
Aclaración: las curiosidades de ‘Cien años de soledad’ que leerá a continuación no son sobre la serie que acaba de estrenarse en Netflix, sino sobre la novela que Gabriel García Márquez publicó en 1967, bajo el sello de la editorial argentina Sudamericana.

El galeón español
El pintor español Vicente Rojo fue uno de los primeros que leyó el borrador final de ‘Cien años de soledad’. El manuscrito llegó a sus manos porque la editorial Sudamericana, con autorización de García Márquez, le encargó el diseño de la portada. Sin embargo, su diseño -inspirado en las viñetas mexicanas populares del siglo XIX y en la tipografía de los rotulistas de la época- no es el que aparece en la primera edición del libro del ‘Gabo’.
Por cuestiones logísticas, la portada no llegó a Buenos Aires para la fecha en que iba a imprimirse la primera edición y, entonces, la editorial improvisó con Iris Pegano, quien puso en la portada un galeón español flotando, sobre flores amarillas, en medio de una selva azulada. Ese primer tiraje se agotó en una semana, por eso la portada de Rojo fue utilizada en la segunda, tercera y cuarta, ediciones que igual se agotaron enseguida.
La Casa
García Márquez y el también escritor colombiano Plinio Apuleyo Mendoza se conocieron en un café de Bogotá. El primero tenía 20 años y el segundo, apenas 16 años. Con el paso del tiempo se volvieron inseparables. Si no andaban juntos, se escribían cartas. En una de esas misivas, fechada el 22 de julio de 1966, ‘Gabo’ le contó que ‘Cien años de soledad’ iba a titularse La Casa, un nombre que rondaba en su cabeza desde que tenía 18 años.
“En realidad, ‘Cien años de soledad’ fue la primera novela que traté de escribir a los 17 años, con el título La Casa, y que abandoné al poco tiempo porque me quedaba muy grande. Desde entonces, no dejé de pensar en ella, no deje de tratar de verla mentalmente, de buscar la forma más eficaz de contarla, y puedo decir que el primer párrafo no tenía ni una coma más ni una coma menos que el primer párrafo escrito hace veinte años”.
María Luisa y Jomí
No eran dos sino cuatro: María Luisa Elío, Jomí García, Mercedes Barcha y Gabriel García Márquez. Se conocieron en Ciudad de México, en los años 60. María Luisa era española, actriz y narradora; y Jomí, poeta y cineasta. Esta pareja de españoles fue uno de los soportes de los García Barcha mientras Gabo se dedicaba a la escritura de ‘Cien años de soledad’. Les llevaban comida, les prestaban dinero y hasta cuidaban a sus hijos.
Una noche de septiembre de 1965, durante una reunión de amigos en la casa del poeta Álvaro Mutis, García Márquez se dedicó a contar una serie de historias de su nueva novela. Al final, la única que lo escuchó con atención fue María Luisa. Esa vez, el escritor prometió que le dedicaría el libro y así fue. En prácticamente cualquier edición, después del árbol genealógico de la familia Buendía, se lee: “Para Jomí García y María Luisa Elío”.
La censura
La censura en la Unión Soviética no conoció límites. Era común someter los libros que llegaban del extranjero a un examen previo del Comité de la Unión de Escritores o del Consejo de Redacción de Periódicos y Revistas. Durante muchos años, cientos de libros fueron rechazados o modificados, a veces se lo hacía sin notificación alguna al autor, y a veces pidiéndole que hiciera los cambios recomendados.
En 1971, la censura alcanzó a 'Cien años de soledad', por considerar que tenía pasajes obscenos ¡madre mía! Borraron todos los pasajes del libro con referencias sexuales, sobre todo los relacionados con José Arcadio Buendía Iguarán. Asimismo, suprimieron varias escenas en las que aparece Pilar Ternera, prostituta, que al morir fue enterrada sin ataúd y a quien sus colegas arrojaron aretes, prendedores y sortijas dentro de su fosa.
Solo The Beatles
The Beatles siempre fue una de las bandas favoritas del Gabo. La primera vez que escuchó a la banda fue en México en 1963, cuando tenía 36 años. En su biografía oficial, Gerald Martin cuenta que durante la escritura de ‘Cien años de soledad’, la familia de Mercedes Barcha empeñó casi todas sus pertenencias: carro, televisor, refrigeradora, radio y hasta las joyas de Mercedes, para sofocar la falta de ingresos por esos meses.
Empeñaron todo, menos el tocadiscos y con él, los Preludios de Claude Debussy, los conciertos para piano de Béla Bartók y el disco A Hard Day’s Nigth de The Beatles. En sus pocos ratos de asueto, Gabo ponía una y otra vez estas composiciones. Entonces, Macondo y el mundo de los Buendía se fue tejiendo a ritmo de temas como Can’t Buy Me Love, Any Time at All, When I Get Home y I’m Happy Just to Dance with You.

