La amistad de los franceses estalló por la publicación, en 1951, de El hombre rebelde, el ensayo de Albert Camus que siguió a El mito de Sísifo, en el cual había constatado el absurdo y sinsentido de la existencia, y lo había representado en Sísifo condenado a una perpetua tarea inútil.
El absurdo era una forma de poner las barbas en remojo de creencias y principios para contar con unos cimientos firmes en la construcción del pensamiento. Según Camus, solo hay un problema filosófico serio: el suicidio, o sea, decidir si vale o no la pena vivir. La constatación del absurdo lo lleva a la rebelión para imaginar a Sísifo dichoso.
En el segundo ensayo examina el curso de la rebelión histórica y desarrolla un escrutinio de las ideas de Carlos Marx “que mezcló en sus doctrinas el método crítico más valedero y el mesianismo utópico más discutible”. Tras su muerte, señala, “los marxistas que hicieron la historia se apoderaron de la profecía y de los aspectos apocalípticos de la doctrina para realizar una revolución en las circunstancias exactas en que Marx había previsto que no se podía producir una revolución”. Camus rechaza los partidos políticos que condenan y matan en nombre de su ideología.
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