No todos los best sellers son iguales. Hay unos que se deshacen como golosinas baratas y otros que demuestran que el éxito de ventas no está reñido con la calidad narrativa. Joël Dicker (Ginebra, 1985) ha logrado instalarse en este segundo grupo. Es un autor que, sin renunciar a los mecanismos del thriller clásico, sabe condimentar con altas dosis de suspenso, misterio, glamur y, sobre todo, con una estructura narrativa que desafía al lector.
Un animal salvaje es una historia donde cada elemento está perfectamente dosificado, donde los giros argumentales se encadenan con precisión de reloj suizo y el placer de la lectura se ve potenciado por una ejecución narrativa que, a pesar de sus excesos, resulta eficaz y hasta adictiva.
La novela arranca con un atraco, pero no se trata de resolver un crimen, sino de mostrar los días previos a ese hecho, como si se tratara de una cuenta regresiva hacia un estallido. Es en esa estructura —titulada con fechas que se tachan como si uno mismo llevase el calendario de los días que quedan para el desastre— donde Dicker despliega su mayor destreza: el manejo del tiempo.
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