
En Cuenca, los libreros de Palier, Sodilibro y Biblos Mauricio proponen una forma de lectura cómplice, cercana y afinada a la intuición de los lectores. Este artículo recorre tres librerías donde, por suerte, los libros se eligen con la sensorialidad de la mano y la destreza del instinto.
Palier Café libro: una librería bailable

En el Centro Histórico de Cuenca, justo en la planta baja de la Casa de la Cultura (Luis Cordero y Presidente Córdova), se encuentra Palier Café libro, un espacio para pedir un capuchino, entregarse al trabajo, y, al caer la noche, “sacar los pasos prohibidos”. La entrada anuncia la singularidad de esta librería: paredes rojas, un jardín colgante, un mural con la figura de una mujer de ojos cerrados rodeada de helechos, y un par de mesas con sillas metálicas. Adentro, un gran sillón rojo reina en el centro, mientras la estación de café presenta etiquetas dispersas: -ficción, utopía, simbolismo…- como un cariz de su curaduría.
Especializada en ciencias sociales y literatura hispanoamericana, Palier rehúye de las tendencias. No hay novedades ni listas de más vendidos. “Mostramos el catálogo completo de editoriales porque ahí está su identidad”, explica Germán Gacio, el librero y fundador de este refugio editorial.
Editor del sello La caída, sociólogo, cineasta y migrante, Gacio recorrió América Latina durante años como un peregrino con maletas anegadas de libros. Su pregunta de partida era simple: ¿por qué en Buenos Aires era tan difícil encontrar literatura de países vecinos? Esa duda lo convirtió en librero itinerante. Y luego, en editor. En 2017, ya instalado en Cuenca, fundó Palier con una consigna: crear desde la periferia una librería que desobedeciera la lógica de las novedades.
En los estantes se hallan géneros como narrativa, teatro, ensayo, sociología, comunicación, filosofía y pensamiento crítico; casi todos ellos firmados por editoriales independientes de la región, y, por supuesto, las obras de La Caída como ‘El impulso femenino de saltar por las ventanas’ de Abril Altamirano o ‘El dios del árbol’ de David Aguirre.
Palier comenzó como un proyecto dentro del centro cultural República Sur, con horarios poco convencionales. “Abría a las dos de la tarde y cerraba a las tres de la mañana”, recuerda Gacio. Hoy, ya en su hogar actual, la librería conserva ese aire divertido: se presentan libros, se organizan lecturas, se dictan talleres y, algunas noches, se sube el volumen del reguetón. Sí, reguetón.
Para Gacio, ser librero es ser un puente entre el lector y el libro. Entre sus recomendaciones hay obras como ´Todas las obras acabadas´ de Ioshua, poeta y performer argentino cuya vida marcó a una generación. ‘Una mesa más larga’, del ecuatoriano Santiago Rosero, crónicas sobre gastronomía, e ‘Irse yendo’, una novela de la dramaturga uruguaya Leonor Courtois, que indaga en la memoria y la migración.
Biblos Mauricio: un gabinete de curiosidades

Esta librería bien podría ser el set de una escena cinematográfica. Con una entrada discreta en el Centro Histórico (Presidente Córdova y Luis Cordero), ocupa el segundo piso de una casa antigua con balcones de madera, por donde la luz del sol irrumpe cálida. Desde fuera, la fachada parece mordida por los años; y al cruzar la puerta, se revela un caos fascinante: pilas de libros sobre sillas, vitrinas desbordadas, estanterías ensambladas con bloques de cemento desnudo y tablas rústicas. Incluso el suelo de madera sirve de anaquel. A un obsesivo del orden sí que le temblaría el párpado, pero aquí hay una lógica: la del librero.
Mauricio Ponce lleva más de treinta años en el oficio. Empezó en Quito y, desde hace ocho años, está en Cuenca. Viste con traje y sombrero, huele a tabaco, y camina entre libros como quien recorre un laberinto de memoria. “Esto no es una profesión de paso”, dice con una voz tan grave como la del norteamericano Tom Waits. La presencia de Ponce impone, pero más lo hace su devoción por el oficio.
En esta librería de segunda mano no se recomiendan títulos. Se invita a hurgar y para eso hay que estar dispuesto a ensuciarse las manos. “El libro guiña el ojo”, dice. Su método es el de la intuición. Hay títulos en español, inglés, francés, alemán y latín. Las categorías van desde tratados de esoterismo y filosofía hasta literatura ecuatoriana y universal, antropología y religión. Un archivo gigantesco donde el azar baraja lo suyo.
Ponce descubre sus lecturas por temporadas. Se sumerge en un tema -la independencia, Bolívar, la historia de Cuenca- hasta agotarlo. “Se aprende a leer leyendo” afirma con una carcajada. Contra los prejuicios, sus clientes más asiduos son jóvenes. “Es mentira que los jóvenes no leen”, explica. La mayoría de sus lectores buscan, preguntan y regresan. Y así, en bucle.
Esta casa de libros ofrece la posibilidad de perderse entre texturas rayadas, dedicatorias secretas y ediciones que, vistas de cerca, son una reliquia. En sus estantes se encuentran ejemplares como los de Jorge Enrique Adoum, Juan Montalvo o Juan León Mera.
Sodilibro: un sueño, dos amigos

En 1991, dos amigos y jóvenes universitarios -Luis Peralta y Vinicio Izquierdo- decidieron fundar una sociedad para difundir la ciencia y la cultura a través del libro. Así nació Sodilibro, una librería que con el tiempo se volvió emblemática en Cuenca. Hoy cuenta con más de 19 000 títulos y ocupa dos pisos llenos de estanterías rojo oscuro, lámparas colgantes y pasillos que tienen la atmósfera de una biblioteca universitaria.
“No somos una librería especializada. Aquí se puede encontrar desde arquitectura y medicina hasta espiritualidad y literatura juvenil, dice Peralta, quien además es economista y melómano. Las categorías de esta librería son un abanico amplísimo que incluye textos didácticos, técnicos. Hay desde diccionarios de ruso, tomos de medicina veterinaria, y otros que relatan la vida del Papa Francisco. En la categoría de la literatura ecuatoriana, se ven títulos recientes como ‘Manuscrito de una corónica inconclusa’ del guayaquileño Raúl Vallejo o Nuestra piel muerta de la cuencana Natalia García Freire.
Más allá del catálogo nutrido, Sodilibro también es un espacio cultural. Se realizan presentaciones, clubes de lectura y conversatorios. “Es nuestra forma de contribuir a la cultura de Cuenca”, explica Peralta. También denuncia un problema estructural: muchos libros ecuatorianos no llegan a las librerías locales. “Vamos a ferias internacionales y encontramos allá libros que aquí nunca vimos. Falta una política de circulación más clara”.
Entre los libros más buscados en esta librería figuran El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, un título que, según Peralta, “siempre se queda corta por la frecuencia con que se agota”; los ensayos del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, cuya obra circula constantemente; y, por coyuntura reciente, los títulos de Mario Vargas Llosa, cuyo fallecimiento reavivó el interés de los lectores.
Bonus track: Librimundi

Ningún recorrido por las librerías de Cuenca estaría completo sin mencionar a Librimundi, un clásico con dos sucursales en la ciudad (en el Centro Histórico y en el Mall del Río) y en tres ciudades del país. Aquí se encuentran bestsellers, literatura universal, novelas gráficas y títulos en inglés. Es un espacio bien surtido en donde se presentan libros y talleres de creatividad. Si Palier busca lo independiente, Mauricio lo olvidado y Sodilibro lo enciclopédico, Librimundi ofrece lo visible: un espejo de lo que circula en Ecuador hoy.

