mer borrador de Acción de gracias porque no dejaba de rondarme la cabeza la intriga: ¿merced a qué impulso Kristina se hizo esa prueba?” Era algo que nunca le preguntó, y, por lo visto, ella no leyó la entrevista en el diario, ya que nunca le dio respuesta.

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La novela existiría años después. Para ello, Richard Ford empleó los recursos es­tilísticos que la debacle de ser padres casi entrada la vejez le suministró. Al menos eso afirma en un libro que parecería ser sus memorias y que no es más una serie de cartas, escritas al apuro, a su editor, quien extrajo de estas lo mejor para usar un nue­vo libro como publicidad de otro. La duda que agobia a Richard Ford es una duda que nos recorre el espinazo, en forma de terror, a ciertos escritores que por A o B razón hemos tenido que abandonar un trabajo a medias. O incluso cuando lo hemos sen­tido concluido, y lo hemos despachado al olvido, al fragor de las llamas o a la tritura­dora de papel (por decir que exista escritor que se agencie una, lo cual daría mucho que pensar). En este caso, el resultado de ese instante dramático en que dos personas tragaban saliva para comprender el mila­gro de la creación, desembocó en una obra maestra, que tranquilamente podría cali­ficarse como la mejor novela escrita en el nuevo milenio. Una novela que no habría existido de no mediar un accidente. ¿O será que la señora Ford lo hizo intencional y maléfica, pero también proféticamente?

El tema de lo inacabado o del arte de no terminar nunca nada ha sido aborda­do por grandes plumas, como una suerte de intento frustrado de no ser alguien, de llegar a la nada tan aspirada. El escritor español Enrique Vila-Matas, en su obra El viajero más lento, nos brinda una noción más refrescante sobre las cosas inacabadas. Afirma, por ejemplo, que la maravilla de que un libro no se acabe es dejarle al lector hacerlo, obligarlo, de una manera sesgada, a que sea este el que concluya lo no siempre finiquitado. Esta visión halagüeña, que lo que intenta es activar nuestro cerebro, dis­cute cara a cara con la de aquel que preten­de realizar una obra total. Aquel que anhe­la, con una intencionalidad vehemente, ser inspiración de las generaciones venideras. Porque lo que importa para el porvenir es el resultado definitorio, darle un punto final a nuestras sospechas. Sobre Lichten­berg, formulador primero de esta práctica, dicho lo dejó ya Canetti: “Que Lichtenberg no quiera redondear nada, que no quiera terminar nada es su felicidad y la nuestra; por eso ha escrito el libro más rico de la literatura universal”. Se refiere a sus aforis­mos, un libro inacabado e inacabable, si lo que se intenta es leerlo, aprenderlo. El mis­terio de lo inacabado —que viene a ser a la larga el propio misterio del mundo— es uno de los encantos de la literatura, como lo es de la vida: ¿en qué precipicio se aca­ba un paisaje? Luego de leer una novela ejemplar, ¿seguimos construyéndola con nuestro vivir, con nuestro imaginarla, con nuestro —y de alguna manera prodigio­so— olvido?

El escritor uruguayo-mexicano Eduar­do Milán me suministró la trama de una historia. La volví cuento, se lo dediqué. En esta, un grupo de personas se reúnen con el único objetivo de crear durante el día una estera de mimbre para en la noche dedicarse a deshilarla, para, al día siguien­te, regresar por el camino recorrido. Su fin no es crear una estera cuya perfección roce con lo indecible, con lo celestial. Su tarea es hacer por hacer, y nadie les ha impuesto ab­solutamente nada. Lo hacen porque desde sus concavidades óseas ese algo que nadie sabe qué es pero que es lo que nos mueve, se los impone. De manera similar, a muchos cuentos, novelas, poemas, piezas teatrales, ensayos, así como composiciones musica­les, esculturas, cartas de amor y de odio, un rato de esos, sin previo anuncio, las relega­mos a un cesto o simplemente las abando­namos a su suerte en el fondo de un caja de cartón. Eso podemos también hacer con el arte. Difícilmente lo llevaremos a cabo con otras prácticas y empresas humanas. Deja­mos a medias casas, por falta de presupues­to. Dejamos a medias un viaje, por motivos siempre externos. ¿Cuándo dejamos a me­dias un gesto artístico? Este nos perseguirá por cada rincón que vayamos, así hagamos hasta lo imposible por desprendernos de él, por evadirlo. El acto creativo es una cons­tante que está en nosotros y se convierte en un trabajo en progreso.

Lo curioso sucede cuando abandona­mos algo antes incluso de empezar. Como si de ajedrecistas fabulosos se tratara, pre­vemos todos los posibles desenlaces de nuestra acometida y desistimos, nos aco­damos en la barra de un bar y respirando profundamente nos pedimos el siguiente vodka, seco y doble.

En definitiva, ¿qué libro está acabado de por sí? ¿Hay algo de verdad finalizado? ¿No nos ronda la noción de que el mundo está en constante creación? Al crear, ¿no usamos como sortilegio la consigna de que no importa la meta sino el camino?

Una condición fundamental al escribir es la forma de hacerlo. En estricto, la ma­nera de sentarse, si en ordenador, máqui­na de escribir, o a punta de papel y pluma. También la rigidez de la espalda o su en­corvadura. La manera de tener distendidos los músculos. El juego mental anterior, que implica lo soliviantado o distendido que alguien puede estar. Si lo que se arriesga es por pedido de alguien o porque uno mismo no ha podido contener su impulso más ín­timo. Es decir, escribir bien, para ese lector que está perdido en el tiempo (porque todo lector que se precie no hace otra cosa que vagar por los tiempos) siempre depende de una condición externa. De igual modo, el hecho de dejar de hacerlo, de obstruir su creación. Puede ser un accidente, puede deberse a que alguien, sencilla y maravi­llosamente, empezó a jugar para perder. Puede ser que lo haga porque no hacerlo implicaría el acabose del mundo. Dejar de crear para que la creación no devaste nues­tras sombras —en términos del poeta espa­ñol José Luis Corazón—, para que no haga de nosotros simples víctimas de un mundo inservible, perfecto.

“¿Cómo se inacaba lo que ha empezado bien y ha marchado mejor?”, se pregunta­ba retóricamente Robert Walser en carta a su amigo Karl Kraus. “Yendo tan lento que parezca que solo se retrocede, que todo lo demás es más veloz que yo.”

Richard Ford es el autor de Acción de gracias. La escribió con una prisa incendia­ria. Se detuvo cuando el camino lo condu­cía al abismo. Vio el abismo. Se aventó a este. Todavía su eco se escucha, yo lo escu­cho al abrir la novela, como se escucha el mar en una concha.

Literatura Ford 2

Ford ha demostrado consistentemente no solo ser un gran escritor, sino también la voz de la América contemporánea: divertida, humana, triste y real. Richard Ford es uno de los escri­tores norteamericanos más importantes de la actualidad. Con poco más de 40 años de carrera y premios como el Princesa de Asturias, el Pulitzer de Ficción y el PEN/ Faulkner, el novelista y cuentis­ta se ha dedicado a desmenu­zar la vida en Estados Unidos y la identidad de su país.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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