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Mundo Diners al día

Katya Adaui: “No hay que tenerles miedo a las bibliotecas”

por Gabriel Flores Flores

Katya Adaui
La escritora peruana Katya Adaui, en los exteriores de la biblioteca de El Ejido. Foto: Víctor Vergara.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

La escritora peruana Katya Adaui llegó a Quito como una de las invitadas de la Feria Internacional del Libro 2025. Con ella conversamos sobre uno de sus lugares favoritos en el mundo, las bibliotecas.  

En el parque El Ejido, a unos pasos de la parada del Metro, está una de las bibliotecas públicas más pequeñas de la ciudad. Acomodada en unos asientos de  piedra que están cerca, Katya Adaui -que acaba de lanzar un nuevo libro de cuentos titulado Un nombre para tu isla- conversó con Mundo Diners sobre las bibliotecas públicas y privadas; espacios que para muchos son indispensables en la vida.  

Katya Adaui

¿Por qué es importante que sigan existiendo las bibliotecas públicas? 

Porque para muchísimas personas, las bibliotecas públicas todavía son el primer espacio gratuito de contacto con los libros. Son espacios en los que puedes sentarte a leer de manera privada, silenciosa y anónima. Son como un lugar de fomento de la empatía y la sensibilidad, espacios que te permiten tener una mirada piadosa del mundo. Bibliotecas como esta de El Ejido, con estos ventanales para ver el parque son una belleza. También está bueno que tengamos algunos libros en casa y que en la escuela y el colegio se fomente más la lectura. Leer desde la primera infancia, de alguna manera, te prepara para la vida y te hace entender la existencia de otros. 

¿Cuál fue y qué recuerdas de la primera biblioteca pública a la que entraste? 

A la primera biblioteca pública que entré fue a la Nacional del Perú, que por esos años estaba en el centro de Lima. Me dejó impresionada y atarantada, porque pensaba cómo era posible que hubiera tantos libros. Para mí era lindo ir y pedir prestado un libro y sentarme a leer ahí. También iba a hacer trabajos. Me acuerdo de uno sobre Santa Rosa de Lima. Estar ahí para mí era un ejercicio espiritual muy bello. Ahora que vivo en Argentina, un país con muchas bibliotecas públicas, puedo ir a cualquier barrio y encontrarme con una. Además son bibliotecas que casi siempre tienen vistas hermosas y que te invitan a hacer una pausa, a detenerte. 

¿Había biblioteca en la casa de tu infancia?

Yo no tuve biblioteca en la casa de mi infancia. Lo que había era un estante a ras del suelo. Mi papá era profesor y tenía dos trabajos y mi mamá era secretaria y además ama de casa con dos hijas muy pequeñas, pero los dos eran lectores. Mi mamá les compraba enciclopedias a los vendedores ambulantes.

Lo lindo era que estos libros estaban en este estante a ras del suelo. Me contaron que yo desde bebé iba sacaba el libro, lo babeaba y le caminaba encima. Me parece interesante ese acto de tocar el libro y de preguntar qué decía lo que estaba junto a los dibujitos estando muy pequeña. Recuerdo que también había libros de A. J. Cronin. y la Biblia, que estaba entre lo más literario de ese estante. 

¿Cómo marcó tu existencia la cercanía con esos libros?

Para mí fue muy importante poder abrir la puerta de ese estante y sacar los libros. A los 12 años me encontré ahí con Matar a un ruiseñor de Harper Lee y me cambió la vida. Aprendí a leer por placer y a leer cualquier cosa sin ningún sistema posible. Luego en la biblioteca de la escuela decidí que yo también quería escribir. Tuve una vocación temprana porque accedí a los libros muy chica. Además, la biblioteca era el lugar al que iba a refugiarme porque tenía viejos que peleaban. Ese silencio y poder imaginar otras cosas y poder viajar sin salir de ese espacio fue fascinante. 

En ‘Bibliotecas’ cuentas que en tus años de adolescencia te propusiste como objetivo de vida tener tu propia biblioteca. ¿Cómo te fue con eso?

Sí, tuve mis estantes en Lima, como ahora tengo otros en Buenos Aires y en todos he juntando a mis autores y autoras favoritas. Trabajé desde muy chica y me fui comprando libros de Susan Sontag, Clarice Lispector, Virginia Woolf. Lo bueno de viajar, como ahora a Ecuador, es que entre los amigos se intercambian libros y se conoce a nuevos escritores. Estar en contacto con los países vecinos es lo que me ha permitido formar una biblioteca latinoamericana, que es la que a mí más me conmueve y más me interesa. Nunca he tenido más de cien libros. Me encantaría tener más pero no puedo porque son muy caros. Siguen siendo un lujo para mí.

¿De Ecuador con qué te has encontrado?

Los primeros libros que tuve fueron los de Solange Rodríguez, a la que considero la precursora de la literatura de terror acá en Ecuador. Solange fue la primera escritora ecuatoriana que me deslumbró y conmovió, así que quise conocerla y ser su amiga. Luego, también he leído a María Paulina Briones y Santiago Toral Reyes. 

Siguiendo el ejercicio que Aldous Huxley hace en Si mi biblioteca ardiera esta noche, ¿qué libro salvarías de las llamas?

Estoy pensando en esta idea de salvar a las mujeres y a los niños primero. Así que salvaría los libros de Katherine Mansfield, Virginia Woolf y Carmen Ollé. Ellas son mis autoras formativas y a las que sigo leyendo, porque su literatura ha envejecido bien. Ojalá mi propia escritura también envejezca igual. Ellas fueron mi casa, mi hogar, mi compañía para resistir, las que me dijeron que es posible tener un cuarto propio y las que me recuerdan que ahora necesito un tiempo propio y confiar en mi escritura y en el trabajo constante. 

¿Qué biblioteca recomienda visitar Katya Adaui? 

Recomiendo que visiten las bibliotecas locales. En Lima hay muchas bibliotecas distritales y la gente ni siquiera sabe de su existencia. Me acuerdo que muchas veces, cuando estaba en el colegio me mandaron de castigo a la biblioteca y verla así es triste, porque es un espacio lindo en el que puedes estar en silencio, donde nadie te molesta y puedes leer a tu ritmo; obviamente es un lugar de gozo y de reencuentro con uno mismo y con los demás. No hay que tenerles miedo a las bibliotecas. No hay nada en una biblioteca que nos vaya a asustar. 

¿Te seduce la idea de algún día ser bibliotecaria? 

Siempre me ha seducido esa idea, porque a la persona que más quise en mi colegio fue a la bibliotecaria. Era un amor. Me permitía sacar cinco libros por semana. Me gustaba ver mi firma detrás de cada libro y no lo digo jactanciosamente sino porque mi casa no era un lugar muy feliz para mí, entonces, solo quería estar ahí y leer. Puedo decir que me salvó la vida, porque me salvó la mente. Y sí, en algún momento me gustaría devolver eso que ella hizo por mí. No sé si lo haría tan bien, pero me parece un oficio precioso. Uno siempre se acuerda de quien le prestó libros.

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