Jorge Izquierdo es el autor de Los expulsados del reino (Piel de Zapa), una novela que ficciona la salida forzosa de los jesuitas de la Real Audiencia de Quito. A través de este relato, el autor lleva a sus personajes a reflexionar sobre la migración, la cultura de la cancelación y la redención.
A estas alturas, catalogar de experimental la literatura de Jorge Izquierdo, quien firma como Salvador Izquierdo, resulta un lugar común. Lo más certero sería mencionar que, después de publicar las novelas Una comunidad abstracta (2015), Té faruru (2016), El nuevo Zaldumbide (2019) y Los expulsados del reino (2026), su obra es “juguetona”. Sus textos bien pueden concebirse como juguetes literarios: artefactos de divertimento que no por ser lúdicos carecen de seriedad. Todo lo contrario, él siempre busca incomodar al lector y generar tensiones alrededor de temas que son espinosos.
Para lograrlo, no importa si tiene que juntar una novela cómica con textos apócrifos, relatos con aire autobiográfico y frases en spanglish, como sucede en Los expulsados del reino. Tampoco duda en poner el dedo en la llaga al abordar a los jesuitas —la orden religiosa que educó a su abuelo y a su padre— ; rescatar a una de las figuras más polémicas de la historiografía local como el padre Juan de Velasco, o sembrar cuestionamientos sobre la cancelación de un músico local tras la denuncia pública de su expareja. De estos y otros dilemas conversa Izquierdo con nosotros en esta entrevista.
¿Qué provocó tu interés por volver tras los pasos de los jesuitas expulsados en 1767 de la Real Audiencia de Quito?
Revisando los libros de la Biblioteca Ecuatoriana Mínima, la colección que dirigió el padre Aurelio Espinosa Pólit, me llamó la atención el tomo dedicado a los Jesuitas del Extrañamiento (los expulsados en 1767) y leí el prólogo. Espinosa Pólit estaba seguro de que la historia del país habría sido distinta sin la expulsión de los religiosos. Luego recordé que él también debatía todo lo que Alejandro Carrión escribió sobre esta comunidad en Los poetas quiteños de ‘El ocioso de Faenza’. Esas peleas chiquitas entre escritores o artistas, que a nadie le importan, siempre me han atrapado.
¿Cuál era tu relación con los jesuitas antes de comenzar a escribir Los expulsados del reino?
Mi abuelo y mi padre fueron educados por jesuitas; entonces crecí en un entorno donde siempre se hablaba bien de ellos. Lo más natural para mí habría sido seguir esa línea, pero decidí jugar un poco, porque no me gusta la mistificación. Siempre intento meter el dedo en la llaga e incomodar. Para mí, la literatura y el arte están para producir esas tensiones. Además, la orden siempre ha levantado pasiones. Hay gente que los adora y otra que, de frente, dice que fueron lo peor del proceso colonial.
En un pasaje del libro, uno de los personajes reflexiona y dice: “Escribir y hablar de historia, en términos llanos, es la tarea de rememorar lo que jamás pasó”.
Esta idea de que la historia es un invento no es nada disruptiva de mi parte, pero creo que sí lo es si lo escuchas en boca de un jesuita del siglo XVIII que está siendo expulsado del lugar en donde vive. En otra parte de la novela jugué con esta noción de que la historia la escriben los vencedores y yo agregué que la leen los perdedores.
En la primera parte de la novela, los jesuitas hablan de hechos y acontecimientos ocurridos en los siglos XIX y XX. ¿Qué hay detrás de esta conexión entre pasado y futuro?
Quería conectar el exilio de los jesuitas con otros destierros. El primero que se me vino a la mente —y que, quizás en un mundo paralelo, me habría sentado a escribir— es el que produjo el feriado bancario. Luego, hablar de los procesos migratorios actuales es ineludible. En la novela, los religiosos se lamentan por lo que están experimentando y, al mismo tiempo, se solidarizan con las tragedias que afrontan los migrantes de finales del siglo XX. Es la historia de la humanidad: grupos de personas que salen por la fuerza de un lugar y otros que entran obligados a otro.
Mientras la novela avanza, el lector descubre que esta historia no solo trata de expulsiones físicas, sino de las cancelaciones sociales de todo tipo.
En el relato Es demasiado pronto para saber, uno de los personajes se cuestiona sobre la cultura de la cancelación; él mismo se reconoce como parte de ella. Entiende que cayó en la trampa y que decidió censurar a una persona, pero luego comienza a dudar. Gran parte de esta novela aborda el tema de la duda, la redención y los sufrimientos colectivos. Los personajes de mi libro quieren redimirse. Los jesuitas expulsados se preguntan si van a poder regresar, si la gente los va a aceptar de vuelta y creo que, en un punto, eso nos pasa a todos. Dudar siempre me ha parecido positivo porque te lleva a buscar nuevas respuestas.
En ese mismo relato, donde ficcionas un hecho ocurrido entre un músico y una cineasta local, el narrador lanza una fuerte crítica a la cancelación que se vive en las redes sociales.
Lo que piensa ese personaje sobre la cancelación en las plataformas virtuales es que hay que dudar. Personalmente, no creo que un escritor o un libro estén para aleccionar a nadie. Si me preguntan, yo recomendaría estar alejado lo más que se pueda de las redes sociales, porque son tóxicas y hacen daño en muchos sentidos. Pero no es fácil, porque uno quiere el ruido, ser parte de ese mundo, sentirse integrado. Sin duda, los comportamientos que se han generado en estos espacios digitales han producido más sufrimiento que felicidad. La gente cree que eres lo que publicas, que si no te pronunciaste o no te solidarizas con una causa, no te importa, y eso es falso.
Este personaje también critica las posiciones políticas de la escena cultural local. No habla mal de la izquierda, pero sí de los "izquierdosos".
Es lo que piensa un personaje que está resentido y que tiene mucho sufrimiento detrás. En Ecuador y en Latinoamérica hay mucha tensión alrededor de la izquierda y de la derecha, categorías que, si somos sensatos, en este punto son más simbólicas que reales. Creo que tanto las personas de izquierda como las de derecha tienen que dejar de querer que los otros fracasen solo porque no piensan igual que ellos. Todos deberíamos querer que las cosas funcionen, independientemente de quién las lidere.
¿Después del premio que recibiste por tu novela anterior, El nuevo Zaldumbide, viviste una especie de cancelación? ¿Te acusaron, como a uno de los personajes de Los expulsados del reino, de ser un escritor de derechas?
Sí, me han acusado de ser un escritor de derechas. Y con relación a lo que pasó con mi anterior novela, no me cancelaron, pero sí me maltrataron un poco y me dolió; sin embargo, aproveché para sacar algunos aprendizajes. En la vida, seas quien seas, tienes que atravesar tribulaciones para las que no estás preparado.
En Los expulsados del reino también aparece el padre Juan de Velasco, otro cancelado.
El padre Juan de Velasco es un personaje que quiero y con el que he creado un lindo vínculo. Creo que hay que rescatar su obra y no condenarla al olvido. Sí, a él también lo cancelaron. Lo expulsaron del país y no le permitieron publicar su libro. Tuvo una pequeña redención cuando finalmente se publicó su obra, pero lo volvieron a censurar porque decían que sus escritos no eran suficientemente científicos. Me gusta pensar que Los expulsados del reino podría ser su segunda reivindicación, que se lo vuelva a leer.
¿Te quita el sueño que algún día te “expulsen del reino”?
No, para nada me quita el sueño. La verdad es que tampoco me siento muy del «reino». Trabajo en un lugar fantástico, tengo una vida familiar bellísima, de compañía, de apoyo, de solidaridad, de complicidad. Tengo amigos, comunidades y cosas que me interesan. También siento que no pertenezco totalmente ni aquí ni allá, por eso para mí no sería una sorpresa convertirme en expulsado. Además, soy consciente de mi individualidad.

