En 2024 se cumplen cuarenta años de la muerte de Julio Cortázar y 110 de su nacimiento. Con Rayuela, se convirtió en uno de los escritores con mayor peso entre los jóvenes de los años sesenta. Sin embargo, desde hace algún tiempo la obra ha perdido esa influencia y ha pasado a ser el libro que difícilmente se vuelve a leer.
Posiblemente Julio Cortázar sea uno de esos escritores que se recuerda más como figura literaria que como escritor. Antes de publicar Rayuela, en 1963, ya era reconocido como un cuentista de una gran destreza técnica, enmarcado en la tradición del relato fantástico del Río de la Plata. “Casa tomada”, “El perseguidor”, “La noche boca arriba”, “Continuidad de los parques”, “No se culpe a nadie” pueden estar ubicados entre los mejores cuentos de la lengua castellana.
Sobre todo, era reconocido como el gran Cronopio, uno de esos seres imaginarios que creó y que representan la vida libre, alegre, poética, ajenos al statuo quo de las “famas” y la quietud de las “esperanzas”. Era el hombre libre y con una sensibilidad especial para descubrir lo fantástico en lo cotidiano y sorprenderse de lo más elemental. Era el hombre altísimo y con cara de niño que se fue de Buenos Aires a París para escribir y que nunca dejó de ser un niño, un Peter Pan como él mismo reconoció en Revelaciones de un cronopio. Era el escritor que ya no solo daba placer, sino que generaba complicidad con sus lectores.
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