
León Tolstói, primera superestrella de la literatura rusa, un ídolo cuya obra y pensamiento abarcaron el mundo entero en el siglo XIX, hubiese tenido una vida mucho menos célebre de no ser por su esposa, Sofía Behrs, a quien hoy, por sus Diarios, reconocemos como editora cuando no coautora de sus libros.
Los Tolstói vivían en sus tierras, fincas al sur de Moscú. Los Behrs pasaban el verano, de vacaciones, en fincas vecinas. Ambas familias eran lo que se dice amigos de toda la vida, tenían las conversaciones y los juegos de la aristocracia a mediados del siglo XIX. Uno de esos juegos era adivinar o decretar cuál de los niños Tolstói se casaría con cuál de las hermanas Behrs. Lo que terminó pasando en el siguiente caso.
León Tolstói y Sofia Behrs se casaron el 23 de septiembre de 1862. Él, conde de nacimiento, pasó por la universidad y abandonó los estudios, reemplazándolos por todo tipo de placer; luego estuvo en la guerra de Crimea, desde donde despachó Las Crónicas de Sebastopol, mismas que lo convirtieron en el joven escritor más leído y popular de Rusia. Ella tuvo una infancia estimulada por la educación de élite, especialmente en bellas artes, y se graduó como profesora de la Universidad de Moscú a los 16 años. Cuando se casaron, León tenía 34 años y Sofía 18.

La felicidad conyugal
Al día siguiente de la boda, Tolstói resumió la semana en sus diarios, así, ‘No entiendo cómo transcurrió la semana. No me acuerdo de nada; sólo del beso junto al piano y de la aparición de Satanás; después los celos por el pasado, las dudas sobre su amor y el pensamiento de que ella está sufriendo un desengaño.’ También se alegra porque las ventas de sus obras marchan maravillosamente, pero sobre la ceremonia dice, ‘El día de la boda miedo, incredulidad y el deseo de huir. La solemnidad de la ceremonia. Ella desconsolada. En la carroza. Ella lo sabe todo y es simple’.
La primera entrada en los diarios de Sofía, del 8 de octubre de 1862, es decir, a dos semanas del matrimonio, dice, ‘Otra vez el diario, qué triste tener que retomar los viejos hábitos, abandonados cuando me casé. Solía escribir cuando me sentía mal; supongo que ahora lo hago por idéntico motivo’. De 1862 en adelante, antes de cumplir 20 años de edad, Sofía se convirtió en secretaria y copista de Tolstói, en parte porque era su ‘obligación’ como esposa y porque era la única que entendía la letra del escritor, pequeña, ensortijada en sí misma y llena de correcciones.
En un buen día de trabajo, a comienzos de 1867, año en que comienza la escritura de ‘Guerra y paz’, Sofía escribe en su diario, ‘Todo lo que me lee me emociona también tanto que casi se me saltan las lágrimas, y no sé si eso se deba a que soy su mujer -es decir, obedece a mi simpatía- o a que es realmente bueno. A mí me muestra una impaciente irritación, y últimamente he empezado a sentirme muy sola’. Estuvieron casados 48 años, hasta 1910, cuando murió el autor.
La editora de Tolstói
Las novelas que hicieron de Tolstói una celebridad mundial, realistas y pacifistas según él, a lo que se puede añadir sentimentales y palaciegas, Guerra y paz y Anna Karénina, así como el grueso de su obra (desde cuentos infantiles hasta versiones propias de los evangelios) fueron escritas y publicadas luego del matrimonio. Sofía transcribió y corrigió varias veces las miles y miles de páginas que se leen y se estudian y se adaptan ahora, 160 años después de las nupcias.
De Borges, que tradujo mucho y se dice que bien, a Whitman, a Faulkner, entre otros de sus mimados, se dice que al traducir editaba; suprimía las oraciones o palabras que le parecían ripio y bien se puede suponer que alteraba los diálogos y las ideas según lo que él encontrase más eficiente para un relato.
Sofía Tolstói hacía lo propio. Cambiaba los diálogos de los personajes femeninos cuando le parecían imposibles en boca de una mujer, lo mismo que sus pensamientos; cambiaba la acción y el proceder de los personajes masculinos si los sentía superficiales o bobos al punto de que ninguna mujer se enamoraría de ellos. Y, lo sabemos, poco o nada pasaría en las novelas de Tolstói si las mujeres no se enamoraran.
Hacia el final de sus días, convertido en un escritor de corte espiritual, al que seguían y llamaban ‘profeta’ un grupo no de lectores o fans sino de ‘tolstoianos’, el autor ruso se propuso ceder los derechos de su obra a la comunidad que había formado, campesinos que trabajaban sus tierras y albaceas que usarían ese dinero para seguir divulgando la palabra. Sofía, de quien salieron las versiones finales de esa obra, madre de los 13 hijos de la pareja (8 llegaron a ser adultos), se opuso radical y comprensiblemente.

Final de finales
León Tolstói tenía 82 años el día en que tomó un tren para huir de su casa. En una nota, dijo a Sofía que pasaría sus últimos años solo y tranquilo. El escritor de quien se tomó el primer retrato a color en Rusia, cuya voz fue registrada antes que ninguna otra en un gramófono, a quien se le obsequió una de las primeras bicicletas de Europa; el mismo que rechazó la nominación al premio Nobel pues todo indicaba que lo ganaría, murió en la estación de Astápovo luego de visitar ciertos monasterios en los que no se decidió a quedarse. Sofía fue a buscarlo, los ‘tolstoianos’ impidieron que lo viera.
Ella, viuda a los 66 años, siguió ‘copiando’ los libros póstumos de Tolstói, así como sus diarios. Ganó el juicio a los albaceas y se quedó con los derechos de la obra de su esposo, que es también suya y cuyas ganancias repartió entre sus hijos. Escribió sus propios diarios hasta 1919, año de su muerte. En su última entrada, dice a sus hijos, ‘adiós y perdonadme’. Pide perdón por no haber dado suficiente amor, y pide a sus nietos que no olviden a su abuela que las quiere.

