
¿En qué trabaja un escritor cuando no está escribiendo? ¿De qué vive quien dedica sus días a pensar y releer lo escrito? Este artículo recorre los oficios de siete autores que, antes de hallar su voz, conocieron la rutina del trabajo y descubrieron en ella la disciplina, el asombro y el pulso secreto de la escritura.
Imaginemos: si decimos “escritor” y “trabajo”, ¿qué se nos viene a la cabeza? ¿La figura icónica de alguien que firma libros en una mesa mientras acaricia un gatito? Tal vez. Lo cierto es que los escritores, con las manos puestas en dos realidades, siembran buena parte de sus ideas en el territorio fértil de su escritorio, pero también fuera de él, en actividades muchas veces opuestas a su oficio.
Si bien hay rockstar como Stephen King, que con la venta de sus libros y adaptaciones cinematográficas han amasado una fortuna de alrededor de 500 millones de dólares, muchos otros dividen la vocación de la escritura con la urgencia de pagar la comida y la renta. Como explicó el novelista y poeta Paul Auster (1947–2024), autor de ‘La trilogía de Nueva York’: “con escribir no se gana uno la vida, y si se quiere tener un techo sobre la cabeza y no morirse de hambre, habrá que resignarse a hacer otra cosa para pagar los recibos”. A fin de cuentas, la escritura suele ser una suerte de doble vida.
Maya Angelou, la mujer pájaro
Mujeres como Maya Angelou parecieron nacer para aletear entre una decena de vidas y oficios. Antes de ser reconocida como la autora de ‘Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado’ (1969) –libro que relata su infancia signada por el racismo y el trauma de la violencia sexual– fue conductora de tranvía en San Francisco durante la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose en la primera mujer afroamericana en ese puesto. A los 16 años tuvo a su único hijo y llegó a ganarse el sustento como prostituta y proxeneta. A partir de 1951, se dedicó al canto y al baile en los clubes nocturnos de San Francisco. Entre 1954 y 1955 participó en la ópera itinerante ‘Porgy and Bess’, de George Gershwin, que la llevó de gira por veintidós países de Europa. Su voz poderosa quedó inmortalizada en el álbum ‘Miss Calypso’ (1957).
Después, Angelou fue periodista en Egipto y Ghana, donde ejerció como editora del periódico ‘The Arab Observer’. Con los años, sumó nuevas facetas: se dedicó al activismo por los derechos civiles, fue profesora universitaria, se abrió camino como actriz de teatro y cine, guionista de televisión, directora (estrenó el filme ‘Down in the Delta’ en 1998),y, ante todo, poeta. No es de sorprender que su figura aparezca hoy, con los brazos abiertos como un ave, en la moneda de veinticinco centavos de dólar en Estados Unidos.
Roberto Arlt, un inventor en apuros
El creador de ‘Los siete locos’ (1929) –uno de los autores predilectos del crítico Ricardo Piglia– fue un hombre atravesado por la invención y la supervivencia. Roberto Arlt no tuvo estudios académicos formales (fue expulsado de la escuela a los ocho años), pero su sed autodidacta lo llevó por múltiples oficios. Ejerció como periodista en diarios porteños como ‘El Mundo’ y ‘La Nación’, donde redactó crónicas policiales y retrató la precariedad de los inmigrantes y la vida en las calles.
Arlt incursionó además en el teatro como dramaturgo, y para autofinanciar el montaje de sus obras construyó en 1934 –junto al actor Pascual Naccaratti– un pequeño laboratorio donde patentó un sistema de galvanización de medias que prometía hacerlas irrompibles. La idea, por desgracia, no prosperó y terminó en aprietos económicos. Por supuesto, la figura del inventor permea también su literatura. En ‘Los lanzallamas’ (1931), el personaje Remo Erdosain persigue el éxito con el invento de la “rosa de cobre” y hasta idea una tintorería para perros. “Los personajes marginales son conscientes de que, para superar su condición social, deben insertarse en el circuito comercial; por ello, la figura del inventor es recurrente en la narrativa arltiana”, explica el investigador Bruno Nassi. Arlt fue, en definitiva, un soñador, obligado a inventarse la vida día a día.
Antoine de Saint-Exupéry, un piloto de papel

Hay escritores cuyo destino es merodear entre las nubes. Antoine de Saint-Exupéry, célebre por ‘El principito’ (1943), fue pionero de la aviación: realizó vuelos postales transatlánticos y arriesgados vuelos nocturnos en la era heroica de la aeronáutica. Pasó por la Escuela Naval y también estudió arquitectura, pero interrumpió su formación cuando estalló la guerra y se alistó como piloto militar. Además de pilotar, dibujaba caricaturas de sus compañeros de escuadrón. Tras una temporada alejado de la aviación, aceptó un trabajo monótono como controlador de fabricación en una empresa de azulejos, donde –según sus memorias– se pasaba el día haciendo sumas. Tiempo después vendió camiones y finalmente retomó los cielos como aviador de la compañía Aéropostale, volando las rutas de correo sobre Francia, España, África y Sudamérica.
Saint-Exupéry escribía por las noches. Como narra Daria Galateria en el libro ‘Trabajos forzados’ (2012), los pequeños títeres y borrones que iba dejando en cualquier papel –incluso en servilletas– acabarían convirtiéndose en ‘El principito’. Aquel piloto que llevaba el correo entre continentes halló en la literatura otra manera de volar, dibujando en papel un mundo de imaginación que viajó mucho más lejos que sus propios aviones.
Lucia Berlin, la limpiadora de lo cotidiano
Lucia Berlin no llegó a presenciar el esplendor de su propia obra. Su nombre comenzó a resonar con fuerza muchos años después, gracias a ‘Manual para mujeres de la limpieza’ (2015), un conjunto de relatos que convierte las tareas domésticas y los oficios invisibles en materia literaria. Berlin transformó la humilde cotidianidad en arte: fregar pisos, lavar ropa, atender teléfonos o cuidar enfermos se volvieron, en sus cuentos, experiencias dignas de ser contadas.
La escritora conoció el vértigo de la supervivencia. Fue madre soltera de cuatro hijos y, para sacarlos adelante, trabajó como limpiadora, telefonista de hospital y asistente de enfermería, entre otros empleos. En cada oficio halló una forma de mirar el mundo con lucidez feroz. Mientras trapeaba pisos o respondía llamadas en un hospital, Berlin recogía pequeñas epifanías que luego poblarían sus relatos: fragmentos de vida áspera, frágil y luminosa. En uno de sus diarios, recogidos en ‘Una nueva vida’ (2023), confesó: “Mis amigos van hasta el cuello de problemas. El trabajo es insoportable. El doctor B. está loco y drogado. Quiero huir de casa”. Los oficios no la alejaron de la escritura; la sostuvieron en ella. Su literatura se volvió un retrato de su cotidianidad, y una exaltación del mundo doméstico.
Carson McCullers, la música interrumpida
Antes de alcanzar la fama con ‘El corazón es un cazador solitario’ (1940) –la historia de un héroe sordomudo ambientada en una pequeña ciudad sureña–, Carson McCullers atravesó un largo tramo de precariedad. Pianista de formación, su carrera musical se truncó por una enfermedad que la obligó a reinventarse. A los 23 años, ella y su joven esposo sobrevivían al día, vivían en pensiones baratas, con encargos temporales. Esa experiencia, marcada por la fragilidad económica y la enfermedad, forjó su mirada empática hacia los marginados.
Su dolencia –una parálisis progresiva que la acompañó desde muy joven– se entrelazó con su observación compasiva del mundo. Libros como ‘Reflejos en un ojo dorado’ (1941) y ‘La balada del café triste’ (1951) revelan su obsesión por la soledad, la ternura y los vínculos imposibles. McCullers hizo de la adversidad su materia prima: transformó su enfermedad en música narrativa, una melodía que resuena todavía en la literatura estadounidense.
Juan Rulfo, el viajero del llano
Padre de la emblemática novela ‘Pedro Páramo’ (1955) y del volumen de cuentos ‘El llano en llamas’ (1953), Juan Rulfo vivió escindido entre la burocracia y la escritura. Al ser sobreviviente de la violencia posrevolucionaria —que le arrebató a sus padres cuando era niño—, creció en un internado de Jalisco. En 1934 fue agente de inmigración en la Secretaría de Gobernación. Ese trabajo lo llevó a recorrer el país, a mirar con precisión de fotógrafo los pueblos, los rostros y los paisajes que más tarde nutrirían su literatura. En 1937 fue archivista en la misma institución, y poco después trabajó como vendedor de neumáticos y relojes Steelco. “En las noches, como no tenía amigos, me quedaba en el archivo y escribía una novela”, contaría en 1980 al periodista Fernando Benítez. Así, entre expedientes, viajes, ventas e insomnios, construyó el territorio mítico de su literatura.
Incluso tras publicar sus obras maestras, no pudo vivir de sus libros. Durante más de dos décadas fue editor y fotógrafo en el Instituto Nacional Indigenista, oficio que lo mantuvo cerca de las voces rurales que lo habitaron. Rulfo retrató a México mientras seguía fichando a la entrada de una oficina. Funcionario de día, cazador de fantasmas de noche.
Francisco Santana, el poeta albañil
El ecuatoriano Francisco Santana –narrador y cronista– encarna la figura del escritor que se forja a pie y en la calle. Ha sido albañil, diseñador, redactor creativo, periodista y bartender; trabajos que, lejos de apartarlo de la literatura, le enseñaron a observar con meticulosidad.
Sus libros ‘Historia sucia de Guayaquil’ (2012) y ‘La piel es un veneno’ (2020) revelan esa mirada directa y sin adornos sobre los márgenes urbanos: las cantinas, los callejones, la violencia cotidiana. Santana ha publicado crónicas en diarios como ‘El Universo’ y ‘El Telégrafo’, y sus textos respiran la tensión entre la dureza del trabajo físico y el laboratorio sucio del lenguaje. Su vida y su obra son un recordatorio de que la literatura también se construye con las manos: palabra a palabra, como ladrillos que levantan una casa en medio del ruido.







