
Esta no será una Navidad cualquiera, será azul como la nariz de uno de los renos de Papá Noel que nadie conoce, porque nosotros le dimos forma. Ahora lo develamos ante ustedes como un regalo navideño.
Te han dicho que Papá Noel tiene nueve renos. ¡Es mentira! Somos diez: Brioso, Danzarín, Bromista, Cometa, Cupido, Saltarín, Trueno, Relámpago, Rodolfo y yo, Azul. Si el trineo fuese tirado por un número impar de animales no habría equilibrio, se desviaría a la derecha o a la izquierda. Y los paquetes de regalos se desbordarían.
Es cierto, eso sí, que Rodolfo y yo fuimos los últimos en unirnos al equipo. La historia de él seguro que la conocen, pero la mía no.
Nací en un país del norte, donde seis meses al año es día y otros seis, noche. La nieve es la reina y Papá Noel, el rey. Y los renos anhelamos trabajar para él, aunque no es fácil pues hay pocos puestos en su trineo y demasiados aspirantes.
Sin embargo, cuando yo aún era pequeño, me metí en la casa de los Noel y vi cómo cargaban decenas de bolsas repletas de obsequios en su vehículo. Lo hacían con tal prisa que, al colocar la última, un cochecito de juguete cayó en la nieve. Nadie se dio cuenta y tras un “¡jo, jo, jo!” Papá Noel hizo que sus ocho renos -entonces tampoco estaba Rodolfo- empezaran a volar.
Bramé para llamar la atención, pero el viento hacía inútil cualquier esfuerzo. Así que fui a recuperar el juguete. Con él entre los dientes, me puse a correr tras la estela del trineo. Tal era mi desesperación que tropecé con una piedra y caí sobre el cochecito. Este se hizo trizas, mientras mi cabeza quedaba bajo la nieve.
No sé cuánto tiempo estuve allí antes de que me rescataran, pero lo primero que vi fue a Papá Noel. Él sonreía y, acariciando mi morro, dijo: “por el frío tu nariz se hizo azul; no importa: serás uno de mis renos más peculiares”. Y así fue: hoy, dos narices, una roja y otra azul, lideran la cuadrilla de renos de Papá Noel.

