
Patria de Fernando Aramburu, considerado por The Conversation como uno de los mejores libros en español del siglo XXI, sigue siendo un fenómeno literario. Después de su adaptación a la pantalla ha cosechando nuevos lectores.
En su paso por la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Mundo Diners conversó con el escritor vasco Fernando Aramburu, quien reflexiona sobre las nociones de patria e identidad, la lucha de la ETA y las secuelas del terrorismo matizado por los afectos, la familia y la memoria.
Pensando en esta palabra gigantesca que es patria -que, por cierto se menciona muy poco en su novela-, ¿qué representa para usted el concepto?
A mí particularmente no me despierta ningún sentimiento. De hecho, me considero un hombre centrífugo que propende a cuestionar lo que se llama su identidad, prestada por el colectivo. No vivo desde hace cuatro décadas en mi país natal, no se me ha visto nunca agitar una bandera en ningún lugar, estoy casado con una mujer que procede de otro país. El concepto de patria en mi vida personal no desempeña ningún papel. Claro que no soy de hielo y naturalmente tengo unas preferencias gastronómicas, me gusta que a mi gente le vaya bien, tengo ciertas debilidades futbolísticas.
… pero nada de eso es una patria.
En lo absoluto. Por supuesto, tengo un sentimiento de afecto hacia lo propio, hacia el lugar donde fui niño, donde aprendí las letras y los números, pero la patria como concepto ha tenido un papel muy negativo en mi vida, pues dio lugar a décadas de violencia en mi tierra. Ese concepto, esa aspiración, esa utopía estaba presente en todos lados, en la calle, en los hogares y en los cerebros de los ciudadanos. Uno tenía que definirse desde niño con respecto a ese concepto asociado a los valores culturales, una bandera, etcétera. El hecho de que el proyecto de crear una patria generase tanta violencia, me distanció, y en la novela es como el paraguas de la cubierta que tapa a todos y los obliga a adoptar algún tipo de postura personal.
Es que suele ser un concepto problemático.
Lo es en muchos lugares, hasta el punto en que, por ejemplo, esta novela se publicó en varios países sin traducir el título. En Alemania y en Polonia se titula Patria porque es una palabra que evoca nazismo, discursos de cuartel, muchedumbres fervorizadas. Los distintos editores me sugirieron eso, que es comprensible para los ciudadanos de esos países, pero que no añadía un regusto negativo al libro.

Y ahí aparece el asunto de la identidad. Por ejemplo, un sacerdote dice: “Sobre nosotros recae la misión cristiana de defender nuestra identidad, por tanto, nuestra cultura y nuestra lengua. Si desaparece, ¿quién rezará a Dios en euskera y quién le cantará en euskera?”.
Yo no necesito mi identidad. Si alguna persona está muy necesitada de identidad, con mucho gusto se la regalo. Pero sí la concibo como el conjunto de características que me vienen de fuera; es imposible no tenerla. Uno habla un idioma, uno ha hecho una serie de aprendizajes, uno tiene una serie de fervores, de preferencias, etc. El problema es cuando esa identidad es obligatoria para todos…
… y cuando se nos impone.
Yo llevo conmigo toda una conformación cultural y es algo que me gusta compartir, pero lo otro me parece muy peligroso y empiezo a creer que la identidad es un poco la sustitución del dios tradicional. Antiguamente la religión era el método de control de la población: si no eras creyente, recibías un castigo. Ahora allá donde se impone una determinada identidad, donde hay nacionalismo, uno aparece como un apestado, un hereje, alguien que merece la expulsión o debe ser silenciado. Yo he vivido eso de cerca y no lo acepto porque es contrario a los valores del humanismo que inducen al abrazo, a la conformación de sociedades pacíficas donde se admite la diversidad.
Otro asunto que usted trata muy agudamente se retrata en esta frase: “Primero fueron víctimas del Estado y ahora víctimas de las víctimas”, refiriéndose a los militantes de ETA.
Yo tengo pocas dudas sobre quién es una víctima: es una persona que ha recibido un daño. Pero no creo que ser víctima sea una categoría del ser. Si me atropella un automóvil, soy víctima de un atropello, pero no de forma ontológica. Se puede ser víctima por la mañana y ser agresor por la tarde. La novela obliga este tipo de matices para no incurrir en la simplicidad. Hay docenas de casos de jóvenes que empuñaron las armas y las usaron, pero que en otro momento fueron víctimas de otros que también las usaban. Me interesa mostrar a los seres humanos en su circunstancia concreta, no solo en su vinculación con posibles ideas.

¿Cómo ha sido su ejercicio de creación y de escritura después de Patria para llegar, por ejemplo, al recién publicado libro de cuentos Hombre caído?
Después del éxito descomunal e inesperado de Patria yo no permití que todo el fenómeno relacionado con este libro -que tenía aparejado cierto trastorno, viajes, llamados- vertiera una sombra sobre el escritor que soy. Una vez publicada, esta novela desapareció por completo de mi escritorio (digo escritorio como símbolo de mis proyectos, del lugar donde trabajo). Me di cuenta muy pronto de que debía gestionar para no perder la noción de la realidad y no derivar en un tipo de persona que no va con mi carácter. Entonces abordé proyectos literarios dirigidos a un público minoritario, pero que no son menos exigentes para un escritor. Pedí ayuda a la poesía, aunque no escribo poemas, pero pasé un tiempo analizando poemas ajenos.
¿Fernando Aramburu estuvo tentado de escribir otra Patria?
Pues es que demoré cinco años en publicar la siguiente novela y los ecos de Patria se estaban apagando. En el trabajo cotidiano de escritura creo que no cambié nada. Además, desde el momento en que entregué la novela a la editora hasta que se publicó, pasó casi un año y en ese tiempo yo ya estaba metido en otros proyectos. Me mantuve productivo sin caer en la tentación de escribir una Patria II o sin el temor de no repetir el éxito. Visto todo esto desde la perspectiva que dan los años, creo que lo hice bien. Había que hacerlo así.

