
Guillermo Arriaga estuvo en Ecuador, hace unas semanas, promocionando Extrañas, su última novela. Mundo Diners aprovechó para conversar con este escritor y guionista mexicano sobre un tema que atraviesa toda su literatura: la vida de barrio.
Guillermo Arriaga
Como guionista: Amores perros (2000), 21 gramos (2004), Babel (2006), Los tres entierros de Melquiades Estrada (2005) y El búfalo de la noche (2007).
Como escritor: Escuadrón Guillotina (1991), Un dulce olor a muerte (1994), El búfalo de la noche (1999), Retorno 201 (2006), El salvaje (2016), Salvar el fuego (2020), Extrañas (2023).

Hace tiempo, en otra entrevista, dijiste que habías salido del barrio, pero que el barrio nunca salió de ti. ¿Cómo era el lugar en el que creciste?
Crecí en Unidad Modelo, uno de los barrios más interesantes de Ciudad de México. Fue diseñado por el legendario arquitecto funcionalista Mario Pani, que seguía las teorías del arquitecto Charles Le Corbusier. Pani quería que el barrio tuviera todos los servicios, como si fuera un pequeño pueblo. Se construyó para maestros normalistas y para periodistas.
Entonces, era un barrio de clase media baja con gente muy educada, de ahí salieron personas que adquirieron posiciones muy importantes en la sociedad mexicana, pero con el tiempo se convirtió en un barrio bravo. Por ese afán de Pani de darle una dimensión más humana, no tenía calles sino 'andadores' (pasillos de metro y medio de ancho) por donde obviamente era complicado que la Policía circule.
Y, entonces, ¿tu barrio se convirtió en modelo de algo?
El barrio tenía escuela primaria y secundaria y esas tiendas populares, tipo street mall americanos, canchas de fútbol, de tenis y de juegos. Creo que sí estuvo bien planeada, lo que pasa es que las condiciones socioeconómicas de ese entonces dieron paso a que un 90% fuera muy luminoso y un 10% oscuro, por el narcomenudeo.
¿Qué cosas del barrio te acompañan hasta ahora?
Todo, porque hay mañas que uno siempre trae. En el barrio aprendí un montón de cosas, a no dejarte de los abusivos, a ser observador y a estar más atento al medioambiente en el que me desenvolvía. También aprendí que en el barrio el mejor para pelear no era el que estaba todo el tiempo presumiendo, sino el que sabía cómo mandar la amenaza bajita. Y, sobre todo, aprendí que sí se pueden alcanzar las cosas que uno se propone en la vida.
Esa añoranza por el barrio te ha acompañado siempre en tu literatura.
Cuando era niño, mis hermanos y yo estuvimos buen rato con que queríamos un perro. Un día, mi papá nos llevó a la casa de un tipo muy importante y nos regalaron un weimaraner, que son los Brad Pitt de los perros. Era un cachorro de color negro, con pelo largo; el más feo de la camada pero se convirtió en nuestra adoración. Un día hubo una pelea de perros y el mío mató a uno de otro barrio. De ahí viene Amores Perros. Pero mi barrio también está en la trama de Salvar el fuego y El salvaje. La verdad sí, es una constante en mi obra.
El barrio también te ha servido para hablar de las clases sociales.
Lo que pasa es que yo viví en un mundo anfibio. Crecí en Ciudad Modelo, pero mis padres me mandaron a una escuela privada. Mis compañeros vivían en barrios aniñados, entonces mi mundo no tenía nada que ver con el suyo. A mí no me gustaban Los Beatles, porque los asociaba a este grupo de niños bien. Y es chistoso, porque en Ciudad Modelo sí escuchábamos música en inglés pero a gente como Hendrix; luego llegó el rock en español.
¿Por qué en América Latina existen cada vez más barrios bravos?
Estamos cometiendo un error muy grave. Creo que es momento de que todos los presidentes de América Latina se unan para que las drogas se legalicen. Si los países del primer mundo quieren prohibirlas, es su problema. Nosotros estamos poniendo los muertos y ellos la diversión. Hay que entender que la mayor parte del crimen organizado viene de las ganancias del narco. Creo que hay que legalizar todas las drogas, para que ese dinero que genera violencia se use para tener más salud y más seguridad en los barrios.
Ayúdame a completar la frase: a más barrios gentrificados, menos qué…
Todo barrio tiene que ser gentrificado, pero por los propios habitantes del sector. Eso, sin duda, ayudaría a elevar el nivel de vida de todos. Hay que evitar ser desplazados por una clase social sin conexiones con las raíces del barrio. Pensado en la literatura, Faulkner decía que si quieres ser universal habla de tu vecino. No es que el barrio sea una metáfora del mundo, sino el lugar del mundo del que puedes extraer cosas que te alimenten.
Breve, breve, con Guillermo
¿A qué libro salvarías de la hoguera?
Yo salvaría todos los libros del planeta, incluso los que no me gustan; porque los libros, aunque se los desprecie, tienen una razón de ser.
¿De qué debemos salvarnos como sociedad en el siglo XXI?
Debemos salvarnos de la falta de oportunidades, porque es el cáncer de la sociedad. Lo justo es que todo el mundo tenga una oportunidad.
¿De qué no te has podido salvar?
Por mucho tiempo creí que me iba a salvar de ser abuelo, pero ya tengo nietos.

