Skip to main content

Mundo Diners al día

'Chamanes eléctricos en la fiesta del sol', una novela para los oídos

por Gabriel Flores Flores

Monica Ojeda
La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda es autora de cuatro novelas. Foto: Carlota Vida.

-¿Dónde habita el terror?

-¿Quiénes son los verdaderos monstruos?

Estas son solo dos de las preguntas que dispara la lectura de ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’. Se trata de la cuarta novela de la ecuatoriana Mónica Ojeda. Una historia llena de música y bailes pero también de miedos y abandonos.

'Chamanes eléctricos' 

La historia viene así: En medio del páramo andino ecuatoriano se celebra la quinta edición del Festival Ruido Solar, un encuentro donde se reúnen desde poetas y bailarines hasta artistas sonoros y performers. A las faldas del volcán Chimborazo también llegan Nicole y Noa, dos jóvenes guayaquileñas cansadas de la violencia, la familiar y la de las narcobandas. 

Es el año 5540 del calendario andino y todos los que han llegado al festival intentan, por ocho días y siete noches, olvidarse de la vida que dejaron atrás. En ese afán experimentan con drogas, bailan solos o en el pogo y cantan. Cantan y escuchan la música de los Chamanes Eléctricos, los rezos de las cantoras, los truenos, la fuerza telúrica del volcán. Oyen el galope de los caballos y su corazón latiendo con la misma intensidad.

Nicole y Noa se unen a un grupo, que después del festival emprende camino hacia otra montaña, El Altar, para celebrar el Inti Raymi (Fiesta del sol). Ellos intuyen que abajo, en la ciudad y en el resto del país, todo marcha igual. Los muertos que dejan las narcobandas y las autodefensas barriales siguen acumulándose en parques y calles. La que menos piensa en eso es Noa, para ella lo importante es volver a ver al padre que la abandonó. 

En ‘Chamanes eléctricos en la fiesta del sol’, Mónica Ojeda muestra su amor por la poesía y su interés por seguir hurgando en las profundidades del terror contemporáneo y perfilar al monstruo que habita en la sociedad actual. Ese monstruo que se gesta dentro de las familias, entre los amigos o en medio de los encuentros casuales. 

Esta vez lo hace ubicando a la música, a los sonidos de la naturaleza y al silencio como parte central de la historia. En medio de todas esas sonoridades también está presente el ruido de la muerte. Ojeda no se desmarca de la realidad de un país aplastado por la violencia del narcotráfico. Lo cuenta de una forma descarnada, quizás la única manera honesta de contar esta realidad y hasta imagina posibles escenarios.  

Su trayectoria

  • Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) es autora de las novelas 'La desfiguración Silva' (2014), 'Nefando' (2016), 'Mándíbula' (2018) y 'Chamanes eléctricos en la fiesta del sol' (2024).
  • También ha escrito los poemarios 'El ciclo de las piedras' (2015), e 'Historia de la leche' (2020) y el volumen de relatos 'Las voladoras' (2020).
  • Fue seleccionada como una de las voces literarias más relevantes de Latinoamérica por el Hay Festival, en la lista Bogotá39 de 2017, y premiada con el Next Generation Prize 2019 del Prince Claus Fund.
chamanes

Mónica Ojeda 

Uno de los personajes de la novela dice que no se puede ser indiferente a la música. Que uno la ama o la odia. ¿Cómo definirías tu relación con la música? 

La música hace pensar el cuerpo desde territorios ajenos a la palabra, o como mínimo que no la necesitan. Es por eso que el oído puede ser una puerta al paraíso, como dice Thomas Merton, o al infierno, como dice Pascal Quignard. Está muy vinculada a las pasiones, al deseo y a las pulsiones del inconsciente. Hay quienes no soportan lo que la música despierta en ellos, o que cave tan hondo en sus cuerpos como para desatar lo desconocido, lo insospechado.

En cambio, hay quienes disfrutan del desenfreno y de lo misterioso que adviene con la música. Yo creo que tengo una relación ordinaria con ella: hay veces que me encanta esa introspección salvaje a la que la música me somete, y otras en las que prefiero no hurgar demasiado adentro. Creo que esto les ocurre a todos.

¿Y con el silencio?

 El silencio es parte de la composición musical.

Hay personajes de la novela que exploran con los sonidos del cuerpo. ¿Lo has intentado alguna vez? ¿Cómo te ha ido con ese ejercicio? 

He estado en pogos y escuchado cómo suenan los cuerpos al chocar unos con otros. Además, escribo: eso es hacer música con el cuerpo.

¿Cuál es el sonido de la naturaleza al que más miedo le tienes? 

Truenos y erupciones volcánicas. El rugido de un animal hambriento.

¿Y el que más disfrutas? ¿Te has sentido cobijada por algún sonido de la naturaleza? ¿Quizás el de algún animal?

El sonido de la lluvia cuando estás a resguardo es siempre agradable. El de la brisa contra las hojas de los árboles. El ronroneo de un gato.

En algunos pasajes de la novela, Guayaquil suena a balazos, muerte y narcos, ¿Te acuerdas a qué sonaba el Guayaquil de tu infancia?

Mis padres no solían dejarme estar en la calle. Viví en muchos barrios distintos en mi infancia: en el centro, en el sur, en Urdesa... Recuerdo el sonido de los niños jugando en los parques cuando iba con mis padres. Creo que ese ya no es un sonido tan habitual, por el miedo que hay a las balas perdidas. De todos modos, no es que Guayaquil fuese tranquilo antes: siempre ha sido violento, solo que la peor violencia se concentraba en los barrios periféricos y la clase media lo normalizaba.

¿Y el barrio donde vives ahora, en Madrid? 

Vivo en un barrio migrante y a la vez céntrico: Lavapiés. Es un barrio muy ruidoso y muy vivo. Por la mañana, las tiendas y los quioscos están bullendo de actividad, por la noche los bares revientan. Nunca hay silencio en Lavapiés.

¿Qué música escuchabas mientras escribías Chamanes eléctricos? 

Tengo una lista en Spotify para la novela, que compartí en mis redes.

La novela comienza con la frase: “El oído es el órgano del miedo”. ¿Qué es lo que nunca quisieras escuchar?

Esa es una cita de Nietzsche. No sé qué es lo que no querría escuchar. Supongo que de eso se trata: uno nunca sabe qué es lo que no quiere hasta que se le presenta.

¿Qué es lo nunca deberíamos acostumbrarnos a escuchar?

Nunca deberíamos acostumbrarnos a escuchar el dolor sin condolernos. Nunca deberíamos acostumbrarnos a escuchar la violencia; si lo hacemos, los monstruos seremos nosotros.

Etiquetas:

Imagen de perfil

Acerca de Gabriel Flores Flores

Periodista. Máster en Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana y Licenciado en Comunicación Social. Pasé por las redacciones del HOY y El Comercio. También fui librero. Desde hace más de una década escribo sobre literatura, teatro, cine, arte, series de televisión, gastronomía y coyuntura cultural.
SUS ARTÍCULOS