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Mundo Diners al día

“En Guayaquil siempre ha existido un tutelaje de la vida pública”

por Gabriel Flores Flores

Mónica Ojeda
Mónica Ojeda fue una de las invitadas a la décima edición de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Foto: Víctor Vergara.
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

La frase es de la escritora ecuatoriana Mónica Ojeda y la dijo durante el último día de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil. Allí visitó el estand de Revista Diners y conversó sobre necropolítica, goce y literatura, temas de los que le apasiona hablar. 

Mónica Ojeda

  • Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es autora de las novelas 'La desfiguración Silva' (2014), 'Nefando' (2016), 'Mándíbula' (2018) y 'Chamanes eléctricos en la fiesta del sol' (2024).
  • También ha escrito los poemarios 'El ciclo de las piedras' (2015), e 'Historia de la leche' (2020) y el volumen de relatos 'Las voladoras' (2020).
  • Fue seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, en la lista Bogotá39 de 2017, y premiada con el Next Generation Prize 2019 del Prince Claus Fund.

En tus intervenciones públicas hablas mucho de necropolítica. La Real Academia Española no tiene una definición específica para esta palabra. ¿Desde dónde la entiendes? 

Es un término que acuñó el pensador africano Joseph-Achille Mbembe. En su libro analiza cuáles son las políticas que establecen los Estados para hacer la muerte en vez de hacer la vida. En nuestro país hay políticas estatales que favorecen el extractivismo. Eso es necropolítica, porque se destruyen espacios territoriales concretos, se contamina y se provocan desplazamientos de pueblos que han estado en esas tierras habitando y trabajando durante mucho tiempo. En el país hemos vivido un rechazo histórico a las producciones y al consumo cultural que viene de las poblaciones originarias. 

¿Cómo eran tus consumos culturales en la infancia y en la adolescencia? 

Mi madre tiene una biblioteca grande, porque estudió Literatura, así que desde niña tuve acceso a libros muy buenos. Pero recién empecé a leer literatura ecuatoriana en la universidad. Nunca desde una perspectiva de crítica al canon, ni de revisar lo que estaban haciendo los escritores y las escritoras que estaban vivos. Creo que es algo que recién está cambiando en Guayaquil, desde la Universidad de las Artes.

Fuera de esa biblioteca materna, ¿qué te llamaba la atención? 

Siempre me ha encantado el cine, la música y la pintura. Quizás a lo que menos he asistido es al teatro. Me gustaría aprender a pintar en acuarela, porque me fascina ese ejercicio de manejar la intensidad de los colores a través de la cantidad de agua que pones. Es algo que tiene que ver con el goce y no con la instrumentalización.

¿Cómo concilias el hecho de que la literatura no tiene que dar cuenta de nada con que hay libros que dan cuenta de la realidad mucho mejor que un texto periodístico o un informe oficial?

Creo que la literatura no tiene ningún deber ser. Pienso que existe para ser una especie de herida en forma de pregunta, de una interrogación que tiene miles de posibles respuestas. A mí, personalmente, no me interesa hacer un retrato de la realidad, sino pensar de qué manera me afecta. Ecuador está en mi literatura no porque quiera reflejarlo, sino porque sentimentalmente es importante para mí. Uno habla de lo que conoce, de lo que siente, de lo que le toca, de su gente y de su territorio. 

Si escribes de lo que conoces, entonces, ¿en algún momento Madrid y España aparecerán dentro de tu literatura como ahora sucede con Guayaquil?

En ese sentido sí creo que soy mal llevada, porque Ecuador se volvió más material en mi literatura a partir de que me fui; como si la palabra fuera la posibilidad de evocar algo que no tengo a partir de la carencia. Si algún día ya no vivo en España, seguramente se me generaría esa necesidad de buscar lo que ya no tengo cerca. Para mí, la escritura es un eco de nostalgia que me sirve para atraer cosas que tengo lejos. 

guayaquil
María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda hablaron del gótico del manglar en la FIL de Guayaquil.

¿Qué es lo que más te interesa de escribir y hablar del goce? 

Lo que me interesa del goce es que es un poco insumiso y difícil de instrumentalizar, porque no es pedagógico. Es básicamente la ratificación de la vida. Para mí, la escritura es un movimiento del goce, me genera mucho disfrute. 

¿Siempre fue así? 

Nunca he sido de esas escritoras malditas que sufren cuando escriben. Aunque es verdad que sí hay conflicto dentro del goce y que la escritura es muchas veces conflictiva, no lo veo como un enfrentamiento malo ni agresivo, sino como uno que te genera ideas. Esa intensificación de las emociones y de los sentidos que me produce la escritura es algo de lo que creo soy un poco adicta, por eso escribo tanto. 

¿Se puede convertir al goce en una herramienta para huir de la normalización de la violencia? 

Yo no diría que para huir de la normalización de la violencia, sino para volver a repolitizar los cuerpos alienados y dormidos. El goce te da una energía que puede ser encaminada a generar un movimiento comunitario. Hay muchos tipos de goce pero creo que los más grandes son los colectivos; los conciertos, las fiestas, las ferias o los festivales. Lo energizante ahí es que hay un intercambio con otros y eso te llena de vida. 

¿Qué pasa cuando estas dinámicas se reducen a una red social o a un chat?

Creo que históricamente hemos creado lugares de comunidad, de goce y de disfrute por fuera de las tecnologías. Son muy buenas cuando uno puede tejer comunidad más allá de los límites geográficos. Por ejemplo, he tenido clubes de lectura entre México, Argentina y Ecuador. En ese contexto, me parece más importante que sigamos trabajando para desarticular esa mirada individualista de los espacios culturales físicos. En ciudades como Guayaquil, salir de esas dinámicas es cada vez más difícil. 

¿Por qué crees que en Guayaquil es más difícil? 

Por el miedo. En Guayaquil, mucho antes de que estuviéramos hablando del narco, había un fuerte tutelaje de la vida pública. A eso súmale una sociedad que no sabe vivir en comunidad, porque la única manera en la que se siente segura es encerrándose en sus casas o en urbanizaciones con guardias armados. La gente tiene miedo de salir a la calle; y, lo peor de todo, es que piensa que si lo hace, igual nada va a cambiar. Pero yo sí creo en el poder de la música, de la escritura, del arte y de los espacios de pensamiento para tejer respuestas comunitarias, para generar cosas a nivel micropolítico. 

¿Cómo funciona esta idea de tejer comunidad en Madrid?

Desde hace siete años vivo en Lavapiés, un barrio céntrico de Madrid, donde hay mucha migración; ves muchos indios, paquistaníes y africanos. Una de las formas que hemos encontrado para tejer comunidad es, por ejemplo, comprando en la tienda del barrio y no en la nueva cafetería, que es parte de los procesos de gentrificación. Uno puede tejer comunidad, incluso, a través de las decisiones que toma sobre dónde comprar las cosas. No porque los otros espacios no estén bien, sino porque te importa lo que le pasa a tu vecino. Las sociedades desarticuladas hacen que a uno le pase algo en su casa y que el vecino no se entere. Tejer nuevamente esas conexiones también genera gozo.

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