
El escritor argentino Guillermo Saccomanno es el más reciente ganador del Premio Alfaguara con Arderá el viento, una novela que demuestra cómo el sexo, el dinero, la corrupción y el poder son el motor de cada hecho que sucede en el pueblo imaginario la Villa.
Un cadáver con impactos de bala -nadie vio nada; todos miran siempre a otro lado-. Dos chicos friquis, Lazlo y Aniko; él se entretiene fabricando bombas molotov y ella se hace la ocultista y dominadora del I-Ching. Del arribo de los Esterházy desde Hungría a la Villa (refugio de nazis) para inaugurar el lúgubre hotel Habsburgo, y de la manera en que el pueblo se sacude ante su llegada nos cuenta Guillermo Saccomanno en Arderá el viento (Alfaguara, 2025).
Hugo, patriarca y artista, quiere pintar la nada y lucha contra la tela en blanco. Moni, la madre, intenta ser poeta y novelista, femme fatale por cuyo cuerpo pasa cada hombre importante del pueblo. “La historia tiende a la repetición, primero como tragedia y después como farsa”, dice Saccomanno. Por eso la Villa es y será, como muchos pueblos, el lugar del aire enrarecido por el olor de los billetes, infecto por la saña de quienes lo habitan.

Hablemos de la Villa, el pueblo que usted creó, como García Márquez a Macondo.
Creo que toda esta genealogía de pueblos imaginarios nace en cierta forma de la literatura norteamericana con Yoknapatawpha, que Faulkner debe a su vez a Sherwood Anderson, entre otros. Además de Macondo está Comala de Juan Rulfo y si seguimos bajando por América nos vamos a encontrar con Santa María de Onetti. En nuestra literatura no sorprende encontrar autores que han creado su propio pueblo.
¿Eso le dio autonomía narrativa?
El autor es monárquico, puede crear su monarquía y tener ahí su personaje, haciéndolo entrar y salir de escena cuando le conviene. Esto es para comodidad del autor, pero también permite ajustar y crear tensión. Como decía Raymond Carver, es esencial que en un relato haya una sombra de amenaza, y en un pueblo chico siempre la hay.
“Pueblo chico, infierno grande” dicen por ahí.
Recuerdo cuando llegué por primera vez a Villa Gesell (el pueblo en el que está inspirada la villa de la novela) hace casi 40 años. Al principio uno es más extranjero que Meursault de Camus; todos te miran, te inventan una historia, te están estudiando. Te lleva un año o dos de derecho de piso hasta que te conocen, pero mientras tanto no sabés si sos el que sos o el que los demás inventaron.
¿Qué pasó allá cuando supieron del premio?
Cuando corrió la bolilla de que yo había ganado el Alfaguara y que la novela trataba sobre la villa, Pepe, mi amigo librero, encargó de entrada 50 ejemplares. En un pueblo de estas características puede llegar a ser un bombazo. No sé si vendió todos, pero hubo gente que llegó a comprar 10 para repartir o con la esperanza de encontrarse en el libro. A mí lo que me importaba era contar una buena historia.
¿Cree que lo logró?
El problema está en la manera como se cuentan las historias, que no son ni buenas ni malas. En un pueblo de estas características hay historias para tirar a los costados, porque hay muchas. El asunto es cómo se trabaja ese material y con qué lenguaje. Nuestro material de trabajo no son las historias, es el lenguaje.
Cinco datos sobre Guillermo Saccomanno
- Desde 1972 ha trabajado como guionista de historietas y ha colaborado con reconocidos dibujantes. Junto a Carlos Trillo publicó en 1982 la compilación Historia de la historieta argentina.
- Como guionista de cine escribió '24 horas (Algo está por explotar)' dirigida por Luis Barone, estrenada en 1997 y premiada por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales de su país.
- Además del Premio Alfaguara, también ha sido reconocido con los premios Nacional de Literatura de Argentina, Biblioteca Breve, Hammett de la Semana Negra de Gijón (en dos ocasiones) y Konex de Platino.
- Con su pareja, la narradora, dramaturga y poeta Fernanda García Lao publicó Amor invertido, sobre dos miradas que se encuentran entre las cartas y el erotismo salvaje.
- " Yo tuve una formación política de pibe y fui un niño trotskista; ahora lo soy cada vez menos" dice sobre su vinculación al Partido Obrero cuando tenía 15 años. Por eso, afirma, no puede separar la literatura de la política.
Un lenguaje con el que contó una historia oscura, sombría.
Nosotros lo contamos con cierto humor para volverlo más ameno, pero algunas historias son terribles, dramáticas, sangrientas. Es así porque si la miras desde los costados, la realidad está sucia. Todas estas cosas de la vida cotidiana como el abuso doméstico, la especulación inmobiliaria, la coima, el chantaje, los narcos… nada que nosotros no conozcamos. Convivimos con esa realidad.
¿Por qué Guillermo Saccomanno usó el nosotros en gran parte de la novela?
Es una voz tal vez importada e impostada de Juan Carlos Onetti, que ha tenido su Santa María, y especialmente desde la novela Los adioses, que estaba leyendo mientras escribía la mía. El nosotros implica a los lectores, nos pone adentro de todo ese tejido de desgracias al cual no somos ajenos y en muchos casos, hasta responsables. El nosotros también permite esa voz hipócrita: Nosotros que nos sentimos superiores, que tenemos una gran moral y una ética sorprendente, que nos mandamos una cagada y dejamos a todos chapoteando en estiércol.
Esta familia disfuncional de la novela contribuye, precisamente, a ese tejido de desgracias.
El psicoanalista y psiquiatra Ronald Laing, uno de los fundadores de la antipsiquiatría, afirmaba que la familia es una institución mafiosa donde se esconden secretos; aquel que huye de ella huye con el secreto y allí donde se lo encuentre debe ser eliminado. Eso no es un invento de Mario Puzo y El padrino, es así. Creo que la familia intenta ser una institución normativa pero no puede porque siempre algo se le escapa de las manos. Es una institución represiva y represora, y no sé si estos chicos de la novela acatan estar en este caos.
Ahí también se juegan los rumores y los secretos, como ocurre en “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”.
En mi novela eso es fundamental. Cuando empecé a escribirla yo no tenía idea de a dónde iba. Yo diría -no es por falsa humildad- que no sé escribir novelas. Sé sumar un cuento a otro cuento y a otro; el mosaico se va armando y la summa de todas estas situaciones y tramas va constituyendo una trama mayor. De ahí que los capítulos son cortos, tal vez porque es un truco de miniserie. Es como Yellowstone de Taylor Sheridan, que tiene un sustrato Shakespeare; uno puede pensar en El rey Lear. Si uno la ve con ojo literario, entiende cómo a veces la ficción cinematográfica captura y roba de la que se supone es la alta literatura.
¿Captura mirando de otra manera?
Teniendo el oído y la mirada atentas; de eso se trata este oficio. Por ejemplo, los escritos periodísticos de García Márquez no eran sobre El ciudadano Kane de Orson Welles o Hemingway exclusivamente. Él era un oído atento. Hemingway decía: Uno de los secretos de la escritura de ficción es andar por el mundo con un detector de mierda prendido.

