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Mundo Diners al día

A las puertas de abril, mes cargado de lluvia y poesía

por José Luis Barrera

'Día de lluvia. Columbus Avenue, Boston', pintura de Frederick Childe de 1885.
'Día de lluvia. Columbus Avenue, Boston', pintura de Frederick Childe de 1885. Imagen: Museo de Arte de Toledo.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

Son meses de lluvia y esta, como cualquier otro elemento, puede transformarse en vida o tragedia. Por esa dualidad, a menudo los literatos han hecho palabras de las gotas y elegías de los relámpagos. Usted, ¿se atreve a entrar en el chaparrón literario y empaparse?

Ramón Gómez de la Serna escribió que ‘la lluvia es triste porque nos recuerda cuando fuimos peces’. Nostalgia del mar. Pero ¿realmente lo es? Ni siquiera los poetas que tanto han escrito sobre el tema se atreven a dar una respuesta definitiva: para algunos la tormenta es un símbolo del drama de la vida y para otros, un refugio y un recuerdo de la infancia.

Quizá por eso no es una casualidad que marzo y abril, dos de los meses más tempestuosos, sean de poesía: el primero incluye a su Día Mundial por obra de la UNESCO, mientras que el segundo está consagrado por entero a ella en los Estados Unidos.

Hoy, le invitamos a cerrar su paraguas y a caminar sin miedo, dejándose guiar por las voces de los libros que mucho tienen que decir al respecto de la lluvia.

La lluvia latinoamericana

Pablo Neruda hizo algunas reestructuraciones en su casa de Isla Negra, la misma que se la había comprado a un marinero español cuando apenas era una ruina de piedra.  Como si estuviese trasplantando su poesía al concreto, instaló chimeneas, un torreón, ventanales y un techo de zinc. Esto último fue lo que más le intrigó a su amigo, el arquitecto Sergio Soza.

-Es para escuchar la lluvia -le dijo el escritor.

Y es que las gotas de agua potenciadas por el choque con el metal le recordaban su infancia, cuando los chaparrones del invierno austral eran el ‘único personaje inolvidable’.

Aquel que ha estado bajo uno de esos techos de zinc en medio de un aguacero, comprenderá que tal devaneo literario debió provocar más de una discusión entre los Neruda, pero el caso es que ni la muerte del dueño en 1973 pudo exorcizar ese metal de la Isla Negra. No en vano quedaron estos versos:

… la lluvia como catarata

despeñada en los techos

ahogaba poco a poco el mundo y no se oía nada más que el viento peleando con la lluvia...

Julio Cortázar, por otra parte, en un cuento dota de vida fugaz al agua, toda vez que durante los aguaceros esta nace y muere casi de forma simultánea: apenas el nimbo engendra a una gota, la obliga a precipitarse sobre las calles para que, en el mejor de los destinos, acabe escurriéndose por alguna mejilla.

Sin embargo, si en las tierras australes la tempestad era poderosa -o metafísica en el caso de Borges- en el Caribe podía durar ‘cuatro años, once meses y dos días seguidos’; así fue en el Macondo de Gabriel García Márquez. Mas, allí no existía nostalgia, sino aislamiento por culpa del agua. Los humanos, sometidos a ese elemento, quedaban cada vez más ajenos al mundo.

Incluso antes de los ‘Cien años de soledad’, cuando Macondo pululaba en cuentos y borradores de novela, la lluvia provocó monólogos -no diálogos- entre sus habitantes. Por eso, no es de extrañarse que, al amainar, la gente se atreviese a salir de sus refugios con ‘ropas de pontifical’. Y es que la lluvia, aun breve, en el Caribe tiene el espíritu de un tifón y puede hacer que el campo mute en lago. Peor tras 1792 días…

Otro colombiano, Álvaro Mutis, a diferencia de su amigo García Márquez, no tenía la sangre ardiente de la Costa sino más bien encapotada como el cielo de Bogotá: en su saga de 'Maqroll el Gaviero', la lluvia es tan triste que Ilona Grabowska, amante de aquel marino, llega y se va con las tormentas ecuatoriales.

Y por esa misma ruta va Villoro en su ‘Conferencia sobre la lluvia’, donde las tempestades se escurren dentro de los humanos y no por fuera:

Lloré, enjuagando mis lágrimas en el paraguas. Al cabo de un tiempo comenzó a llover y el agua cayó sobre mí.

Diluvio universal

'Lluvia en el templo' lámina de Hasui Kawase (1883-1957).
'Lluvia en el templo' lámina de Hasui Kawase (1883-1957).

En la China antigua la lluvia fue una metáfora del amor. Nubes y chaparrones aparecían en la poesía como símbolo de la cópula. Tiene sentido: para los pueblos del Ying y del Yang, el cuerpo solo es una extensión del cosmos y el rayo, una liberación de energía análoga a la del éxtasis.

Y aunque el Japón de los tiempos medievales estaba muy influido por su vecino del oeste, el aguacero allí se describía con ambigüedad, pues aniquila la angustia silenciosa de las tardes al tiempo que incrementa de forma superlativa el aislamiento de los humanos.

Corazón
blanqueado por la lluvia.
Carcaza golpeada por el viento

Matsuo Bashō (Japón, 1644-1694)

En Europa también llueve. Sobre todo en Inglaterra donde la literatura del siglo XIX hace aguas. En las novelas de Dickens, Óscar Wilde y las hermanas Brontë los personajes, sea en Londres o en la campiña, viven entre el cielo gris y la tierra anegada. Quizá es natural pues aquel fue un periodo de enfriamiento climático agravado por el humo de la Industrialización.

Mientras en Dickens y Wilde las calles londinenses están casi eternamente mojadas, en ‘Cumbres borrascosas’ de Emily Brontë las nubes disparan agua a cañonazos como resultado de lo que ocurre en la mente de las personas...

Heathcliff, uno de los protagonistas, atesora un odio de otra época que siempre parece a punto de explotar; resiste apenas porque su anhelo es una venganza larga y lenta, de manera que para compensar su frustración, los cielos se desangran en agua. Solo cuando el drama concluye y las cosas parecen equilibrarse hay lugar para al sol y el canto de los pájaros.

En España, Antonio Machado era más optimista: la lluvia era un símbolo del renacer y la vitalidad:

Las nubes iban pasando

sobre el campo juvenil...

yo vi en las hojas temblando las frescas lluvias de abril.

Pintura 'Día de lluvia en París' de Gustave Caillebotte de 1877.
Pintura 'Día de lluvia en París' de Gustave Caillebotte de 1877. Imagen: Instituto de arte de Chicago.

Por otro lado, Leopoldo Alas ‘Clarín’ se quejó en ‘La regenta’ de que entre marzo y abril el cielo de Vetusta -trasunto literario de Oviedo- soltase todos sus ‘humores’, de modo que los habitantes de la ciudad debían permanecer en sus casas como en sepulturas líquidas.

En Galicia, lo advierte Camilo José Cela en su ‘Mazurca para dos muertos’, la lluvia es monotonía, pero no importa ya que siempre ha estado allí y nunca se irá. Además, la sequía también es monótona: hay muerte por igual en ambos extremos.

Y es que, parece decirnos el Premio Nobel, la alegría no está en la naturaleza, sino en los humanos que, a sabiendas de su incapacidad para doblegarla, se adaptan y sobreviven para seguir haciendo poesía.

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