
¿Qué tiene en común las mentes geniales de Fiódor Dostoievski, Virginia Woolf, Andy Warhol y otros artistas? Un cerebro que era una auténtica caja de pandora, con más neuronas que estrellas en la vía láctea.
El símil con atisbos de poesía, que acaba de leer, le pertenece a Mario de la Piedra Walter un neurocientífico que valora tanto la medicina como el arte. Con su cabeza inquieta se dio a la tarea de hurgar en las mentes de los artistas para saber qué tienen de especial. El resultado es Mentes geniales, un libro en el que levanta un exhaustivo catálogo de los trastornos que padecieron algunas de las figuras más representativas de la música, la pintura, el muralismo y la literatura.
El punto de partida del autor es la primera experiencia estética de la humanidad, que se remonta tres millones de años atrás. Un individuo clasificado por la ciencia como un Australopithecus se encontró una piedra que por el desgaste del agua sobre su superficie tenía “dibujado” un rostro humano. Ese ser que encontró la roca, cargó con ella por todo el valle de Makapansgat, al norte de la provincia Sudafricana de Limpopo. Era un rostro familiar y se parecía a él. La semejanza generó un vínculo y aquel trashumante prehistórico murió atesorando este artefacto.
Dostoievski, la epilepsia y la belleza
El lenguaje escrito es un acto revolucionario, tal vez la cosa más importante que nos ha pasado como especie. El planteamiento de De la Piedra Walter se sustenta en la fiabilidad que tiene esta forma de expresión que convertida en literatura “es la que más nos acerca como individuos”. Por ende, según el autor, los libros nos ayudan a entendernos a nosotros mismos y “al otro”. Un otro que, como Fiódor Dostoievski (1821-1881), puede ser un espejo de contradicciones. Hijo de un cirujano, la enfermedad fue una constante desde su niñez hasta que murió.
Dostoievski explora con maestría el amplio espectro de nuestras emociones, desde los aspectos más nobles hasta las acciones más míseras".
Mario de la Piedra Walter, Mentes geniales.
La epilepsia fue su contante de vida y de escritura. En su obra, seis personajes padecen epilepsia, una enfermedad que en buena parte de su literatura define el desenlace de su obra. Por ejemplo, en Los Hermnos Karamázov, Smerdiákov se vale de su enfermedad para elaborar la coartada del crimen de su padre y culpar a su hermano. La escritura de Dostoievski es de exploración. Los protagonistas de sus obras son individuos que hurgan en sus dolores, siempre solos. Su propuesta ideológica es que un instante de dicha puede eximir toda una vida de miseria.
Antes de sus ataques de epilepsia, que a falta de tratamiento cada vez se volvían más fuertes y constantes, el escritor vivía una experiencia casi mística. “Durante algunos momentos conozco la felicidad imposible de concebir en estado normal. Experimento una armonía completa entre el mundo y yo, y esta sensación es tan fuerte, tan suave que, por algunos minutos de ese gozo se podrían dar diez años o incluso toda la vida”.
Sinestesia, la prima de la creatividad
Franz Liszt tenía una cualidad peculiar. Podía visualizar la música. Lo hacía porque tenía una condición conocida como sinestesia, por la que la estimulación de un sentido produce una experiencia en un otro. Liszt era un sinestésico auditivo visual y asociaba ciertos colores a sonidos.
Otro sinestésico, quizá el más famoso, es el pintor ruso Vasili Kandinski. Para sus cuadros elegía nombres como Composición, Improvisación o Impresión. Lo hacía porque, apegado a la música, pretendía construir un ciclo de sinfonías.
Mario de la Piedra Walter, señala que durante muchos años se creyó que la sinestesia era una condición excepcional que solo se daba en una de cada cien mil personas. Pero se ha demostrado que es mucho más frecuente. Por citar un caso, la sinestesia grafema color (asignar a cada letra un color) afecta a una de cada cien personas.
La prevalencia de esta condición entre artistas ha llevado a tejer una posible relación entre la sinestesia y la creatividad. Y es que la padecían también Charles Baudelarie, Arthur Rimbaud, Alexander Scriabin, Vladimir Nobokov…
Espectro autista y el genio Andy Warhol
Empecemos con una aclaración. Andy Warhol y cualquier individuo en el espectro autista no padece una enfermedad mental. El autismo es un trastorno del neurodesarrollo, es decir, una variación del comportamiento. Dicho esto, volvamos a Warhol y el pop art, un movimiento artístico de inicios del siglo XX que lo tuvo como su abanderado. Durante su infancia, su salud fue frágil. Tuvo fiebre escarlata y después de eso desarrolló una enfermedad del sistema nervioso conocida como el baile de San Vito. Estuvo en cama durante varias semanas porque sus extremidades se movían sin control.
Desde pequeño, Andy Warhol mostró síntomas de ansiedad social y tuvo problemas para relacionarse con otros niños”.
Mario de la Piedra Walter, Mentes geniales
La repetición, el comportamiento inflexible y los intereses limitados son condiciones importantes en el diagnóstico de autismo. Pero Warhol, no las padeció y más bien hizo de ellas el emblema de su arte. Los rasgos que lo excluyeron de sus colegas de infancia, fueron los pilares de su obra. Para aterrizar estas palabras basta con remitirse, por ejemplo, a su trabajo más icónico: Latas de sopa Campbell.

Más que enmascarar sus comportamientos o rasgos autistas, Warhol los explotó. No encajaba en el mundo del diseño de su tiempo y creó uno propio.
Mentes geniales con el cerebro en llamas
Virginia Woolf, Sylvia Plath y Anne Sexton están hermanadas por dos categorías. Son consideradas las escritoras más grandes en lengua Inglesa, del siglo XX. Y las tres eligieron cómo y cuándo morir. Buscaban sentido a un universo que no lo tiene. Así como lo hace Sísifo, el personaje que Albert Camus usa para evidenciar la condena del hombre posmoderno: repetirse una y otra vez hasta que llegue la muerte.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) más de 700 mil personas se suicidan cada año. De ellas, el 50% tiene depresión mayor o desorden bipolar. Woolf es parte de esta estadística. Su bipolaridad estaba relacionada con la historia siquiátrica de su familia y con los abusos que sufrió durante su infancia.
Sylvia Plath también estuvo marcada por la pérdida. Su padre, un alemán autoritario murió cuando ella era niña. La madre, una maestra de escuela, no dejó nunca de recordarle los sacrificios que debió hacer por ella y su hermano. A los ocho años publicó su primer poema y llenó la casa de premios. Pese a sus continuos y fuertes periodos de inestabilidad, fue alumna destacada del Smith College y ganó una beca Fullbright para estudiar en Cambridge. Antes de suicidarse, en 1963, escribió textos furiosos y gélidos. En su arrebato creativo, antes de su muerte nos dejó “Papi”:
Tú ya no, tú ya no
me sirves, zapato negro
en el que viví treinta años
como un pie, míser ay blancuzca
casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar
Los periódicos no reseñaron la muerte de Plath, pero sí la de Anne Sexton. Fueron amigas profundas, lo que no impidió que Sexton, le reprochara habérsele adelantado:
¡Ladrona!..
¿cómo te arrastraste dentro,
Te arrastraste sola
Hasta meterte en la muerte que yo ansiaba tanto y desde hace tanto,
Sexton, la igual que Wolf, sufrió abusos desde pequeña. Y empezó a escribir por recomendación de su siquiatra, como ayuda en la terapia. Su obra, absolutamente confesional, explora temas tabúes en su época: sexualidad femenina, violencia doméstica y enfermedad mental. Murió en 1973. Se encerró en el garaje y encendió el auto. Se intoxicó por el dióxido de carbono.
Los tormentos no definen a los artistas. Son ellos con todo y sus turbulentas historias los que encontraron en el arte una forma de apaciguar sus demonios y persistir. Como Sísifo, rodando siempre la roca en una empinada cuesta. Aun en el sinsentido de la vida, la literatura, la pintura, la música están ahí para recordarnos que hay un presente al que, a ratos, vale la pena sobrevivir.

