Si algo ha demostrado Isabel Allende en sus novelas, aparte de que se venden como pan caliente, es que no piensa pedir permiso para seguir explorando su saga familiar y el territorio de lo íntimo atravesado por la Historia con mayúscula. En Mi nombre es Emilia del Valle (2025) construye un personaje entrañable y sin complacencias: una mujer que se lanza al campo de batalla —literal y simbólicamente— para encontrar su voz, su nombre y, de paso, su historia.
Emilia nace del escándalo: hija de una monja irlandesa y un aristócrata chileno que la embarazó y se hizo humo. Criada en San Francisco por un padrastro que le da libros y libertad, esta joven publica novelas de aventuras con pseudónimo masculino, pero el disfraz le queda chico. Así termina como corresponsal de la guerra civil chilena de 1891, acompañada de un periodista experimentado.
La novela se mueve entre dos guerras: la externa, con pólvora, cuchillos y trincheras; y la interna, esa donde Emilia se juega el pellejo por decir lo que piensa, amar a quien desea y descubrir sus orígenes chilenos.
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