¿Cómo una ciudad de tres millones de habitantes se convierte en un pueblo de apenas 100.000 personas? La respuesta está en Sicarios de Quito, de Álvaro Samaniego; una novela ambientada en una ciudad distópica dividida en dos bandos, los de la Ciudadela y los de la Escaramuza, sobrevivientes cuyas vida siempre está al borde del abismo.
Más sobre Álvaro Samaniego
- Álvaro Samaniego Ponce nació en Ecuador, el 4 de noviembre de 1963.
- Periodista y escritor. Por más de 30 años ha sido reportero y editor en los principales noticieros televisivos y periódicos nacionales. También colabora con varias revistas especializadas del país y del exterior.
- Como escritor, Samaniego ha publicado seis libros: Las Voluntades Rotas, 1996; Crónicas de Héroes y Mártires, 2000; Las Reglas del Circo, 2005; La Conquistadora, 2009; Japón de Seda, 2017; Japón bajo la piel, 2018.

Sicarios de Quito
El Quito de esta historia está dividido en dos grupos de sobrevivientes. Por un lado están todos los que forman parte de la Ciudadela, un colectivo lleno de urgencias urbanas, encerrado tras una muralla para “defenderse” de otras 50 000 gentes, los de la Escaramuza, urgidas de males y necesidades parecidas, que buscan sobrevivir con lo poco que encuentran en una tierra empobrecida y seca, como un campo en medio del desierto.
El jefe de la Ciudadela es Demos Ágein, un personaje de un carácter duro y de un proceder corriente y grosero. A la única persona a quien no hace daño es a su esposa. Del otro lado está El Protector, el líder de la Escaramuza es un personaje omnipresente, al que a lo largo de la historia no se visualiza en carne y hueso. En medio está Mara, una chica arriesgada, inteligente, resoluta; apreciada y respetada por sus pares, un grupo de sicarios.
Que el Quito de esta novela haya pasado de una ciudad más o menos verde a otra totalmente desértica responde, según el narrador de la historia, a un cúmulo de causas físicas y sociales. Entre las primeras están los efectos del calentamiento global, que provocó cincuenta años de sequías continuas y la presencia de un volcán activo, que no para de causar destrozos y penurias a los integrantes de los bandos de sobrevivientes.
En esta historia, la escasez del agua es uno de los problemas más graves. En el Quito que nos muestra Samaniego no hay un solo árbol, no hay parques y tampoco un solo lugar en toda la ciudad en el alguien se pueda proteger a la sombra de la fuerza del sol. Lo único con lo que cuentan los sobrevivientes es un sembradío de maíz y tres escuálidos oasis que florecieron de milagro en las zonas donde antes estaban los valles colindantes.
La idiosincrasia quiteña
Samaniego, también juega con la idiosincrasia ecuatoriana. En ella el autor deposita varias de las causas sociales que destruyeron Quito. En la novela, el lector se encuentra con personajes de carácter displicente, quemeimportistas y autosuficientes, que se aprovechan de los otros y que son racistas y clasistas. Como dice el narrador, personas que siempre quieren sacarle el máximo provecho al refrán: “el vivo vive del tonto y el tonto de su trabajo”.
En este Quito distópico hay una lucha vehemente entre pobres y ricos. La clase ‘media pobre’ -así la llama el narrador de la historia-, que es parte de la Escaramuza vive cerca de los pequeños oasis que aparecieron en los antiguos valles, mientras que los de la Ciudadela pasan sus días, muchos de ellos resignados, al otro lado una muralla. Lo que es idéntico dentro de los dos grupos es que todos compiten por alcanzar poder y reconocimiento.
Seguro el lector se dará cuenta que las hojas de vida de los comandantes de la Escaramuza se parecen a la de algunos utópicos guerrilleros de antaño, cuya línea de acción era, en teoría, la búsqueda de la igualdad y la justicia social. Solo hay que prestar atención a las bitácoras vivenciales de personajes como Mara, Gina, Zoilo Méndez y ver la lucha que emprenden en contra de Demos Ágein y que queda trunca por el volcán.
Entre los mejores momentos de la novela está pasaje en el que aparece la referencia a Manuel Almeida, el cura ranclado que usaba como escalera, para salir a realizar sus correrías, al mismísimo cuerpo del Jesús crucificado; o la referencia a la Casa de las Mil Almas, una construcción de estricta raigambre popular que -según el texto- se levanta o levantaba en los arrabales de Los Dos Puentes, entre las calles Bahía de Caráquez y Huancavilca.
Lo interesante es que el Quito distópico de Samaniego está lleno de referencias a personajes y momentos claves de la historia de la ciudad. Como si quisiera tender un puente entre el pasado y el futuro, para que el lector se cuestione sobre el ahora, sobre esa ciudad que aún no es destruida ni por los poderosos ni por el calentamiento global.


