
La adaptación de Cien años de soledad a la televisión puso el foco sobre al realismo mágico una vez más. Sin embargo, el que conocemos, el de García Márquez, no fue el primero y tampoco el último…
La página final del libro del gitano Melquiades no describía el fin de Macondo, sino el renacer del realismo mágico. Y es que tras las décadas de los setenta y ochenta, cuando aquel estuvo en boca de todos, poco a poco fue agotándose, sobre todo porque las nuevas generaciones de autores cuestionaban su validez.
En cualquier caso, pese a que en el siglo XX varios latinoamericanos se inscribieron en esa corriente artística -con Gabriel García Márquez a la cabeza- hubo otros realismos mágicos en Europa, cuya esencia estaba emparentada con Freud y los delirios de la mente más que con los mitos del trópico sudamericano.
Realismo mágico importado

En 1935, un italiano de mirada desafiante que respondía al nombre de Massimo Bontempelli apareció en Barcelona para dar la conferencia “El fin del teatro”, a la misma que solo asistieron aquellos que esperaban que tal afirmación no se hiciera efectiva.
No se sabe con exactitud los nombres de cada miembro de la audiencia, pero sí que uno de los más interesados fue un tal Ramón Vinyes, quien se ganaba la vida haciendo teatro. Sus propuestas eran vanguardistas, de modo que las del italiano le calzaron perfectamente.
En 1926, Bontempelli junto con Curzio Malaparte habían fundado la revista 900, dedicada a los movimientos de ruptura artística y entre cuyas páginas expuso su ideario poético bajo el oxímoron de ‘realismo mágico’. Contradicciones de este tipo eran moneda corriente en el ambiente cultural europeo, así que nadie pudo prever su importancia futura.
Sin embargo, la idea no era enteramente suya: Franz Roh, un crítico de arte y fotógrafo alemán, acuñó el término en 1925 para describir una pintura donde la realidad parecía alterada. Y el escritor de Italia, en su peregrinar por las nuevas expresiones culturales, se hizo con la idea adaptándola a su credo artístico.
De todas maneras, aquel realismo mágico no era lo que conocemos hoy, sino uno emparentado con el surrealismo y la búsqueda de sentido a través del inconsciente y los sueños.
El artista es un mitógrafo que debe dejar al descubierto el sentido mágico en la vida cotidiana de los hombres y de las cosas.
Massimo Bontempelli
Y tan bien sonó aquello para Vinyes y otros catalanes -Lluís Capdevila, Josep Carner, Àngel Ferran, Elvira Augusta Lewi, por ejemplo- que se pusieron a escribir relatos fantásticos sin miedo a que la sabiduría popular y los cuentos de las masías se infiltraran entre las historias del tiempo moderno.
Ramón Vinyes se llevó consigo el realismo mágico al Caribe colombiano, región que lo vio ir y venir durante dos décadas. Allí, estuvo en el autoexilio después de la Guerra Civil española -desde 1940 hasta 1950-. Y es entonces que unos jóvenes periodistas, pronto conocidos como el Grupo de Barranquilla, empezaron a frecuentar su librería en busca de novedades literarias. Entre ellos destacaban: Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas y Gabriel García Márquez.
El catalán los puso en contacto con Hemingway, Faulkner, pero también con esa Europa vanguardista que había marcado su escritura. La suerte del realismo mágico estaba echada.
Un latinoamericano que no es Gabo

En la novela Las lanzas coloradas del venezolano Arturo Uslar Pietri, los guerreros de José Tomás Boves tiñen las hojas de sus adargas con la sangre de los soldados republicanos durante la Guerra de Independencia, sin embargo, a simple vista parece que ese color no se debe a dicho fluido, sino al sol que brilla en el acero de esos hombres que, como dioses de la venganza, luchan en contra del futuro Libertador.
El novelista recupera el ritmo de las narraciones orales indígenas y lo traslada a su novela convirtiéndola en una experiencia de los sentidos: aromas y colores aparecen allí con total viveza pero, al mismo tiempo, dejan la duda de si aquello solo se trata de una percepción de la mente enfebrecida por el calor de la guerra y de los pantanos.
Uslar Pietri había asumido el realismo mágico desde los años veinte cuando leyó a Franz Roh en una traducción al español de la Revista de Occidente.
En su ensayo Letras y hombres de Venezuela escribió:
Lo que vino a predominar en el cuento y a marcar su huella de una manera perdurable fue la consideración del hombre como misterio en medio de datos realistas. Una adivinación poética o una negación poética de la realidad. Lo que a falta de otra palabra podrá llamarse un realismo mágico.
Con el tiempo, Vargas Llosa reconocería a la novela de Uslar Pietri como la que “abrió las puertas” del mundo a la narrativa latinoamericana por haber inventado una forma de expresión propia de estas tierras, es decir, una marca de identidad.
Lo cierto es que, como dijo el propio venezolano: no había una invención en realidad, los elementos estaban aquí, en América, esperando que alguien los tomase para construir una historia con ellos.
McOndo
García Márquez y el ‘boom’ en general tuvieron tal fuerza que los editores de los años 80 y 90 solo estaban interesados en copias más o menos fidedignas. Cualquier propuesta divergente se descartaba con el argumento de que no había “color local”.
Alberto Fuguet, uno de los excluidos, era un niño cuando se publicó Cien años de soledad en 1967 y tuvo que convivir con esa carga. Por eso, al cumplir los treinta y dos, editó junto con Sergio Gómez una serie de historias enmarcadas bajo el título de McOndo.

Esta palabra era un juego, una mofa, pero también su declaración de intenciones: esos cuentistas habían pasado la página y no estaban interesados en el folclore, sino en las urbes con su violencia y voracidad. La referencia a la cadena de comida rápida tenía que ver con un mundo cada vez más diminuto por la importación de costumbres estadounidenses a Latinoamérica.
Y las diferencias con el realismo mágico no se detienen allí porque las historias no cumplen con un compromiso social concreto enfocándose más bien en la realidad pura, como si hiciesen una autopsia en lugar de una novela. Sin embargo, su crítica sobre el boom terminó por recaer en ellos, pues también crearon un estereotipo para América Latina, solo que cambiando el campo multicolor por el de las ciudades grises y violentas.
El presente mágico

De todas maneras, el realismo mágico existe aún y tanto dentro como fuera de las fronteras latinoamericanas. En este último caso, por ejemplo, destaca Salman Rushdie (1947), un inglés nacido en la India un año antes de la independencia, quien se declara un defensor ferviente del estilo, toda vez que, según él, ninguna literatura es real, sino el resultado de un pacto de credibilidad entre escritor y público.
Así, sus personajes pueden subirse a una alfombra voladora mientras esquivan la censura o las bombas del extremismo islámico. Además, Rushdie cree que la fantasía y la belleza son parte del mecanismo de supervivencia en un mundo atroz e incomprensible.
El escritor, como en otro tiempo lo hizo García Márquez, usa las luces de la fantasía para acercar a los foráneos esas regiones misteriosas de las que hace parte -algunas los llaman 'el tercer mundo-. ‘Su’ realismo mágico simplifica y desnuda una realidad que, a la luz de la historia o de la política, son incomprensibles. Y tal es su fuerza que le ha costado la persecución de fundamentalistas alrededor del mundo.
Quizás esto último es la prueba de que, más allá de los apólogos y críticos, la corriente sigue siendo útil para acercarnos a universos que son ajenos para los que no viven dentro de ellos y, por lo mismo, su vigencia difícilmente está por caducar.

