
El escritor Tomás González es como la memoria, un animal esquivo. Siempre lejos de los reflectores, se ha convertido en uno de los autores vivos más importantes de Colombia. Después de cinco años regresa a la ficción con un libro de cuentos, Vista del abismo.
Los personajes de Tomás González habitan en un mundo siempre en vilo, al borde del despeñadero. En Vista del abismo (Alfaguara, 2025) el autor nos entrega veinte cuentos donde todos saben, viven, observan o recuerdan un pueblo sumergido bajo una represa y testigo de lo que vive cada padre, cada hermana, cada esposa.

Sus vidas transitan entre muertos incinerados cuyas cenizas se guardan cerca a una Virgen o se lanzan al río; hermanos que se enamoran de la misma mujer; casas derrumbándose sobre los amantes, que mueren entrelazados para siempre; hombres cuya memoria se afloja y entonces olvidan las muertes que causaron. Al final, González nos muestra que estamos “despeñados por ese destino que a todos nos fue concedido: el opulento abismo”.
Cinco datos sobre Tomás González
- Uno de sus primeros trabajos fue como barman en la discoteca de salsa El Goce Pagano, en Bogotá, abierta a finales de los años setenta, en la que fue asiduo bailarín Gabriel García Márquez y donde han presentado sus libros destacados autores como William Ospina.
- La primera edición de su novela Primero estaba el mar corrió por cuenta, precisamente, de Los Papeles del Goce, en 1983, una especie de imprenta pirata que también publicó otros textos como la versión en español de El niño grapiuña de Jorge Amado.
- Pilar Quintana, una de las jurados del Premio Iberoamericano de Narrativa Jorge Rojas que se le otorgó a González en 2025, afirmó sobre su obra: "Tiene una prosa bellísima y unas historias profundas y desgarradoras”. Otra de las jurados, Mariana Enríquez, lo felicitó no solo por este galardón, "sino porque para mí particularmente, fue un descubrimiento tu literatura. Estuve haciendo una lectura intensa de tu obra en los últimos dos meses y estoy fascinada".
En 1987 fue reconocido con el Premio de Novela Plaza y Janés por su libro Para antes del olvido.
Peter Schultze-Kraft, el traductor de La luz difícil al alemán, afirmó alguna vez que "traducir a Tomás ha sido más difícil que con Hernando Téllez o García Márquez". En ese país se le tituló La luz esquiva.
En 2012 fue uno de los invitados especiales a la Feria del Libro de Guayaquil.
¿Qué apareció primero en su cabeza cuando concibió Vista del abismo: la idea de un pueblo sumergido, la represa de Guatupé cerca de Medellín, algún personaje en particular, el abismo existencial?
Desde que llegué a la represa de Guatupé, hace como diez años, me empezó a inquietar la idea del pueblo sumergido. Comencé a recorrerla y a sentir lo que estaba pasando sobre un tejido ahogado de relaciones humanas que valdría la pena reconstruir. Entonces pensé que era mejor dar cuenta de la destrucción, de los pedazos que ahora había y así decidí que serían cuentos y que me gustaría que estuvieran interconectados como en una red, cuentos que mostraran las roturas. Y así llegué al abismo.
Los personajes de sus cuentos transmiten la sensación permanente -como ellos mismos lo dicen- de pisar terreno minado, de estar siempre en el borde de un barranco, viendo el abismo.
Cada día se me hace más claro que este mundo en que vivimos es muchísimo menos sólido de lo que parece. Cuando lo miramos bien nos damos cuenta de que estamos siempre moviéndonos sobre el abismo: el de la realidad, el de los sentimientos, el de la muerte, el del tiempo. Todos los barrancos, el barranco. Cada cuento del libro está escrito con la consciencia constante de que los personajes se mueven en un mundo por completo inestable.
Y donde además resuena la idea de lo que usualmente llamamos "naturaleza", que no es mero decorado o paisaje, sino que es protagonista y esencia.
Con el apiñamiento en las ciudades y con la tecnología, la especie humana ha creado una realidad al parecer aparte y la gran mayoría de sus individuos se ha pasado a vivir en ella. Yo conozco bien el encanto que tiene, pues estuve muchos años en Bogotá y después en Nueva York. Pero cuando salimos de la ciudad y de la burbuja de la tecnología, nos damos cuenta de que esa realidad no es sostenible, de que estamos haciendo lo mismo que los niños indigentes que se dedican a oler pegamento de unas bolsitas -cosa que tiene también su encanto, supongo; de otra forma, no lo harían-.
Me gustaría que en mi literatura se viera con claridad que por más pegamento que estemos oliendo nunca hemos dejado de ser lluvia, agua, árboles, y sólo dejaríamos de serlo con la extinción de la especie. Y que si no dejamos de oler pegamento nos extinguimos.
Junto a esa naturaleza ineludible que somos, la casa, a veces la finca, es una presencia frecuente no solo como espacio físico y material, sino también como referente simbólico dentro de estos relatos.
La casa o la finca son una presencia constante en estos cuentos y en todas mis narraciones. Así como no puedo escribir sin que aparezca la naturaleza, tampoco puedo hacerlo sin que aparezca la guarida, pues es esencial para los organismos vivientes complejos: el nido para el águila, el rebaño para los búfalos, el caracol vacío para el cangrejo ermitaño, la tela para la araña y la casa para los humanos. La casa es todo eso y es, además, parapeto, lugar de reunión, útero y muchas otras cosas.
Además de la casa también aparece como esencia el embalse, las lanchas, la neblina. ¿Cómo armó la narración a partir de estos paisajes y fenómenos?
El embalse, con sus lanchas, piedras grandes, árboles sietecueros y neblinas, da unidad a los cuentos y es especialmente apto o propicio para ese otro elemento de unidad que es la presencia constante del abismo. Cuando navegaba en él pensaba mucho en las fincas, ríos, escuelitas rurales, fondas, caseríos cuyas ruinas estaban abajo, por donde yo estaba pasando en mi barquito. El mismísimo abismo. Todos los cuentos debían tocar el agua del embalse. Algunos nacieron ya allí, mientras que a otros que habían nacido en otras partes debí trabajarles de modo que tocaran el embalse, y enraizarlos.
Su narración escudriña en lo difíciles y complejas que son las relaciones humanas, en Las voces del aire lo afirma bien: “Se arrima uno apenas un poco a los seres humanos y empieza a enredarse todo”.
Si las relaciones entre los perros, con todos esos olisqueos, carreritas, gruñidos, sonrisas, todo ese lenguaje simbólico que aparece en la cola y en las orejas, es bastante complejo y difícil, en nosotros, los animales humanos, con el nivel de locura que nos trajo nuestra inteligencia, las relaciones son infinitamente más complejas y difíciles. Mario, el de Las voces del aire, siente que tanta joda no lo deja disfrutar de sus neblinas y del barco y la pesca y los árboles sietecueros florecidos, y decide mantenerse tan alejado de sus semejantes como le sea posible.
Aunque no se puede del todo.
No se puede porque hay que comprar gasolina en algún pueblo chiquito y hablar con el muchacho que la despacha, y asegurarse de que te pase el recibo, no sea que te cobren más, y ver cuánto se le deja de propina, y preguntarle por su trabajo o por alguna otra cosa. Mario terminaba por disfrutarlo, pues el joven casi siempre era simpático y hasta chistoso, y así y todo trataba de reducir tanto como le fuera posible el contacto con su propia especie.
Precisamente sobre los perros, uno encuentra que en casi todos los cuentos hay animales. ¿Qué hay de particular en ellos que nutren y enriquecen cada historia?
Somos casi impensables sin nuestras mascotas o nuestros animales de trabajo o nuestras presas. Los animales domésticos son cansones, claro, pues hay que ponerles comida y quitarles las garrapatas y vacunarlos, y tratar de que no rayen la puerta de entrada o que no se afilen las uñas en los muebles. Entiendo perfectamente a la gente que se va para esos conjuntos residenciales donde no admiten mascotas ni tampoco niños, pero a mí me entristecería vivir en un sitio sin animales y sin uno que otro niño, tampoco muchos.
Usted cuenta que está fascinado con la novela El planeta del Sr. Sammler, de Saul Below. Uno de sus personajes dice: “En el ámbito humano, con todos los demás, era humano en los detalles concretos de la vida corriente… y, en resumidas cuentas, resurgió en él su cualidad de criatura. Sus trucos groseros, su encanto de perro que olisquea”.
Qué buen escritor es Saúl Below. Cuando hablamos de cotidianidad la entendemos como esos largos períodos de tiempo en que lavamos platos o rezamos el rosario o leemos sin particular entusiasmo el periódico, períodos que tenemos que vivir, bostezando, mientras pasa algo no cotidiano: un asesinato, una violación o un desfalco. Es una separación arbitraria.
El señor que desfalca lo planifica mientras lava los platos. La señora aplancha la camisa del marido y el odio hace que la plancha se mueva con violencia por los lados del cuello, y que ella piense en el cuchillo de pelar papas, y que uno de los botones vuele y se estrelle en la pared como un coleóptero. En la literatura eso significa que todos y cada uno de los momentos de la narración deben soportar el peso total del relato y que cada página debe ser tan intensa como la primera o la última. Es lo que me gustaría lograr.

