
¿Se puede amar incondicionalmente a una madre? En Koljós (Anagrama, 2026) el escritor francés Emmanuel Carrère ensaya su respuesta y lo hace tendiendo puentes entre su historia familiar y los grandes conflictos de los siglos XX y XXI.
Hélene Carrère d’Encausse, la madre de Emmanuel Carrère, murió en 2023, a los 94 años. Fue un personaje tan importante para la sociedad francesa del siglo XX, que en su funeral hablaron varias personalidades y líderes políticos, entre ellos el presidente Macron.
Hélene fue una estudiosa de la historia rusa, eurodiputada entre 1994 y 1999 y la primera mujer en ser designada Secretaría Perpetua de la Academia Francesa. También fue esposa y madre de tres hijos: Nathalie, Marina y Emmanuel.
La relación con Emmanuel, su primogénito, fue como la que millones de madres tienen con sus hijos: idílica en la infancia y llena de tensiones desde la adolescencia. Todo se volvió más complejo cuando los dos se convirtieron en figuras públicas.
En 2007, Emmanuel publicó Una novela rusa, libro en el que persigue la pista de su abuelo materno; quien tras una vida trágica desapareció en 1944, probablemente ejecutado por colaborar con los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
Para Hélene, que siempre había profesado un amor incondicional a su padre, la publicación del libro la destrozó. Ella y Emmanuel no se hablaron durante dos años; con el tiempo, las aguas se calmaron pero algo se había roto. Nunca más hubo koljós.

Koljós
A esta altura, seguro se habrá preguntado ¿qué es un koljó? Carrère lo explica con claridad en uno de los pasajes del libro: “Extendíamos en el dormitorio de nuestros padres dos colchones, en los que dormíamos Nathalie y yo, pues el lugar junto a mamá en la cama de matrimonio lo ocupaba Marina, la más pequeña. A eso lo llamábamos hacer koljós”.
Dicho esto, queda claro que la mayoría de nosotros, con las variantes del caso, alguna vez en la vida hicimos koljós con nuestra madre; y también que si Carrère escogió esta palabra como nombre de su nuevo libro es porque quería rendir homenaje a esos años de su infancia, pero sin dejar de contar las cosas buenas y las no tan buenas de él y de sus ancestros.
En el libro, Emmanuel habla poco de los Carrère, sus ancestros paternos. El foco está en los Zurabishvili, burgueses ilustrados que salieron de la Rusia zarista y se exiliaron en Georgia, tras la revolución bolchevique. Sí, Georgia ese país de poco más de 3 millones de habitantes, que seguramente a la mayoría se nos hace difícil ubicar en un mapamundi.
Carrère cuenta cómo fue la vida de los Zurabishvili en Georgia y después en Francia; y a la par narra las tensiones que estos países han mantenido primero con la Unión Soviética y ahora con Rusia. Lo hace porque, como dice en otro pasaje de Koljós: “Importa el lugar de donde venimos y lo que ha formado a quienes nos han conformado a nosotros”.
En esta novela, el escritor francés se mueve con soltura entre temas históricos-políticos, como el uso de la disonancia cognitiva -considerar cierto algo que es falso- dentro de la vida cotidiana de la Unión Soviética; y otros más domésticos, como el romance que su madre tuvo con un diplomático cuando él vivía esos primeros complejos años de la adolescencia.
Carrère
Koljós no es una autobiografía, pero sí la novela más íntima que ha escrito Carrère, quien al igual que Michel Houellebecq es considerado un ‘enfant terrible’ de las letras francesas. A saber, un escritor que goza de notoriedad por la cantidad apabullante de lectores, pero también por las polémicas provocadas por sus declaraciones o acciones personales.
¿Hay algo más polémico que escribir un libro por el que tu madre te deja de hablar durante dos años? Carrère puede sumar a su ‘prontuario literario’ la novela que escribió sobre el polémico escritor ruso Eduard Limónov, o los ensayos en los que muestra la pobreza intelectual del taxista que se convirtió en dictador de Rusia, Vladímir Vladímirovich Putin.
Pero en Koljós, el autor francés no solo habla de las miserias de los otros, también habla de las suyas. De lo complejo que ha sido sentirse siempre más cercano a Nicolás, el hermano de su madre, que a ella; los conflictos con sus parejas sentimentales y los problemas que ha tenido y que ha generado a sus seres más cercanos a causa de su bipolaridad.
Carrére no se justifica, pero siguiendo a Freud ensaya una posible explicación: “Lo que sucedió en nuestras relaciones infantiles, con nuestros padres, nos pasamos toda la vida escenificando de nuevo con nuestros objetos de apego posteriores. Soy el rostro de mi madre que se aleja sin remedio, soy la angustia sin fondo de mi padre”.
Y es precisamente cuando habla de Louis, su padre, cuando aparece el Carrére más amoroso y empático. Cuenta que gracias a la colección de archivos, cartas y fotografías que Louis había recopilado a lo largo de su vida, él pudo armar la genealogía de su madre y de un mundo que presencia, sin mayor espanto, la extinción de las democracias.

