
¿’Team’ cuentos o ‘ team’ novelas? Si es del primer equipo, llegó el momento de leer a Samanta Schweblin. Puede empezar con su nuevo libro: El buen mal. Seis historias que nos recuerdan cómo los eventos inesperados cambian nuestras vidas para siempre.
En El buen mal, estos eventos repentinos están acompañados de diálogos intensos entre los protagonistas: dos vecinos de barrio que nunca se habían dirigido la palabra; dos amigas que vuelven a conversar después de veinte años; dos escritoras que se conocen en el hotel de una ciudad asiática; un padre que no sabe cómo comunicarse con su hijo; y dos mujeres que se reencuentran después de cuatro décadas.
Y esos diálogos no ocurren a través de celulares ni redes sociales sino frente a frente, en casas, hoteles o carros que atraviesan carreteras. Los protagonistas también conversan prendados a teléfonos antiguos, esos de tubo, rosca y cable que se conectaban a una pared. Pero en estas historias también hay silencios, unos cortos como el chasquido de dos dedos y otros eternos como los miedos que persiguen a los humanos.
Claves de ‘El buen mal’
Clave uno: paisajes
En El buen mal hay historias ambientadas en Buenos Aires, en El Bolsón, ciudad de la Patagonia cuyo nombre recuerda al ‘Señor de los Anillos’, y en Atlántida, un pequeño balneario de Uruguay. También están Shanghái, donde transcurre el cuento ‘William en la ventana’, y Lyon, donde vive una de las protagonistas de ‘Un animal fabuloso’.
Clave dos: cercanía
Los personajes de estos cuentos son personas con vidas que se sienten cercanas y cotidianas, gente que cuida de los suyos, que comparte con sus padres y sus hermanos sueños y sufrimientos; gente que se va de viaje por trabajo o por vacaciones o gente que conoce a otra gente que cambia sus vidas de manera sorpresiva y para siempre.
Clave tres: pérdida
En estas historias, los protagonistas han perdido algo o a alguien: un hijo, una hermana, un gato, la voz... las ganas de vivir. Esas pérdidas se convierten en el parteaguas que abre la puerta a esos pequeños infiernos personales en los que viven los personajes y que nos recuerdan que el mal está más cerca de lo que siempre alcanzamos a percibir.
Clave cuatro: los finales
En una entrevista, Schweblin cuenta que escribe cuentos y no novelas por ansiosa. “¿Por qué te voy a contar una historia en 250 páginas si puedo hacerlo en 20?”. Y en las páginas de sus cuentos, los lectores siempre sienten el peso emocional de cada historia en el último párrafo, en las últimas líneas o, de plano, en el último puñado de palabras.
Samanta y los cuentos
Después de escribir sus primeros cuentos, Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) no sabía qué hacer con ellos, hasta que un día su abuela Susana la convenció de enviarlos al Fondo Nacional de las Artes. Cuando se enteró de que ganar el premio implicaba su publicación, tuvo tanto pánico que tardó cinco años en volver a escribir y siete años en volver a publicar. Ese primer libro se llamó El núcleo del disturbio (2001).
Schweblin ha confesado que nunca ha vuelto a leer ese libro, porque tiene historias que todavía estaban ‘verdes’. Del libro que sí habla es de Pájaros en la boca (2009), con el que ganó el Premio Casa de las Américas. Un año más tarde, la revista británica Granta la incluyó en la lista de las 22 mejores escritoras en español menores de 35 años y en 2012 ganó el Premio Juan Rulfo por el cuento ‘Un hombre sin suerte’.

Y en 2014, ella, que siempre había escrito cuentos, publicó su primera novela, Distancia de rescate, la historia de una madre que rememora los hechos que la separaron de su hija. En 2017, la traducción al inglés fue finalista del Premio Booker Internacional, ese que ahora parece ser la antesala de los escritores que obtienen el Nobel de Literatura. No ganó, pero en 2021 la novela tuvo su adaptación cinematográfica.
En la mitad de todo esto apareció su tercer libro de cuentos, Siete casas vacías (2015), y su segunda novela, Kentukis (2018). La escritora Lorrie Moore dice que los cuentos de Samanta son “maravillosamente impredecibles y cautivadoramente extraños”; y tienen razón, porque solo basta con leer una de sus historias para experimentar la incomodidad de verse reflejado en uno de sus personajes y en alguno de sus pequeños infiernos. ¡Bienvenidos!

