
Todos los novelistas que pudieron con legitimidad declararse parte del boom latinoamericano han muerto, salvo Mario Vargas Llosa, quien a sus 87 años publicó la que dice será su última novela: Le dedico mi silencio. Han de tener cuidado los escritores al autodecretarse jubilados. Por una parte, tienen que estar muy resueltos a no reincidir en la tentación de publicar. Y por otra, se espera que su obra postrera sea de calidad tal que quepa decir que es un auténtico “broche de oro”, que cierra dignamente su peripecia vital y literaria. Un paso difícil, los autores son malos críticos de sus propios libros. Ya vimos a otro caballero de la orden del boom, Gabriel García Márquez, sellar su carrera con un librito titulado Memoria de mis putas tristes que no fue un broche, sino una lápida.
Lo último de un gran autor debería hacernos extrañarlo, aunque todavía estuviese vivo y eso sí lo ha conseguido el peruano con Le dedico mi silencio. En su producción no hay mucha distancia entre las grandes obras y las menores. No podríamos decir que este esfuerzo final logra la categoría de La fiesta del Chivo o Conversación en La Catedral, pero tiene una característica que no se manifiesta de manera tan clara en todo lo anterior: delata al ser humano, muestra gran amor por el Perú, encarnado en una afición desmesurada por su música y mucho respeto por la cultura de su país.
Enamorado de la música peruana
Esta novela es un autorretrato expresionista, en tonos ocres, de ese peruano enamorado de su tierra. El trasunto detrás del cual se enmascara el novelista es Toño Azpilcueta, el intelectual “que más sabía (y más escribía) sobre la música y los bailes que componían el folclore nacional”, fracasado, pobre, poseído de una desagradable fobia a las ratas, era un reivindicador de lo huachafo, cuyo entusiasmo lo lleva al borde la demencia, en la que de cierta manera termina por sucumbir. Este personaje oye en una ocasión al joven guitarrista Lalo Molfino, proveniente de la región de Chiclayo, que lo impresiona con su excepcional talento. El músico fallece poco después y Azpilcueta se dedica a investigar su vida para hacer su biografía.
No adelanto información, pero encontrarán que este Lalo Molfino es una parábola radical e impresionante de lo latinoamericano. A lo largo de la obra, que es más bien sencilla, lineal a pesar de algún intento de jugar con los tiempos, se desgrana la notoria erudición del autor en los temas abordados y, además, deja ver que realizó concienzudas investigaciones exprofeso. Maneja la historia del vals y de otros aires a su gusto y sabor. Conoceremos a los grandes compositores e intérpretes; y a los que ya conocíamos, como Chabuca Granda, terminaremos amándolos.
Crónica y documento, es la elegía generosa del valsecito y de la identidad huachafa, a la que llega a proponer como la utopía en la que se reconciliarán todos los peruanos. Con esto Vargas Llosa nos sorprende gratamente, haciéndonos olvidar el fallido ensayo La utopía arcaica.

