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Mundo Diners al día

Andrés Vallejo, el libro de un caminante

por Francisco Febres Cordero

Andrés Vallejo
Foto: Cortesía
TIEMPO DE LECTURA 3 MINUTOS

En un mundo en que todo transcurre vertiginosamente, dominado por la ansiedad, esa angustia desenfrenada a la que la sicología ha bautizado como estrés, aparece Andrés Vallejo, un escritor que demuestra no tener ninguna prisa para deambular a lo largo y ancho de su memoria y poner en palabras todo aquello que le sorprendió, que lo irritó, que lo mareó hasta la náusea o que le alegró hasta más allá de la alegría.

Caminos recorrido, lecciones aprendidas, de Andrés Vallejo Arcos, publicado por Dinediciones, es un libro despacioso, de aquellos que no se leen de un tirón. Es un libro que necesita pausas, espacios de silencios, para regresar a él con sosiego en aras de un nuevo capítulo, de los doscientos que tiene. 

Siendo un libro de vida que, curiosamente, no puede ser catalogado como una biografía, se vuelve un libro de consulta para los economistas, políticos, sociólogos e historiadores y un manual indispensable para los jóvenes a los que un autócrata, durante toda una década, les mintió de manera aviesa y los embaucó sin pudor y sin escrúpulo para hacerles creer que al país lo había inventando él y nadie más que él.

El libro no tiene un hilo conductor. Va de aquí para allá, aparentemente sin orden ni concierto. Y, sin embargo, recoge- va recogiendo paulatinamente, paso a paso- la vida de un hombre, de un caminante que anduvo, desde su juventud hasta su vejez, por los senderos más disímiles, que se desvió por chaquiñanes, que cayó y se levantó, que descubrió sendas que no estaban en su ruta de viaje, que compartió el pan con otros que, como él, caminaban, caminaban…

El caminante se detiene, reflexiona, cuenta, analiza, mira con ojos siempre escrutadores y se pierde entre los valles del deporte, cruza por los riscos de la economía, desciende hasta los cráteres de la política y luego sube hasta la cima de esa misma política, da un paso y pisa en el lodo de la corrupción, se deslumbra ante la naturaleza, transita por la selva enmarañada de las leyes, apostrofa contra las injusticias y la ambición por el dinero, y de repente, con un humor que aparece a pincelazos, cita una cosa como esta:

    Oh, Señor, Señor,

    Mándame pena y dolor,

    Mándame males añejos

    Pero tratar con pendejos

    ¡No me lo mandes, Señor!

Entre anécdotas y reflexiones, entre remembranzas, algunas más ligeras y otras indefectiblemente áridas, entre páginas que parecen ser un informe a la nación y otras que son producto de sus muchas experiencias vitales, mira para afuera el caminante, ve al país y al mundo, ve a Quito pero también a América, a Europa y Asia, ve a los líderes que actúan como tales y a los otros, que no son más que dictadorzuelos de ocasión.

Escucha y pronuncia discursos, recibe distinciones, interviene en debates y en rencillas, se estremece ante los muchos absurdos que contempla, conoce a pensadores y a ignorantes, se define en el juego del volley como el humilde y seguro servidor que dice ser, y, en general, levanta un anchuroso mapa sobre su tránsito por el mundo que le tocó vivir. Y así va, cumpliendo a veces el papel de notario y otras muchas de actor de carácter en ese drama indescifrable que es la vida. 

A momentos, solo a momentos fragmentario y cortos, en las largas 400 páginas del libro, da una mirada a quienes están más cerca, a los suyos, y relata, por ejemplo, la búsqueda de su hijo Andrés en el Oriente ecuatoriano y los días de angustia que se vivieron para encontrarlo. Y no más. Casi no más. Hasta que el lector llega al capítulo Desolación y siente en carne viva el amor, escucha un grito desgarrado y también el silencio más dolorosamente silencioso mientras advierte, con una caligrafía enamorada, la presencia de Sonia, su esposa muerta.

En fin, acompañar a Andrés Vallejo en su camino por la vida, es dar un recorrido por la historia y llegar a conclusiones valederas en medio de una escritura tersa, sin esguinces ni florituras. Es, lo repito, necesaria la paciencia porque la senda que va de su juventud a la vejez es larga y el tránsito está hecho sin urgencias, paso a paso, apoyado en el bastón de su memoria, bajo el amparo de su lucidez, su sólida formación y su talento, así como de su invaluable, incontrovertible, enjundiosa honestidad.

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Acerca de Francisco Febres Cordero

Periodista . Autor de una veintena de libros. Director y actor de teatro.
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