¿Qué puede hacer la literatura frente a la muerte? ¿Cómo narrar la pérdida sin convertirla en espectáculo? En las últimas décadas ha aparecido una escritura atravesada por la pérdida, la violencia estructural y el deseo de justicia: la necroescritura.
Esta es una práctica literaria que disloca géneros, apela a la desapropiación del autor y se convierte en espacio de cuidado, denuncia y resistencia. La escritora estadounidense Joan Didion, en el libro El año del pensamiento mágico, describe cómo nos afecta la pérdida de un ser querido: “El dolor por la pérdida produce frecuentemente cambios en los sistemas endocrino, inmunológico, neurovegetativo y cardiovascular”, explica. En su obra Didion recuerda el estado de shock en el que quedó tras la muerte de su esposo y lo difícil que fue recuperar algunas funciones cognitivas durante el duelo.
Cristina Rivera Garza, en una entrevista sobre su libro El invencible verano de Liliana, cuenta que también pasó muchos años en un duelo silencioso y privado tras el feminicidio de su hermana. Durante mucho tiempo no había podido ni abrir las cajas con sus pertenencias, aun sabiendo que tenía una historia que contar. Solamente después de haber transitado el duelo, pudo enfrentarse al archivo personal de Liliana. En este caso, la escritura no era únicamente una necesidad individual, sino un pedido de justicia frente a un sistema que había invisibilizado la violencia hacia las mujeres.
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